domingo, 8 de julio de 2018

Las estrellas se dejaban entrever después de lentos minutos, cuando las nubes negras se apartaban levemente en mitad de la noche. La luz de la luna se hallaba completamente opacada bajo el anuncio de un nuevo temporal. El viento corría entre los árboles con cierta violencia, cargando consigo un frío helado que calaba incluso en el hueso más escondido entre masas de piel y grasa. Debido a eso, Ermes tiritaba como si su cuerpo estuviese siendo poseído por un espíritu maligno que se contentaba con verle vibrar sentado sobre una piedra en mitad del camino. Arropado bajo un par de capas de piel que pertenecían al brujo, el joven miraba con concentración las llamas de la hoguera danzar con parsimonia, a pesar de que de forma natural, el viento ya debía haberlas derribado. El brillo constante en sus ojos, en contraste con su rostro serio de ceño fruncido, hizo que Geralt mostrase una leve sonrisa, casi imperceptible, mientras le miraba; cosa que no había podido dejar de hacer.

El grupo de tres cabalgó durante largas horas hasta la caída de la noche, cuando decidieron acampar en uno de los valles cercanos a Turunes, los cuales hacían de zona limítrofe entre dicho pueblo y otras poblaciones tan pequeñas como aquel, las cuales componían gran parte del tercio norte de Tremeren. Aun quedaban anchos kilómetros hasta llegar a la costa, más aún hasta Fuerte Albor. Sin embargo, el brujo era consciente de que con la compañía del príncipe del reino, la caminata se haría aún más llevadera. Montaron la improvisada tienda de madera y lona gruesa, cazaron el primer animalillo que la aprendiz encontró a su paso y procedieron a descansar. La chica ya se hallaba dormitando bajo una manta cálida en el interior de la tienda, cuando Ermes salió de su ensimismamiento.
-¿En qué pensabas?- preguntó el brujo sin llegar a sobresaltarle.
-En que no sé que demonios hago con vosotros dos en este maldito lugar- gruñó, para después soltar un bufido y acariciarse la frente. Geralt miró al frente, pensativo.
-Es curiosa la forma en la que el destino une a veces a las personas. Aquellos a lo que muchos llaman casualidad... a veces no es más que obra de personas que van un paso por delante del resto- explicó en voz baja, con cierto deje nostálgico en la voz -Y otras... definitivamente, no es más que algo que no podemos explicar con claridad-
-No entiendo que tiene que ver eso que dices conmigo.- respondió -Podría volver solo a Risco Azul, sin vosotros. Me he despertado en mitad de la nada sobre un caballo, arrastrado por un brujo y una lunática. ¿Sabes que eso puede considerarse secuestro?-
-La pena por secuestro es un paseo por un campo de flores si lo comparamos con la ira de tu madre si llega a enterarse de que me he topado con su hijo escapista y he sido incapaz de devolvérselo- sonrió -Además, me dirigía a Fuerte Albor de todos modos, para tener una audiencia con ella. Qué mejor forma de regresar que con tu propia compañía-
-¿Y si no te dejo entrar en palacio? ¿Y si le digo a los soldados que veten tu entrada?- preguntó con altanería. Geralt no pudo evitar sentirse nuevamente abstraído por el comportamiento del joven. Su forma de hablar, su forma de expresarse tan chulesca, el convencimiento y la decisión en su voz... Era como estar conversando con Garland Drake. El brujo llevó una mano hacia su pecho, para buscar bajo sus ropajes el colgante oculto tras estos. Lo sacó a la luz, dejando que las llamas de la fogata hiciesen que el emblema brillase de color plateado y oscuro, titilante.
-¿Te resulta esto familiar?- Ermes frunció el ceño, enormemente extrañado.
-Es el emblema de El Concilio. Sólo los más allegados a mi madre y el rey lo tienen- explicó, para lanzar una mirada llena de dudas al brujo.
-Este emblema, entre otras cosas, hace que quien lo portamos tengamos el privilegio de cruzar las puertas de palacio sin restricciones- informó -Aunque estoy seguro de que eso ya lo sabías- terminada la explicación, el brujo volvió a guardar el colgante bajo sus ropajes. La cautela con la que trataba aquella pieza metálica hacía ver que se trataba de algo sumamente valioso para el hombre. -Ermes ¿Qué hiciste antes?- preguntó de repente. Si bien Geralt había tenido un semblante agradable y relajado, en ese momento se tornó serio y concentrado.
-¿El qué?-
-Cuando la presión que te retenía menguó ¿Como hiciste eso?-
-Yo... no hice nada. Ya te lo he dicho- explicó. El brujo frunció el ceño. No sabía qué más decir ni de que forma indagar más, sobretodo cuando vislumbraba la sinceridad en el rostro extrañado de Ermes.
-Te desmayaste-
-No... Tú me hiciste desmayar- Brujo y heredero se miraron seriamente a los ojos. La tensión que recorrió la espalda de Geralt fue casi dolorosa. No acostumbraba a no entender lo que sucedía, a no tener las cosas bajo control. Sin duda alguna, Ermes había aparecido para desbaratar su tranquilidad y hacer aflorar sus dudas, las cuales fueron aparar al mismo saco en la que se hallaban sus preocupaciones.
-Pero, tú...- el hombre guardó silencio al oír como Nymeria se agitaba de forma violenta desde el interior de la tienda.

La chica gemía en voz alta, pero mantenía los ojos cerrados en todo momento. Su pecho subía y bajaba como llevado por el movimiento de olas bruscas en mitad del mar. Empezaba a sudar de forma intensa, como si hubiese corrido a toda velocidad por una ladera cuesta arriba. Estaba tan agitada, que ambos hombres apartaron la conversación para mirarla. Geralt se levantó, apartándose del calor de la hoguera, para arrodillarse junto a la chica, la cual no llegaba a despertar. Curioso, Ermes decidió acercarse también y contemplar la escena desde el exterior. La chica parecía poseída. Mostraba un rostro tan malogrado, que hacía parecer que estaba sufriendo -¿Que le ocurre?-
-Pesadillas- respondió el brujo mientras colocaba la palma de su mano, tras quitarse un guante de cuero, sobre la húmeda frente de Nymeria.
-Las pesadillas no son tan violentas-
-Las de ella sí- Tras largos segundos de agonía, la chica comenzó a tranquilizarse lentamente.
-¿Por qué no la despiertas?-
-Porque no es capaz de despertarse estando así- Cuando la chica pareció volver a respirar con tranquilidad, el hombre apartó su mano de la frente. -Nymeria- la llamó -Nymeria, despierta- la joven abrió los ojos a la par que fruncía el ceño -Ha vuelto a ocurrir- Intentó incorporarse un poco, no sin antes lanzar una mirada avergonzada y humillada a Ermes -Toma- El brujo rebuscó en su bolsa hasta sacar un frasco cuyo interior contenía un líquido del color de la miel. La chica lo tomó con la mano rápidamente, a pesar de que seguía adormilada y visiblemente cansada. Bebió todo su contenido y volvió a echarse sobre las mantas. En apenas un par de minutos, volvió a quedarse dormida, aun en presencia de los dos hombres que la miraban casi sin pestañear. Finalmente, Geralt suspiró algo cansado y arropó a la chica con más interés del que a veces parecía mostrar en ella.
-¿Está enferma?- preguntó Ermes en voz baja
-Sí- la respuesta del brujo fue contundente -Pero no es una enfermedad que tu puedas conocer, o que cualquier humano pueda tener- explicó sin apartar la vista de su pupila. Posteriormente, se puso en pie y salió de la tienda, pasando por el lado del hombre -Intenta dormir-

Geralt volvió a sentarse sobre la piedra que anteriormente había ocupado, para cruzarse de brazos y cerrar los ojos. Ermes no necesitó fijarse demasiado en él para saber que estaba despierto. Por un momento, volvió a mirar al interior de la tienda para contemplar a la chica dormida. El rostro de su madre, cansado y apagado, apareció por un momento en su mente.

El día siguiente se presentó violento e insoportable. Nymeria tuvo que despertar de su descanso aún cuando el sol no había salido. Una enorme ventisca, propia de la estación, sobrepasaba el valle en aquellos instantes. Geralt tuvo que guardar la lona y las mantas rápidamente, pues de lo contrario, hubiesen sido arrastradas por el enorme temporal. Y la chica, aun con rostro cansado y fatigado, se colocó la capucha sobre el rostro y subió a su montura, dispuesta a seguir con el trayecto. En su rostro se contemplaban las consecuencias de la pesadilla del día anterior. No hablaba, no discutía, no emitía sonido alguno más que algunos suspiros. -No llegaremos a Fuerte Albor hasta dentro de unos cuatro días- anunció el brujo -Y por desgracia se convertirán en cinco si este temporal no amaina- con un brazo a la altura de sus ojos, intentó refugiarse de los violentos copos de nieve que llegaban a impactar sobre ellos, llevados por un viento que amenazaba con volcar los árboles más viejos del lugar. -Nym, los ojos abiertos- le ordenó -Ermes, elige con quien quieres cabalgar-

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