-Si algo sabemos es que el Guardián no permitiría que una invitada se le fuera de las garras- dijo un hombre más anciano, uno de tantos que la empezaban a rodear. A esas alturas, Nymeria ya bien claro sabía que iba a tener más problemas de los que esperaba -Dinos moza cómo has salido de la guarida de la bestia-
-Es una larga historia-
-Con la criatura ha retozao, 'so seguro- apostilló otro más horondo y seboso, que la miraba de arriba abajo -No por ná se llena uno de pelaje de la bestia. Tu nos vas a traer la desgracia, esmirriá- maldijo
-¡La desgracia!- gritó otro
-¡Malditos estamos por culpa de esta!- vociferó otro
-¿Habláis en serio?- Nymeria bufó con tremenda pesadez ante los comentarios de los paletos que la rodeaban. Empezaba a sentir una pequeña presión tras la cabeza. Esperaba que en cualquier momento alguno de ellos la asaltara por la espalda e hicieran con ella lo que quisieran. La espalda comenzó a dolerle de tan tensa que comenzó a ponerse.
-Y tan en serio ¿Es que tu sabes qué es esa criatura, niña?- uno de los presentes que parecía destacar sobre el resto se abrió paso entre el círculo de aldeanos para ponerse frente a Nymeria. Era, al igual que el anterior, un hombre de gran barriga pero de igual alta estatura. Vestía un jubón de lana y unos pantalones desgraciadamente ajustados que remarcaban tristemente su virilidad, la cual se rascó para desgracia del campo visual de la chica -Que ese ser es llamado Guardián por los nosotros no es preciasamente una casualida, mochacha- carraspeó un par de veces, gargajeó y escupió al suelo. Nym se resistió a mirar la criatura parida por la boca del hombre, pues debía ser obscenamente asquerosa. Para más inri, incluso empezó a oler a podrido una vez el hombre escupió. Los labios de la chica se fruncieron con asco
-Si es vuestro guardián...- trató de serenarse -...debéis saber que no le he hecho nada malo. Ni a la criatura ni a sus crías-
-¿Crías?- preguntó el gigantón -¿Has dicho que tiene cachorros la bestia?-
-Pos no resulta que ahora tiene coño la maldita monstro- terció otro a sus espaldas
-Pues bien, tú misma haylo dicho mozalbeta. Resulta que madre es y que a su lecho te llevó. Y tu coges y te escapas- se apoyó las manos en la panza, tratando de hacer reflexionar a Nymeria
-¿Y qué?- contestó ella altanera, alzando ligeramente la nariz. En parte para tratar de evitar el mal olor del escupitajo de aquel tipo
-Pos que se va a cabrear. Se va a cabrear y la criatura va a venir. Y va a pagarlo con los nosotros. Y los nosotros adoramos a la bestia, es nuestro Guardián. O Guardiana. O lo que sea que tenga entre las patas, que no me interesa- negó con la cabeza -No podemos permitir que una mochacha como tú vengaira ahora a enfurecer a nuestra sagrada criatura. Ella nos protege de las malas fechorías y fechizos de los malos artistas, los majos-
-Magos- corrigió uno
-Como se llamen. Los fechiceros ya nos trajeron la calamidad una vez ¡Guerra, una vez! Y los nosotros tuvimos que embigrar, dejar atrás nuestros hogares- explicó -Entonces vengaramos aquí y resultó ser el hogar de la bicha blanca ¡Y no nos hiciere daño, si sólo se comía a uno cada semana!-
-Estáis un poco mal de la cabeza si acaso pensáis que os resulta rentable- dijo Nym acercando la mano a la daga que le restaba con sobrante disimulo
-Pos claro que sale rentable. Pa parir están las mujeres. Si faltan hombres a más tocamos, si faltan niños se facen nuevos. Asín de sencillo- se vanaglorio el grandote -Pero ah, no siempre es asín. A veces vienen sacrificios por su propio pie. Visitantes o gente perdida... Otras veces ella encuentra comida, como tu caso, por lo que intuyo- sonrió cargado de maldad
-No tengo intención de ser comida de nada ni de nadie- declaró la chica aferrando finalmente la empuñadura de la daga
-Eh, que tiene un cuchillo- señaló uno de los que la veía desde la retaguardia de la aprendiz de brujo -¡Cogedla!- ordenó, y a la voz, varios obedecieron. Nymeria dio un respingo y saltó con habilidad sobre la barra donde reposaba aún la cerveza que había pedido anteriormente, la pateó y se la estrelló en la cara a uno de los atacantes
-¡Téngola, téngola!- gritó el posadero agarrándola de uno de los tobillos. Nymeria giró sobre ese mismo pie y le pateó con fuerza la cara al individuo, arrojándolo contra las botellas del fondo
-¡Que sabe defenderse la moza! ¡Sin piedad, zagales!- gritaba el grandote que, definitivamente, era el jefe de aquella comitiva. Nymeria rebuscó con velocidad en su bolsita de escasas pócimas y utilizó una de balizamiento para crear una humareda que la ayudase a escapar. Entre toses y maldiciones de los pueblerinos adoradores de la vestia, la muchacha se escabulló a toda velocidad hacia la puerta, arrojándose al frío del exterior.
El pueblo prácticamente parecía ser una zona fantasma. La ventisca seguía arreciendo con gran fervor en el exterior y la chica no tenía ni la menor idea de hacia dónde debía dirigirse para tener la más remota posibilidad pare reencontrarse con su maestro y el principito, aunque como Geralt solía decirle muchas veces, todo podía ir a peor si no esperaba lo peor. Allí, en mitad de la tormenta de nieve, se oían los gritos de los hombres que clamaban encontrar a la chica, que ya empezaban a ver que se había escapado. Por otro lado, el feroz rugido de la bestia que descendía de la montaña como una sombra blanca en la ya nacarada ventisca -Fantástico... simplemente fantástico- frunció el ceño la joven, sabiéndose con poco tiempo para tomar una decisión.
-Fantástico... simplemente fantástico- gruñó Geralt pateando con fuerza la nieve
-¿Vas a comportarte como un brujo en algún momento?- terció Ermes, cruzado de brazos contra un árbol -No vamos a encontrarla así-
-¿Crees que no lo sé?- Geralt le disparó una mirada furibunda al muchacho -Lo que sí que no sé es cómo se supone que alguien tan bueno con la espada como alardeaste ha podido fallar de forma tan estrepitosa-
-Dijo el maestro brujo- apuntilló Ermes con puntería. El brujo bajó la cabeza, frustrado
-Debe haber una forma...- el peliblanco echó mano a su propia bolsa de pócimas y extrajo una a la que llamaba Enaltecedora. Sin dudarlo demasiado, virtió todo el contenido en su boca, ingiriéndolo todo de un sólo trago
-¿Qué se supone que hace eso?- Ermes se acercó el brujo al ver cómo se llevaba una mano a la garganta. Le hervía.
-Haz el favor de callar- suplicó con voz carrasposa -Habla en susurros a partir de ahora o podrías romperme los tímpanos-
-¿En serio?- Ermes no le dio importancia, pero el brujo encogió los ojos al decir aquellas palabras
-Está empezando...- aclaró, alzando un dedo -Susurra a partir de ahora- dijo él también en baja voz
-¿De acuerdo...?- Ermes se encogió de hombros, sin encontrar demasiada explicación a ese suceso
-Esta pócima enaltece los sentidos hasta duplicar e incluso triplicar la sensibilidad de oído, tacto, olfato, gusto y vista- explicó -Con esta tormenta no puedo ver gran cosa, y el ruido del viento me está provocando dolor de cabeza casi inmediato... pero puedo oler- recalcó
-A mí sólo me huele a bosque y nieve, a humedad- Ermes miró a todas partes, buscando alguna pista
-Yo huelo sangre...- Geralt miró a Ermes y éste le devolvió la mirada
-La herida que le provoqué- reflexionó el príncipe
-Vamos-
En lo que el brujo y el príncipe buscaban y seguían el rastro de la bestia, Nymeria ya se encontraba escondiéndose tras unas cajas de madera mientras oía los gritos agónicos de los habitantes del pueblo. La fiera alada y blanca estaba arremetiendo con toda su furia contra el pueblo, tan cercano a su guarida que era la fuente de comida más apetecible en aquellos momentos. La chica sabía que no era por pura crueldad, sino para los cachorros de la bestia ¿Qué podía hacer? ¿Cual sería la moralidad tras todo aquello? ¿Sería cruel acabar con la vida de una madre que busca alimentar a sus hijos? ¿Qué culpa tenía ella de que el pueblo se hubiese apostado bajo su guarida? -¡Corred! ¡El Guardián está furioso!- gritaban algunos
-¡Encontrad a la tributo, se la entregaremos a la bestia!- vociferaban otros
-¡Ya es tarde, zagal, huye por tu vida!- aconsejaba otro.
Las casas, hechas de madera no demasiado resistentes, comenzaban a perecer bajo los crueles embites del monstruo que rugía con frenesí. Sus ojos rojos destellaban en mitad de la blanca nevada y el olor a sangre no se hizo esperar. Una de las casas, en las que se debía estar cocinando algo antes del ataque de la criatura, comenzó a arder hecha ruinas por el fuego del cocinado. El humo comenzó a subir en columnas negras contrastando con la ventisca. Nymeria no sabía qué hacer. Estaba quieta, helada. Sólo tenía una daga y no le quedaban prácticamente pociones que le permitieran combatir contra el monstruo. A fin de cuentas, estaba demostrando su fuerza sin parangón, destrozando los hogares de ese grupo de lugareños que la adoraban como una especie de protector y que, irónicamente, estaba acabando con su vida. Los muertos empezaban a contarse en decenas, regando la nieve con ríos de roja sangre espesa y caliente, sin distinciones entre hombres, mujeres o niños. Y todo parecía que acabaría de esa manera, pues ya no era solamente el hambre, sino la furia de haber perdido la comida que anteriormente había llevado a sus pequeños, pero algo cambió.
En mitad de la marabunta y los gritos, unas sombras esta vez oscuras, siluetas montadas a caballo, alzando voces de batalla, aparecieron atravesando los blancos velos de la nevada. Espadas y escudos preparados, se lanzaron todos a la vez contra la criatura. Era un destacamento de 6 caballeros de negras armaduras y negros yelmos que comenzaron a rodear al monstruo y a asestar golpes sin cesar, al grito de "¡Por los Tres!". Nymeria casi los identificaba como Espadas Blancas de la iglesia de Tremeren, pero no. Eran muy similares, pero el negro no era el tono identificativo de la iglesia de los Tres Grandes. Aún y con todo, el monstruo lanzaba golpes precisos contra los nuevos atacantes, dejando a los habitantes del pueblo huyendo malheridos y muriendo por el camino con las tripas colgando fuera de sus fueros internos. Rugiendo con toda su furia, lanzó sus garras y afiladas fauces contra los caballeros. Uno a uno fueron pereciendo con premura, conforme las garras atravesaban sus corazas o los dientes del gran león blanco les acarrancaba extremidades o las cabezas. Sólo quedaban dos cuando la bestia comenzó a retroceder. Herida y supurando sangre por varias partes de su cuerpo, empezaba a empequeñecerse en voluntad. Rugía, aullaba, pero no atacaba. Estaba asustándose bajo la habilidad de aquellos guerreros que habían entregado la vida por acabar con ella. Nymeria, por otra parte, sabía que no era culpable de nada. El invierno era cruel con todos, humanos y bestias. Decidió tomar los frascos que le quedaban y arrojarlos hacia donde los soldados atacaban al ser alado, estallando en nubes de humo que cegaron a los guerreros y que favorecieron a la bestia. Asustada, decidió dar un último golpe arrojando a uno de los jinetes al suelo nevado. Luego, tomó uno de los caballos de la soldadesca y se marchó volando rumbo a su hogar. Ya tenía alimento.
Cuando todo cesó, la chica se atrevió a asomarse para ver al último caballero con su hermano de armas en brazos. El golpe de la criatura antes de huir le había sesgado la armadura y gran parte de sus interiores también se desparramaban por el suelo. El espactáculo era morboso y, ciertamente, asqueroso. Parecía que en ese pequeño pueblo en mitad de la nada había sufrido la guerra más cruenta si Nymeria se dignaba a reparar en los detalles de los cuerpos mutilados. Finalmente y pese a todo, estaba a salvo. Ahora sólo debía volver con Geralt, más no podía ser todo tan fácil
-¿Quién eres tú?- preguntó una voz repentina a sus espaldas mientras empezaba a marchar. La chica se detuvo y se giró despacio, para ver al caballero de negra armadura y negro yelmo apuntándole con una espada empapada de sangre
-Una habitante- mintió Nymeria, encogiendo la barbilla con intenciones -Tengo que encontrar a mi familia. Ha huido- fingió voz llorosa
-Mientes- declaró el caballero, caminando hacia ella -De entre todo cuanto hay en este lugar, que es muerte, apareces tú completamente ilesa- le puso la hoja en el cuello -Y esa hechicería maligna que ha permitido huir a la bestia infernal...-
-Sólo era humo- señaló ella con cautela
-Humo salido de la nada- reprendió el caballero -Vas a venir conmigo, mujer. Puedes hacerlo por las buenas o por las malas. Te espera el Juicio de los Tres Grandes. Si cooperas, la voluntad de los divinos te favorecerá. Si bien es cierto que no eres una hechicera de malas artes, podrás salir viva de todo esto-
-No soy ninguna hechicera...- declaró Nymeria mirándole con astucia, tratando de discernir algo tras el negro yelmo. Era imposible
-¿Qué llevas ahí?- perspicaz, el soldado se percató de que algo llevaba en la mano. Un frasco. El último frasco. Una poción de baliza para que Geralt la encontrara
-Es... perfume- mintió de nuevo la chica -A las mujeres nos gusta llevar perfume ¿No lo sabías?- no era demasiado de su agrado hacerse la chica tímida y coqueta con asuntos de perfumes y maquillajes, pero seguramente al soldado le encajaría. Y le encajó
-Aún así, arrójalo. Vienes conmigo. Sube al caballo por tu voluntad o ve contra la de los dioses- sentenció con voz seria
-De acuerdo... vale...- la chica le observaba con cuidado. Abrió el botecito y se mojó los dedos -Sólo déjame un capricho femenino ¿Te parece, buen caballero?- le costó mucho mantener un tono sincero y no burlesco al decir aquello. Con los dedos empapados de la esencia, se acarició el cuello en ambos lados. No humearía tan poca cantidad, pero Geralt podría localizarla si conseguía seguir la esencia. Sólo las pócimas de brujo tenían ciertos olores característicos. Si no... podría estar en serios problemas.
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