jueves, 19 de julio de 2018

Los pasos firmes de Nymeria se hundían ligeramente sobre la hierba húmeda mientras corría en dirección al asentamiento. Agarrándose con descuido la capa al rededor del cuerpo, intentaba que al menos sus más secretas intimidades no fuesen descubiertas por el camino, lo que fue una tarea extremadamente difícil. Podría haber corrido más deprisa, e incluso haberse vuelto así misma invisible, de no ser porque había dejado todas sus pociones resguardadas en el interior de su bolso, el cual se había quedado oculto bajo sus ropajes en las orillas del río. Se maldecía así misma por haberse dado de bruces con aquella situación, a la par que se lamentó por haber bajado la guardia de forma tan inconsciente. Conforme más pensaba en la situación, más se arrepentía de haber dejado a Ermes solo. No es que el príncipe le profesase las mejores sensaciones del mundo, pero de alguna forma, no deseaba que le ocurriese nada. No tenía tan mal corazón como para sentirse indiferente ante los daños que una persona cercana pudiese sufrir, por mucho que esa persona cercana fuese de alta cuna. 

-¡Geralt!- gritó cuando estuvo cerca. Sabía que podía alertar a los nashai que estuviesen cerca, e incluso hacerles atacar antes de tiempo. Pero confiaba en que su aviso fuese suficiente como para hacerles dudar y que el brujo reaccionase -¡Geralt!- ante el segundo aviso, el hombre salió del coche, interrumpiendo su conversación con la reina. La chica aún no había llegado al lugar, pero sus sentidos hicieron que la oyese aun cuando estaba lejos.
-¿Qué ocurre?- preguntó Anyel, extrañada.
-Nymeria... algo le ha ocurrido- murmuró frunciendo el ceño. Observó en la dirección de la voz de la chica su aparición de entre los arbustos. Al verla de aquella guisa, envuelta en su capa y nada más, temió lo peor. Llevó la mano a su espalda para tomar su espada.
-¡Nymeria! ¡¿Que ocurre?! ¡¿Que te ha pasado?!- preguntó el brujo, haciendo que Anyel saliese también del carruaje para comprender que ocurría. Inevitablemente, los ojos de la reina se movieron frenéticos en búsqueda de su hijo.
-Ermes...-
-¡Los nashai!- alertó la chica -¡Hay nashai!- Geralt la miró de arriba a abajo, sin llegar a comprender la relación entre su aspecto y aquella agrupación de mercenarios capaces de mimetizarse con la sombras -¡Nos han rodeado!- al decir aquello, el brujo dirigió la vista a su al rededor con concentración. Al ver la escena, el resto de soldados se pusieron alerta, armas en mano. 
-¿Donde está Ermes?- preguntó Anyel preocupada
-Está... está en el río- confesó la chica, de forma que la reina dio un paso adelante, dispuesta a ir por él. Raudo, casi imperceptible, Geralt la tomó del brazo.
-Anyel, quieta-
-¡Ermes está solo!-
-Ya es bastante mayorcito. Y le he visto manejarse con la espada. Ha tenido buena instrucción- sonrió sin dejar de agudizar sus sentidos.  -¡Todos alerta!-

De repente, se hizo el silencio. Y tras el silencio, las copas de los árboles comenzaron a agitarse. La sensación de no ver nada y sentir como docenas de miradas se clavaban sobre la nuca, era algo que a Nymeria la ponía muy nerviosa, sobretodo cuando no tenía nada con lo que protegerse. Al instante, un considerable grupo de figuras encapuchadas descendieron de los árboles. La chica recordó a las arañas deslizarse hacia abajo colgando de su propia tela, pues el ágil y sencillo movimiento que los nashai hicieron para descender era idéntico. De un salto aterrizaron sobre el suelo, blandiendo sus espadas cortas de forma amenazante. En apenas segundos, formaron un círculo al rededor de la compañía, el cual fueron cerrando poco a poco con intención de apresarles. Los soldados de Tremeren empezaron a atacar, y con ellos, el propio Geralt. 

En cuestión de momentos se instauró una rápida lucha en aquel claro de bosque en las que los soldados afines a la corona tenían todas las de perder. Sus armaduras pesadas y calurosas, así como sus largas y bastas espadas, nada tenían que hacer contra los rápidos y casi imperceptibles movimientos de los nashai, quienes atacaban con sus cortas y afiladas armas sin miramientos. Sólo el brujo conseguía hacerles frente con el uso de sus pociones, a las cuales algunos enemigos ya se adelantaban. -¿Qué demonios...?- gruñó Anyel, quien se había quedado apegada al carruaje junto a Nymeria, cuyos cabellos húmedos aún se hallaban pegados a su piel. -¿Por qué nos atacan?-
-¿No lo sabéis vos?- preguntó Nymeria extrañada. -¿No son enemigos a la corona?-
-Ellos ni si quiera deberían saber que estoy aquí- murmuró -Diantres- añadió, para tomar aire y soltarlo todo de golpe. Con paso decidido comenzó a caminar hacia el tumulto de hombres luchando.
-Geralt ha dicho que os quedéis aquí- recordó la chica, que se vio ignorada cuando la reina ni tan siquiera la miró. Nymeria no pudo hacer otra cosa que observarla moverse y... lo siguiente que contempló no pudo creerlo.

Anyel se colocó frente a los nashai que guerreaban y extendió los brazos para abrir las palmas de las manos. -¡¿Qué queréis de Tremeren?!- preguntó -¡¿Qué buscáis?!- preguntó por última vez, y de nuevo, se hizo el silencio. Las nubes comenzaron a moverse de forma rápida, encapotando el cielo y haciendo desaparecer la claridad que el sol brindaba. La oscuridad se cernió sobre todos los presentes, dotando al lugar de una siniestralidad considerable cuando las sombras lo rodearon todos. -¿Cómo os atrevéis a desafiar así a la corona y mi apellido?- la magnificencia de Anyel se acrecentó cuando los árboles empezaron a crujir movidos por un violentísimo vendaval que hizo que Nymeria tuviese que agarrarse bien la única prenda que la vestía. Por último, comenzó a llover de una forma desmedida, como si un temporal sin precedentes se hubiese colocado sobre las cabezas de todos. tal era la magnitud de la precipitación, que casi era imposible distinguir aquello que tenían a pocos metros de sus narices. La lluvia sobre la hierba comenzó a condensarse, a unirse, a movilizarse. La aprendiz, conocedora de la magia, incluso se sorprendió al contemplar una manipulación tan natural. El arrullo del agua se oyó cercana., y cuando todos miraron a su al rededor, pudieron comprobar como el agua de la humedad del lugar, de la lluvia y del río los rodeaban de forma amenazante. Nymeria se aferró al carro, a sabiendas de que si todo ese agua caía sobre ellos, acabaría despedida en algún lugar del bosque demasiado lejano. Cerró incluso los ojos para prepararse, pero entonces, uno de los nashai levantó dos dedos, alertando a todos los demás. En cuestión de segundos, el grupo se separó y desapareció. Anyel suspiró aliviada, y con el aliento que salió de entre sus labios, todo el agua acumulada volvió a su lugar original, así como las nubes negras desaparecieron, volviendo a dar paso a un brillante sol. Cayó de rodillas, desbastada.

Sin mediar preguntas, el brujo tomó a su reina en brazos y la condujo de vuelta al interior del carro bajo la atónita mirada de todos los presentes, incluida la de Nymeria -¿Qué ha sido eso?- quiso saber.
-Eso, mi aprendiz, es la magia de los elfos-
-¿Los elfos...?-
-Te lo explicaré más tarde. Ve a por tus cosas y vuelve enseguida. Nos vamos- ordenó el brujo con una mirada inquebrantable y seria. En sus ojos se denotaba la preocupación y el malestar mientras que Anyel tosía y tosía de forma descomunal. La chica prefirió no intervenir ante una situación tan incómoda como aquella, de manera que se ajustó la húmeda capa al rededor del cuerpo y procedió a volver al lago. Ahora estaba más húmeda, debido a la lluvia y todo el agua acumulada, lo que hizo que volviese a pensar en Ermes, quien aún no había aparecido. Antes de empezar a preocuparse, lo vio aparecer tras los arbustos, igualmente mojado y con todo el hombro lleno de sangre. Pasaron el uno junto al otro, con rostro serio. -Ella... está en el carruaje- se limitó a decir la chica, haciendo que el muchacho acelerase su paso.

Nymeria volvió a vestirse tras conseguir secarse. Tomó sus pertenencias y volvió al lugar en el que la compañía la esperaba para partir. Había prisa, mucha más que antes. Ante un peligro tan inexplicable como el de los nashai, parar demasiadas veces en el camino podría suponer un riesgo enorme, y dada la expresión sombría de Geralt, la chica entendió que Anyel no debía haber acabado demasiado bien aquel día. -Ella... Esta enferma ¿Verdad?- preguntó la chica en voz baja, acercándose con su montura hasta la de su maestro. El brujo solo asintió.
-¿Como yo?-
-No... No, no como tú- se limitó a decir. Nymeria bajó el rostro. No quería seguir preguntando nada más.

Sólo cuando la luna se encontraba en lo más alto del cielo y las estrellas podían contarse en millones, Anyel dio la orden de que hicieran un alto. Los soldados bajaron de sus caballos cansados. Muchos estaban heridos por el combate de aquella mañana, de manera que descansar unas cuantas horas era lo mínimo que podían hacer. Nymeria estiró las piernas con gusto. Sentir el trasero despegado del asiento era un placer casi erótico. Sin embargo, sus agradables sensaciones se vieron borradas cuando reparó en Ermes. Se sujetaba el hombro con cierto dolor mientras preguntaba algo a los soldados que no alcanzaba a oír. -Dormiremos al raso- explicó Geralt a sus espaldas -La temperatura es agradable y no quiero lonas que intercedan entre mi visión y la reina. Esta noche haré guardia ¿De acuerdo?- preguntó, pero no obtuvo respuesta -¿Nym?- volvió a preguntar, consiguiendo que la chica saliese de su ensimismamiento.
-Sí. Como quieras-
-Entonces, prepárate para descansar. Quiero que cuando amanezca cuentes con todos tus sentidos renovados- añadió.
-Dame un momento- 

Nymeria siguió a Ermes con la vista, quien, tras conseguir algo de un soldado, se encaminó hacia los pies de un árbol sobre el que se sentó, apoyando la espalda en su tronco firme. Tras aquello, se aprovechó de la anchura de su camisa para sacar su hombro herido a relucir. La herida de la daga era profunda, de manera que la sangre aún brotaba de forma lenta. Algunas gotas de sudor perlaban la frente del hombre mientras éste, tomaba unas gasas limpias y se las colocaba con dolor sobre la zona. -¿Por qué no me has pedido ayuda?- preguntó la chica, sorprendiéndole.
-¿Qué quieres?-
-Si sabes que Geralt y yo tenemos pociones ¿Por qué no has recurrido a nosotros? ¿Tan orgulloso eres que no quieres dejarte ayudar?- preguntó de nuevo al chica, pero esta vez, sin ningún tono ofendido o demasiado borde.
-¿Y que vuelvan a apresarte por bruja unos inquisidores?- preguntó Ermes con sorna -No, gracias. No volvería a por ti-
-Muy amable por tu parte- Nymeria se arrodilló junto al hombre, contemplando la fisura -¿Que le has pedido a los soldados?-
-Unas gasas, para taponar e impedir que entre suciedad- explicó
-La verdad es que tiene mala pinta ¿Tanto te clavé la daga?- ésta vez, fue la chica quien bromeaba.
-Maldita...-
-Eso te pasa por espiarme-
-No te estaba espiando, ya te lo dije-
-Pues estabas escondido cuando te lancé el arma. Tiene toda la pinta de que eres un mirón. Muy apropiado, mi príncipe. ¿Que habrán perdido tus ojos en mi, cuando podrías observar a cuantas mujeres deseases?- preguntó con cierto tono dramático en la voz. Ermes alzó la vista y la miró con seriedad.
-¿Eso crees?-
-Eso eres- respondió contundente. -Mi parecer no va a cambiar con respecto a los nobles. Todo lo que sé es cuanto vuestros actos han enseñado a lo largo de los años que he vivido- añadió -Pero gracias- el joven abrió los ojos con incredulidad. -Por haber venido a por mi cuando los Escudos Negros me llevaron. Podrías haberte marchado. Y sí, se que realmente me escapé yo de ellos- sonrió -Pero ahora que lo recuerdas... es verdad. Fuiste a buscar a una cualquiera que nada te debía- terminó por decir. Llevó la mano a su bolso, del cual extraño un pequeño saco. En su interior, había hilo y aguja. -Déjame a mi-
-¿Sabes coser heridas?-
-Es lo primero que Geralt me enseñó a hacer. ¿Le has visto los brazos? Un tercio de las cicatrices fueron cosidas por mí- explicó, comenzando a suturar la herida. Ermes permaneció inquebrantable, inmóvil, aguantando cualquier tipo de dolor. De manera que entre ambos, se instauró un silencio largo y ligeramente incómodo. El joven miraba a la chica coser su piel, mientras que ésta mantenía toda la concentración en su labor hasta que, finalmente, terminó. Acercó su boca al hilo y lo cortó con los dientes. -No te prometo que no vaya a quedar marca- suspiró -Toma esto- rebuscando de nuevo en su bolso, sacó una pócima pequeña de color verde -Tómala entera. Alivia el dolor-
-¿Vas a envenenarme?-
-Más quisiera...- bromeó la chica mientras se ponía en pie. Tras dedicarle una sonrisa, se marchó. No puedo evitar preguntarse cuanta porción de su desnudez habían contemplado los ojos del príncipe. Un remolino de vergüenza y dudas se sembró en su vientre. Maldito Ermes. Como lo odiaba.
Pasaban los días y se hacían los kilómetros. Aproximadamente la compaña llevaba ya una semana de viaje y el cambio de clima se empezaba a notar una vez pasada la frontera de Tremeren. Pasaban a esas alturas por las lindes de Orien y por fin comenzaban a ver arboledas verdes y preciosas, con olores a diversas plantas y flores, esencias pocas veces respiradas por el séquito de la reina que apenas dejaba Tremeren salvo por buenas razones. Nymeria sin embargo lo aspiró con total devoción, lo añoraba. Hacía mucho, mucho tiempo, que no veía bosques verdes. Ermes, por otro lado, estornudó. Tenía la nariz roja como un hierro candente y le picaban los ojos -Mira por dónde ahora resulta que el príncipe aventurero sufre de alergias- se mofó Nymeria
-Vete al cuerno- concluyó Ermes sin dejar de mirar al frente
-Ten, tómate esto- Geralt ofreció un brebaje al muchacho -Servirá para prevenir esos síntomas tan molestos- explicó
-Déjale que sufra. Debe saber cómo es el mundo. No es tan fácil salir a corretear por ahí como tanto quería hacer- añadió señorial Nymeria, sabiéndose más enriquecida que Ermes sobre el continente que el príncipe tanto ansiaba recorrer, aunque tampoco es que fuera una erudita
-Vamos, Nym... Llevamos ya una semana de viaje ¿No os cansáis de estar porfiando y picandoos mutuamente por cualquier metedura de pata o falta que el otro cometa?- suspiró Geralt
-Es lo más divertido que puede hacerse durante el viaje- se encogió de hombros Nymeria
-Buena fe doy de ello- corroboró Ermes. Geralt se llevó una mano al entrecejo y se masajeó tratando de colmarse de paciencia
-Malditos diablos en cuerpos de jóvenes...- masculló, agotado de la presencia de ambos.

Hicieron un alto en el camino a la altura del mediodía, con el sol brillando alto y calentando más a cada día que pasaban, conforme se acercaban a la frontera de Arabas. El bosque era espeso, denso y húmedo. El calor del sol hacía que dicha humedad se adhiriera a la piel y provocaba sudores en los viajeros. Anyel, en concreto, no dejaba de avanicarse dentro del carruaje con rostro apesadumbrado. La soldadesca y la guardia que acompañaba y protegía a la reina se deshacía de los yelmos durante los altos para poder respirar mejor. Maldecían sus armaduras con forraje de piel de huargo en aquellos instantes. La reina, amable como era, lo lamentaba mucho por sus hombres. Geralt era más práctico por otro lado y se quitó el jubón, vistiendo solamente una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta casi el codo. Ermes hizo lo propio, deshaciéndose de su larga chaqueta y quedándose igual que Geralt en una camisa bastante suelta de color negra. Nymeria se desprendió de su capa -Y esto no es nada. Calor primaveral, simplemente- comentó Geralt agradeciendo el calor en su piel -En Arabas, moriremos asados si nos retrasamos demasiado- explicó el brujo -No tanto porqe el calor sea insoportable, sino porque los soldados no tienen otras prendas que ponerse durante el camino. Tendremos que llenar varios odres de agua fresca- meditó -El río Sygrun no debe estar lejos- calculó
-Menos mal que te tenemos a ti, mi buen amigo- sonrió Anyel
-¿Cómo estás?- se preocupó Geralt por su salud
-Algo agobiada. No tanto por el calor, sino por la situación. Está empezando a volverme loca. Cada día me lo paso imaginando la reunión de los reyes. Hace años que no les veo. A saber qué clase de poder están ejerciendo en sus respectivos reinos...- se mesó las sienes
-No debes preocuparte Anyel. Hace mucho que no oigo noticias preocupantes sobre los reyes. Estoy seguro de que todo irá bien. Y colaborarán contra los nuevos Vientos-
-Ese es el mayor de los problemas Geralt: que deben colaborar. No sé si entre ellos las relaciones son amistosas o tienen tiranteces. Tremeren al norte siempre está alejada de mayores problemas porque poco o nada pueden venir a saquearnos. Arabas siempre ha sido muy belicioso y Orien y Loredren tienen muchos recursos interesantes...-
-Vamos, no temas- Geralt se permitió tomarle el rostro con cariño -Te prometo que todo va a salir bien- Anyel posó su mano sobre la del brujo
-Aún me miras con esos ojos de monstruito inocente, Geralt, pese a todos estos años- sonrió Anyel -Sabes cómo calmar a una chica- el brujo se sonrojó de forma inmediata, pero no se apartó
-Si es por calmarte a ti, no sabes cuánto me alegro de saber cómo hacerlo- dijo con voz cálida
-Gracias por todo, mi brujo. Por acompañarme, por ayudar a esta anciana que poco o nada vale ya- rió con una leve tos
-No digas eso, mi reina. Aún eres joven- asintió Geralt
-Joven...- se mofó Anyel -¡Ah, la juventud! Qué rápido pasa, qué rápido se marcha. Aún parece que fue ayer cuando vi a mi madre por primera vez en  Lethüniel, cuando conocí a Arisen, a Ryder. Cuando te vi por primera vez. Cuando Thorren me puso la mano encima...- suspiró -Aún parece, Geralt, que voy a despertarme y Garland estará a mi lado como la primera vez que él y yo...-
-No me hagas sentir más viejo de lo que soy, Anyel- rió el brujo para quitar hierro a la situación -Pues mis recuerdos son mucho más lejanos que esos- aquellas palabras hicieron reir a Anyel otra vez
-Casi lo olvidaba. No has cambiado un ápice desde entonces pero me llevas una buena ventaja en la carrera de la vida- le palmeó la mano
-Y tanto que sí...- Geralt se acomodó en el asiento del carruaje frente a la reina y se hizo un pequeño silencio
-Geralt... Cuando yo me vaya...-
-No lo digas, Anyel- cortó el brujo. Aún así, Anyel le miró con severidad y Geralt tuvo que aceptar que hablaría
-Cuando yo me vaya, porque me iré, mi querido Geralt... ¿Cuidarás de Ermes?- dijo con un hilo de voz
-Cuidaré de todo cuanto signifique para ti Anyel. Pero puede que me vaya yo antes que tú- se encogió de hombros
-Ah, eso no sucederá. Basta con una mala vida, siempre en batallas, bebiendo, o fumando saben los dioses qué, para que se te haga eterno. Yo que he tratado de mantenerme siempre en el lado más justo aquí estoy, enferma- se rió de sí misma -Y mientras, otros, a saber-
-No dejas de pensar en Garland- inquirió Geralt -Hablas y le veo, le siento, en cada referencia que haces, si es que no le mencionas directamente- apretó los puños el brujo con disimulo
-Ojalá pudiera decir que le odio por haberse ido, brujo mío. Ojalá pudiera mandarlo a buscar y apresar por traición- suspiró -Pero, y aún con lo mucho que quiero a Danyel, mi marido... No sé cómo reaccionaría si vuelvo a verle. O cómo reaccionaría él- negó con la cabeza -Aún así, Geralt, esto no va de mí, ni de Garland. Hablo de mi hijo. Si algo me sucediera algún día, quisiera tener la certeza de que podrás alejarle de los malos hábitos-
-Poco hay que yo pueda hacer- confesó el brujo -Ermes no me conoce, no me respeta por tanto. Cree que soy una vieja gloria, sin más- sonrió -Pero tengo una nueva esperanza-
-¿La chica?- Anyel levantó ligeramente la barbilla -Te oigan los dioses, peliblanco. Pero a veces dudo de que mi hijo alguna vez pueda tener a alguien que le ame y menos cuando se llevan tan mal esos dos- Anyel miró por la ventana del carruaje y advirtió que Ermes y la chica no estaban
-Esa historia te debe resultar familiar a fin de cuentas- aquellas palabras hicieron que Anyel clavara los ojos en el brujo -¿O no?- la reina vaciló, pero sonrió enormemente. De forma brillante.

Ermes paseaba por el bosque de forma distraida hasta que llegó a sus oídos el rumor del río Sygrun del que hablaba Geralt. Agua. Hacía días que no oía el correr del agua. Lo adoraba. Siempre disfrutaba de su estancia en el puerto de Fuerte Albor, siempre creyendo oír cómo el mar le llamaba. En este caso no era un mar, pero bien lo valía. Se decidió a seguir el soniquete del agua cuando se percató de que ese constante fluir le estaba avivando las ganas de evacuar, de manera que se detuvo en un gran árbol y se bajó ligeramente los pantalones para orinar. Silbó alegrmente mientras se dedicaba a la tarea pero no por ello estaba desconcentrado de su alrededor. Había algo. Sí, el agua sonaba lejana pero no oía cantar de pájaros y el viento arrastraba un murmullo extraño. No pudo evitar mirar de forma distraida las copas de los árboles. Se había sentido observado por un instante pero... no había nada. Entonces, de pronto, oyó un crujido. Devolvió su intimidad a la seguridad de los pantalones tras haber acabado y se dispuso a seguir aquel sonido. Definitivamente alguien le estaba observando.

Siguió el cantar del agua persiguiendo la dirección del ruido que había estado oyendo y los crujidos de ramas en los árboles. El viento no era lo bastante fuerte como para provocarlo. Alguien o algo estaba encaramado a las copas y se movía con velocidad y precisión. En el río, seguramente, lo vería con claridad.

Alcanzó entonces el serpenteante curso del agua que descendía de las altas Montañas Centrales del continente cuando pudo observar movimiento. Por fin, lo había encontrado. Se acercó con sigilo entre arbustos y árboles y pudo encontrar al susodicho espía. O la susodicha. Al menos, no era lo que esperaba. Nymeria estaba ahí, desnuda toda ella, hasta la cintura metida en el agua. Se deshacía en gusto en el frescor del río, cuyo contenido perlaba su piel con miriadas de gotitas por todo su cuerpo. Desde esa perspectiva, Ermes podía ver la forma recortada de los pechos de la joven mientras ésta se lavaba el pelo y se lo acariciaba de forma distraida, pensativa. En la orilla había varios odres de agua. El príncipe dedujo que Geralt la había mandado a llenarnos y quizá había aprovechado para refrescarse del pegajoso ambiente del bosque. Ermes tragó saliva cuando quiso darse cuenta ¿Cuánto rato llevaba mirándola? Había perdido la noción del tiempo. Un nuevo crujido se dejó oír y varias hojas llovieron sobre Ermes. Nymeria lo oyó y una daga, rauda como centella, voló hacia los arbustos. Se oyó un grito de dolor.

Envuelta en su capa sin tiempo a vestirse, con una pócima en una mano y la otra daga en la otra, se acercó al lugar donde oyó la voz gritar y lo que encontró fue al príncipe con la daga clavada en el hombro, apostado contra un árbol -No me lo puedo creer- el rostro de la chica se fue encendiendo de rojo infierno de forma paulatina -Dime, principito, que no has estado espiándome. Dime por tu vida, por salvarla, más que nada, que no me has estado mirando desnuda en el río porque te aseguro, te juro por todos y cada uno de los dioses, que te despellejo y le regalo tu piel a tu madre como un puto obsequio- el hecho de que no gritara la hacía más intimidante
-Cállate- ordenó Ermes
-¡Ni se te ocurra encima querer quedar por encima, cabronazo, porque te deguello aquí mismo!- Ermes alzó una mano suplicante
-Shh...- se llevó una mano a los labios -Escucha- Nymeria estuvo por apuñalarle de verdad, perdiendo los nervios, pero entonces oyó que el príncipe tenía razón. Movimiento en los árboles. Mucho movimiento. Todo ello se dirigía hacia la compañía, hacia el carruaje
-Hay algo más en este lugar- dijo Ermes sacándose con dolor la daga del hombro -Agh...-
-Como sea un truco, pervertido asqueroso...- Nymeria no atendía a razones ¿¡Cómo podía haberla sorprendido desnuda!? ¿De verdad la había estado espiando?
-Si he llegado aquí es por seguir ese movimiento. Van hacia los demás. Debemos advertirles- Ermes fue a ponerse en pie apoyado contra el árbol cuando una especie de puñal, pequeño y negro, voló hacia ellos desde la retaguardia de Nymeria -¡Cuidado!- Ermes se echó sobre ella. La llenó de sangre a ella y a su capa, chorreante de la herida del hombro. Ambos cayeron al suelo uno junto al otro. El puñal se clavó en el árbol con fuerza
-No puede ser...- terció Nymeria al ver el puñal, obviando por un instante que Ermes casi cae sobre ella estando desnuda
-¿Sabes quienes son?- preguntó el príncipe alarmado
-Un serio peligro- afirmó ella
-Ve entonces. Yo me ocupo- dijo desenfundando su espada del cinturón, agazapado entre los arbustos en los que habían caido
-Estás loco. No tienes ni idea de a quién te enfrentas- escupió Nymeria
-Lo que sé es que estoy herido. Me duele como para correr y moverme a mucha velocidad. Aquí puedo distraer a lo que sea que nos ataca. Usa tus medicinas esas de bruja y corre todo lo que puedas para prevenirles- de los árboles descendió una figura ataviada de verde, perfectamente camuflado en la naturaleza. Llevaba medio rostro cubierto por un pañuelo. Los estaba buscando
-Te van a matar, idiota- inquirió la aprendiz de Geralt
-Pero que no toquen a mi madre- sentenció, mirándola con súplica -Envuélvete en tu capa y ve... ¡Ve!- la miró con intensidad -¡Por favor!- Nymeria miró al atacante que se acercaba de forma amenazante desenvainando un par de espadas cortas de su espalda y después al príncipe
-Que me lleven los diablos...- Nymeria se mordió el labio inferior, se acuclilló y huyó entre los árboles y arbustos lo más rápido que pudo, envuelta en su capa. Tenía que avisar a Geralt lo más rápido posible. Prevenir a todos los soldados y a la reina. Los Nashai estaban a punto de atacar y si les cogían desprevenidos, ni siquiera sentirían la llegada de la muerte.

miércoles, 18 de julio de 2018

Pasaron dos días hasta que los cuervos estuvieron de regreso. Los soberanos de Orien y Loredren ya partían de camino a Arabas, de forma que Anyel procuró que todo estuviese listo para emprender el viaje en apenas una noche. Al alba del tercer día, los caballos ya se hallaban apostados a lo largo del puente que separaba Risco Azul de la ciudad. La reina se despidió de su esposo, quien se quedaría custodiando palacio y haciendo frente a las demandas que su cargo entrañaban. Y, de esa manera, el viaje dio comienzo.

Aprendiz y brujo cabalgaban con tranquilidad, dejando atrás la ciudad y custodiando el carro real bajo el que Anyel se resguardaba. Era precioso. Una suerte de carroza completamente cubierta y decorada con motivos dorados, que brillaban solo en aquellas ocasiones en las que el sol se dejaba ver entre las nubes, las cuales aun eran pocas. La belleza de aquel coche real abstraía a Nymeria, que continuaba la marcha con rostro aburrido y apagado. -¿Todo bien?- preguntó Geralt.
-Sí- dijo simplemente la chica, quien no tuvo más que añadir. Agarró las riendas de la montura con decisión, pasando a otear el horizonte. Aun las nubes blanquecinas y la nieve componían el límite que alcanzaba su vista. Pero en algunos días, algunas semanas, comenzaría a ver la hierba verde salpicada de flores y el cielo azul despejado, propios del centro del continente. Como lo echaba de menos...
-He tomado unas cuantas cosas antes de marcharnos. Algunas las he comprado y otras nos las ha procurado Anyel. Ten- El brujo extendió su mano tras extraer un saco de uno de sus bolsos -La mayoría las conoces. Otras aún no, de forma que el viaje será entretenido para ti- Cuando Nymeria abrió la bolsa, encontró docenas de frascos de todos los tamaños y colores. Suspiró aliviada al sentirse de nuevo respaldada de las capacidades ofensivas y defenisvas que la magia le procuraba.
-¿Vas a enseñarme a utilizar más?- preguntó sorprendida.
-¿A caso pensabas que durante todo el viaje tu única tarea sería acompañarme?- sonrió el brujo -En absoluto. Si mis pesquisas son ciertas y en el Consejo se establece una alarma... más te vale aprender todo lo que te enseñe ¿Está claro?-
-Sí, maestro- asintió la chica con ilusión. Para ella, la magia lo era todo. Sentirse de nuevo útil y entrenada, era cuanto menos reconfortante. Guardó el saco en su propio bolso, para después cerrarlo con seguridad y evitar que algún frasco se perdiese.
-¿Y yo podré aprender también?- Una voz masculina resonó a la derecha de la chica, una voz demasiado familiar. Cuando Nymeria volvió el rostro, se encontró con Ermes, cabalgando sobre su propio caballo pero encapuchado por completo. No le había reconocido hasta ese momento.
-¿Qué haces tú aquí?- preguntó la chica con el ceño fruncido -¿Otra vez desobedeciendo a tu madre?-
-En absoluto. Cuento con todos los permisos para estar aquí. Además, creo que tengo derecho a saber qué ocurre si el problema que vamos a tratar concierne a mi madre, al hombre que una vez amó y a todo el reino- se defendió. Geralt le observó distraído. Si bien hasta ahora había encontrado en el príncipe un sin fin de gestos y actitudes que le recordaban al desaparecido Garland, aquella forma de hablar y de dirigirse a su aprendiz, era totalmente heredado de su reina. -Si te molesta, puedes irte-
-Yo no me voy a ningún lado-
-Yo tampoco. Así que... se puede decir que somos compañeros ¿No?- Nymeria se obligó a poner los ojos en blanco e ignorar al muchacho. Con cara divertida, el brujo zarandeó las riendas y cabalgó a un paso más ligero, haciendo que la pareja se quedase atrás. Cuando pasó junto al carro de Anyel, encontró a ésta husmeando por la ventanilla con una sonrisa en los labios.

La noche cayó antes de lo esperando, haciendo que toda la caravana hiciese un alto en mitad del camino. Estaban lejos de Fuerte Albor, pero aún quedaban kilómetros por recorrer hasta salir por completo de Tremeren. Debían estirar las piernas, alimentarse y descansar. Los soldados sacaron de sus alforjas piezas de carne y verdura que asaron sobre distintas fogatas que, además, servirían para dar calor en aquella noche tan helada. El alimento fue repartido entre todos, incluida la reina. Geralt tomó un cuenco de cerámica que un soldado le cedió para introducir la comida en él. Danyel le había pedido que cuidase de su esposa, de manera que no podía faltar a su palabra. -Llévale ésto a Anyel- el brujo sobresaltó a la chica, a quien le pesaban los párpados a aquellas horas.
-¿Qué? ¿Por qué yo?- gruñó la chica.
-No me contraríes, Nym. Llévaselo-
-¡Geralt!-
-Nym...- aquella vez, la voz del brujo sonó más gutural y pesada de lo normal. Nymeria lo tomó como una advertencia, de forma que tomó el cuenco a regañadientes y se dirigió con él hacia el carro. 

La chica tragó saliva antes de golpear la puerta con los nudillos. Pensaba que ya había tenido suficiente con tratar con el rey y sus dos hijos, como para tener que ofrecer comida a la reina de Tremeren. Se odiaba por ello. Sentía su orgullo y su moralidad mancillados. Mas cuando la reina abrió la pequeña puerta y miró a los ojos a la chica, aquellos sentimientos se vieron despedidos para dar paso, nuevamente, a una sensación de envidia y celos. -Yo... traigo comida- explicó Nymeria, evitando mantener el contacto con la reina.
-Muchas gracias. Estaba ya hambrienta- explicó la mujer, tomando con ambas manos el cazo y regresando a su asiento. La aprendiz estuvo a punto de irse -¿Por que no me acompañas?- Nymeria quiso negarse, dar una excusa, por muy estúpida que sonase, pero no pudo -Por favor...- La chica suspiró y terminó por subir al vehículo. Tomó asiento frente a la mujer, y ésta, cerró la puerta. -Por fin compañía. Llevaba todo el día sin hablar ¿Alguna vez has pasado un día entero sin hablar? Sientes que vas a tragarte tu propia lengua- bufó. Aquella retahíla de palabras pronunciadas bajo confianza y con un tono de voz absolutamente amigable, hizo que la chica abriese los ojos como platos. 
-Vuestro hijo está aquí. Podríais hablar con él- musitó. Por alguna razón, con la reina no se atrevía a comportarse de forma borde y maleducada.
-¿Mi hijo? Es imposible hablar con Ermes. Mantener una conversación fluida con él es... muy complicado- afirmó. -Siempre con la cabeza en las nubes, siempre con sus planes. Tan cerca y tan lejos a la vez. A veces deseo que ponga los pies un poco en la tierra- refunfuñó la mujer mientras empezaba a comer -Disculpale si en algún momento te ha molestado-
-No me ha molestado- mintió la chica. Anyel sonrió ante aquella afirmación. 
-Me alegra oír eso. Nymeria ¿No es cierto?- la aprendiz asintió -Siento no haber hablado contigo hasta ahora. A veces estoy tan ocupada... De haber sabido que vendríais, hubiese dispuesto todo palacio para vosotros. Claro que no imaginaba las nuevas que Geralt traía consigo...-
-No pasa nada- Nymeria alzó la vista, atreviéndose a mirar a la mujer. Era preciosa, a pesar de la edad.
-¿Has estado antes en Arabas?-
-Sí, majestad-
-Oh, claro. ¡Que pregunta la mía! Geralt me ha dicho que lleva muchos años contigo. Habréis viajado por todo el continente, me imagino- comentó la reina con interés -¿Como está todo por ahí? Hace tantos años que no viajo...-
-Bien, supongo-
-¿Y que te enseña Geralt? ¿Has aprendido a hacer pociones? Recuerdo una vez, antes de la guerra... Yo estaba en palacio, cautiva. Las pociones de Geralt hicieron que no muriese demasiado joven. Le pregunté como las hacía, pero no me quiso responder- recordó.
-Yo no se hacerlas todas... aún. Él no explica más de lo necesario-
-¡Propio de Geralt!- sonrió -Es un hombre magnífico y un gran amigo. Pero bueno, no estamos aquí para hablar de él. Háblame de ti- Nymeria dio un respingo sobre el asiento.
-¿De mi? No puedo decir nada interesante-
-Algo habrá-
-De verdad que no... ¿Que puede tener de interesante una chica que vagaba por las calles en búsqueda de comida, huérfana y desamparada? Sólo trabajo, aprendo de Geralt y nada más...-
-A veces las historias mas interesantes surgen de las personas más inesperadas- sonrió la mujer
-Lo siento si no soy buena compañía. Creo que estaríais mejor sola- replicó la aprendiz, intentando ponerse en pie.
-Espera, espera. No te vayas por favor. No puedo dormir...- rió la mujer rascándose la nuca -Sólo pido un poquito de compañía. Y aquí solo hay hombres... Quiero hablar con una mujer-
-No se hablar de ropa, maquillaje y comodidades-
-No quiero que hablemos de eso... Me contento con tenerte aquí- confesó la mujer. Extendió la mano hasta tomar la mejilla de la chica -Me recuerdas a mi, hace mucho años. Yo estaba tan perdida...- Nymeria apartó el rostro.
-No creo que se me pueda comparar-
-Cuando era joven no tenía nada más que la compañía de un hombre al que identificaba a veces como mi propio padre. Vivía en el bosque, cazaba para comer y aprendía de todos los valores cuantos él pudiera enseñarme. Claro que después conocí a un hombre... y mi vida empezó a torcerse. De alguna forma, creo que sí podemos compararnos- La chica oyó atenta aquel pequeño relato. Se sonrojó, sintiéndose avergonzada. -Nymeria... ¿Tú y Ermes os lleváis bien?- 
-Yo...- Nymeria tragó saliva -Realmente no- confesó, mordiéndose el labio. Se había puesto nerviosa ante una pregunta tan repentina. Quiso oír la replica de la reina, al menos para entender por qué sentía tal curiosidad. Sin embargo, ésta comenzó a toser de manera violenta y descontrolada. Por un momento la chica no hizo nada, pero después se inclinó hacia la reina al comprobar que el ataque estaba siendo de lo más incómodo. Poco a poco, la reina se repuso, con rostro triste y apagado, incomparable al que había tenido hacía unos instantes.
-Se que es mayor. Es un hombre adulto que puede hacer lo que quiera con su vida. Yo ni si quiera tendría por qué decirle las cosas que le digo, pero... me aterra la idea de que éste solo- explicó, aún tomando aire para calmarse -Nunca ha tenido amigos. Que yo sepa... tampoco amantes. No quiero que su única compañía sean sus pensamientos, los cuales puedan llevarle a... a hacer algo que no debiese hacer- Anyel reprimió las palabras. Nymeria notó como calló algo que estuvo a punto de decir -Es un buen hombre...- terminó por decir. La aprendiz se mantuvo en silencio hasta que la reina cambió de conversación nuevamente. Las estrellas brillaban ocultas tras las nubes mientras ambas mujeres continuaron charlando en voz baja, en una noche tan tranquila como aquella.

La claridad del sol comenzaba a dibujarse lentamente en el firmamento. Los ronquidos de todos cuantos dormían en el interior de sus tiendas, en mitad del camino, eclipsaban cualquier sonido de la propia naturaleza. Sin embargo, en la tienda de Geralt, todo se agitaba. Nymeria convulsionaba, sumida en sueños y empapada en sudor. Le faltaba aire y apenas podía respirar, aún en su inconsciencia. El brujo intentaba aplacar aquellas sensaciones mientras posaba su mano desenguantada sobre la frente de la chica. No le hizo falta mirar a su derecha para saber que Anyel les observaba desde una distancia prudente. Por un momento se sorprendió, pero luego reflexionó. Casi olvidaba que toda ella era pura magia. -¿Que le ocurre?-
-Ésta enferma-
-Pero esa no es una enfermedad normal- 
-No... ella se muere-


La cena fue pasando por las manos de los comensales hasta dar por finalizada la cena, que sin Nymeria, fue ligeramente más amena. No porque la chica molestara, pero el ligero ambiente de tensión y rechazo no se percibía en la sala. No obstante, Deckard sí que miraba de forma recurrente el asiento vacío de la chica incluso tras terminar la comida -Hijo ¿Tanto te preocupa la joven?- preguntó Danyel con las manos entrelazadas sobre la mesa
-No me gusta molestar, padre- dijo el joven rascándose la nuca con vergüenza
-No debes preocuparte en lo más mínimo, joven Deckard- concedió Geralt para tranquilizarle -Nymeria es, ante todo, una muchacha difícil de manejar. Súmamente complicada. Y este, por supuesto, no es su ambiente. No es culpa tuya. Ya estaba molesta de por sí, antes de que llegaras-
-No es que me reconforte oírlo, maese Geralt- suspiró el chico -No es plato de buen gusto que un invitado no esté a gusto en el hogar de uno-
-Por favor, nada de "maese"- Geralt negó con las manos -Rechazo esa clase de títulos. Tus padres bien lo saben-
-Ruego me disculpéis señor-
-Por los dioses ¿Es que estamos en un consejo de reyes? Podéis hablar con menos aires de grandeza, todos- se quejó Ermes, reclinado en el asiento
-Pero hermano, debemos hacer gala de la mejor educación que nuestros padres...- Ermes alzó una mano para acallar a su hermano menor
-No me sermonees. Eres menor que yo. Si tanto quieres vanagloriarte de tu educación, Deck, más vale que no me digas lo que tengo que hacer- el joven Deckard bajó la mirada intimidado
-Ermes...- se quejó Danyel -Respeta tú también la voluntad de tu hermano. Trata de hacerlo lo mejor posible. Hace mucho que no tenemos invitados-
-Siento no estar a la altura- sonrió de forma encantadora
-Me enfermais- suspiró Ermes poniéndose en pie y dando paso a su salida del comedor
-¿A dónde vas?- preguntó Danyel con media sonrisa en el rostro. Conocía bien a Ermes
-A respirar aire fresco. Aquí huele demasiado a corona- dijo risueño. Deckard también le veía marchar con una sonrisa. Geralt, por su parte, seguía masticando un trocito de pan
-Un buen muchacho este Ermes- indicó sin siquiera mirarle salir por la puerta
-Sí. Gruñón, sabiondo, con tintes agresivos, burlón y sátiro... pero con un buen corazón- tanto el rey como el brujo sabían bien hacia dónde se dirigía
-Me recuerda tanto a cierto insensato...- gruñó el brujo
-Y a mí, en ocasiones, a cierta encantadora reina- ambos se miraron y se sonrieron.

Hacía fresco en el patio, bastante. La fuente central estaba cubierta de hielo y nieve, pero Nymeria lo soportaba bien. Estaba sentada sobre un pequeño muro que rodeaba el patio que le llegaba a las rodillas. Se tanteaba la mano recién enguantada, añorando la normalidad de unos dedos no cercenados. Estaba rabiosa como un lobo herido y muerto de hambre. Tanto que le picaban los ojos, pero no lloraba. Ella, Nymeria, no lloraba ni lloraría, menos aún, porque un imbécil de alta cuna le había hecho revelar una malformación de su mano. Los dioses sabían bien que de haber podido, de haber sido un cualquiera sin derecho a trono y no le costase una decapitación, le habría pateado la verga hasta hacer de su polla un amasijo de carne sanguinolienta tan irreconocible como su inteligencia. Al meno sera guapo, porque de haberle faltado eso... -Diría que hace frío para estar fuera, pero para ti, con tu forma de ser, creo que sois tal para cual- rumió Ermes surgiendo de las sombras. Nymeria ni siquiera le miró -O parece que se te han congelado los oídos-
-Vete a la mierda, Ermes Tremere- gruñó la chica con voz rota de furia
-A uno se le queda mi nombre en la memoria con facilidad- comentó, paseando a espaldas de la chica con las manos cruzadas tras de sí -Ermes es un nombre que nunca me gustó demasiado. Suena a viejo sabio de barba cana y larga- Nymeria se mantenía en silencio -Qué te iba a decir...- musitó -¿A ti eso de chocar los cinco, como que no, no?- ante aquellas palabras, Nymeria reaccionó como un vendabal. Se bajó del murillo en el que se sentaba y aferró a Ermes del cuello de la chaqueta. Lo arrastró hasta una pared y le estampó de lleno la espalda contra el duro muro de piedra. El chico, contrario a la reacción típica, reía divertido -Sí, estás bien-
-¿Cómo que estoy bien, imbécil? Vuelve a burlarte de mí y no habrá guardia en todo tu reino capaz de protegerte- amenazó la chica iracunda
-Ah, venga ya. No me tomes por un principito prístino. Ese es Deckard. Yo me valgo por mí mismo- sonrió
-Sí, ya. Pues no te cuidas muy bien- amenazó Nymeria mirándole con ojos brillantes
-Ya, sí. Venga, va. Suéltame- ordenó pero la chica no obedeció. Le miraba fijamente, sin más -¿Me has oído? Te he dicho que me sueltes- Ermes borró la sonrisa de su rostro
-¿Te has parado alguna vez a pensar lo que dices?- reflexionó Nymeria sin soltarle. Ermes le miró sin comprender -¿Tú... eres consciente de lo que puedes hacer con unas palabras, principito?-
-No sé qué quieres decir-
-Ya lo veo- la chica le soltó de malas formas. La espalda de Ermes volvió a dar contra la pared -Dices que no eres un principito prístino pero te comportas como tal. Ese Deckard, tu hermano, al menos es cortés. Galantería típica de la nobleza, sí, pero es cortés. Tú vienes aquí, a sabiendas de que estás en tu hogar, y te burlas de mí. Te burlas de mi mano, cuando has presenciado claramente que no es algo que me enorgullezca- comentó ahogando el enfado, aunque era claramente notable -Puede que me corten la lengua, pero de verdad eres un mierdas. Siento mucho por tu madre el tener que encargarse de un tipo como tú. Tan mayor y te comportas como un pubescente desenfrenado- la chica se dio la vuelta para irse a otro lugar, pero Ermes la tomó del brazo y tiró de ella para que le mirase
-No vas a soltarme eso y te vas a ir como si fueras superior en moralidad-
-¿Eso es lo que te duele?- Nymeria tiró del brazo para soltarse -Lo que te fastidia es que alguien sea superior a ti ¿No es eso?-
-Lo que me fastidia es que todo el mundo tenga un punto débil tan fácil de explotar- dijo de pronto, sorprendiendo a Nymeria -Esperaba más de ti. Empezaba incluso a divertirme contigo cerca. Eres de las pocas personas que habla con claridad a mi alrededor y ahora resulta que una pequeña herida te cohibe y te hace huir- le señaló la mano -¿Es eso lo que eres? ¿Una persona desvalida más que se autocompadece y cree que tiene un gran motivo para sufrir en soldad, que nadie la comprende?- la chica no encontraba palabras para revatir
-¿Tratas de decirme entonces que has venido a "salvarme" de mí misma?- llegó a decir, con una risita sarcástica
-Sólo vengo a comprobar que no te has vuelto una demente sensiblera porque mi hermano haya sacado a relucir un, llamemosle, defecto- dijo haciendo comillas con los dedos -Tu reacción ha sido desmedida- Nymeria se miró la mano enguantada en silencio -No vayas a decepcionarme ahora- concluyó el muchacho.

Arriba en los aposentos de los reyes, Anyel reposaba en cama con una copa de vino en las manos. Geralt y Danyel la acompañaban, el primero en una silla y el segundo sentado en la cama junto a su esposa. Compartían recuerdos de antaño y reían tontamente sobre los momentos que, pese a la dificultad, pudieron disfrutar juntos -A veces quisiera volver atrás. Quizá podríamos haberlo hecho de otra forma sin tener que recurrir a una batalla tan grande- se lamentó Anyel
-Lo hecho, hecho está. Lo que cuenta es que ganamos. Thorren desapareció y su larga sombra abandonó los Cuatro Reinos- brindó Danyel
-Cierto- bebió Geralt con una sonrisa
-Sí...- la mujer miraba al brujo distraida -Oye... Geralt...-
-Dime, mi reina- inclinó la cabeza con diversión el brujo
-¿Desde cuando tomas aprendices?- preguntó de pronto, haciendo reir al brujo
-Eso. De haberlo sabido me habría ofrecido- inquirió Danyel
-¿Tú? ¿Y quién iba a estar junto a Anyel en los momentos difíciles? ¿Varrim?-
-Oh, mi buen Varrim- sonrió Anyel -¿Dónde estará?-
-Lo último que supe de él es que estaba reuniendo un ejército- comentó Geralt distraido
-¿Un ejército?- Danyel frunció el ceño
-De hijos- asintió Geralt risueño -Y hablo de hace muchos años. A saber cuantos tendrá ahora. El malnacido debe tener a Shera hecha una cueva andante-
-Qué zafio- rió Anyel, que acabó tosiendo. Danyel le acarició una pierna en señal de empatía
-En cuanto a Nymeria... Bueno, supongo que vi algo en ella. La encontré hace unos 10 años aproximadamente. Toda una pícara callejera. Increiblemente hábil e inteligente. Consiguió robárme una de mis pócimas sin que me diera cuenta-
-¿En serio? ¿El gran Geralt dejándose robar por una adolescente?- Anyel alzó las cejas, picándole
-Por eso es mi aprendiz. Porque pocos pueden lograr tal hazaña- brindó el brujo al aire. La reina se levantó de la cama con cuidado para estirar las piernas, caminando por la habitación
-¿Y ella ha sentido lo mismo que tú?- preguntó ella
-No. No es aún una bruja- Geralt se acabó la copa -No está preparada, todavía-
-¿Alguien más podría corroborar tus pesquisas?- inquirió de nuevo la reina, apoyándose en una ventana y mirando al infinito mar que se veía desde la alta torre del castillo
-No. Soy el último brujo que queda. Cuando Nymeria esté preparada, con la experiencia y la madurez necesaria, podrá llegar a sentir y ver el mundo tal y como yo lo veo- suspiró -Pero hasta entonces, tendrán que creer en mis palabras-
-Dura responsabilidad- añadió Danyel
-Estoy acostumbrado. Siempre solo- sonrió el brujo
-Ya no. Ahora tienes aprendiz- le palmeó el brazo Danyel a su viejo amigo. Nymeria bajó la mirada desde la ventana, sonriente. Entonces se le alegró ligeramente el corazón al ver una figura familiar acompañando a Nymeria en el patio
-Y... Geralt-
-¿Sí, Anyel?-
-¿Nymeria tiene algún pretendiente?- la reina le miró con interés
-A Nymeria sólo puede pretenderle Nymeria. Aún no he conocido fiera salvaje suficiente capaz de empatizar del todo con ella. Menos aún que pueda llegar a enamorarse, o enamorarla- concedió el brujo
-Ya veo...- Anyel se puso a acariciar el borde de la copa con el dedo, en círculos, con una sonrisa perversa pero divertida.


-No está tan mal, este lugar- confesó Nymeria tras un largo silencio -Me gusta el patio-
-Es de las pocas cosas buenas que tiene el castillo- Ermes se cruzó de brazos, contemplándolo
-¿Tampoco te gusta, eh?- ella le miró con desgana
-En eso nos parecemos un poco, tú y yo. Sólo un poco-
-Nunca he sabido de un príncipe que desdeñe sus orígenes. Vuestra vida es demasiado ideal- bufó la chica
-Lo ideal es lo que uno idealiza- reflexionó Ermes -Y no es esta la clase de vida que quiero. Lo siento por mi madre, pero no estoy hecho para ser rey-
-¿Y para qué estás hecho? ¿Para corretear río arriba hacia las montañas del norte?- comentó sarcástica la chica
-Sólo quiero ver qué hay más allá- confesó Ermes sincero, omitiendo el tono de su acompañante -No creo que sea mucho pedir-
-Siendo rey puedes hacer lo que te plazca- se quejó Nymeria
-Tú no conoces la vida de palacio. Desconoces los deberes de un rey, de formar parte de una corte. No es tan sencillo como vestir ropas elegantes y lujosas, tener denas para comprar todo lo que quieras y ejércitos que cumplan tus deseos más tiránicos, si los tuvieras- suspiró -Siempre estás bajo la mirada de alguien: de otros reinos, de tu séquito, de tu propia corte, de las casas nobles y, más aún, del pueblo llano-
-Ya ¿Vas a decirme que os preocupa lo que el pueblo piense de vosotros?- se ofuscó la chica
-Más de lo que crees. Al menos, mi madre y Danyel lo hacen. Y por ende, Deckard, mi hermana Merian y yo, lo hacemos- asintió
-Pues no te ha importado mucho fugarte y que piensen de ti que eres un irresponsable-
-Es porque no quiero esta vida- le sonrió y eso la ofuscó aún más
-No sé si me caes peor siendo un capullo o mostrando cierta madurez al hablar- comentó la chica, mirando distraida al cielo. Estaba empezando a nevar. Caía con suavidad y gracia, como una danza blanca que hechizaba los sentidos. Un copo cayó gracilmente en su nariz y la hizo menear la testa. Por alguna razón, se sentía algo más cómoda y menos a disgusto -Creo que se hace tarde- se volvió a poner en pie del murillo
-Sí... y si va a empezar a nevar, el frío va a ir en aumento- comentó Ermes descruzando los brazos y bostezando
-Ha sido fructífero- dijo la chica, echando a caminar
-¿Eh? ¿A qué te refieres?-
-Este pequeño momento de cháchara. Me ha enseñado algo valioso sobre ti, Ermes- le miró por encima del hombro. El príncipe frunció el ceño
-¿El qué?-
-Que en el fondo eres un blandito. Has venido a buscarme, a preocuparte por mí. Me has soltado unas palabras de motivación y ahora te quedas contándome tu vida- se encogió de hombros la chica -Supongo que te sentías solo ¿no?- sonrió llena de malicia. Ermes casi enrojeció de rabia. Nymeria había conseguido pincharle, aunque esas fuerzas renovadas para discutir y buscarle las cosquillas eran una grata señal de que estaba de mejor humor -De nada, Ermes Tremere. Ha sido un placer- dijo con rintintín -hacerte compañía-
-Serás...-
-Si vuelves a necesitar un hombro donde llorar ya sabes dónde estoy. Para no venir a buscarme, digo- dijo yéndose por fin, con la sonrisa aún en los labios, dejando solo al príncipe. Ermes suspiró pesadamente y miró la nieve caer un poco más antes de marcharse. Se descubrió, a sí mismo, con una leve sonrisa también en los labios.

martes, 17 de julio de 2018

Terminada la reunión, la reina se retiró. Brujo y aprendiz fueron reconducidos hacia dos habitaciones, ubicadas en lo alto de uno de los torreones que decoraban las plantas más elevadas de palacio. Dada la problemática de extrema urgencia, Anyel había pedido a Geralt quedarse unos días a su lado, con motivo de acompañarla al Consejo de los Cuatro Reinos, en el que se procedería a exponer los inconvenientes venideros al resto de soberanos. Por ello, Nymeria se vio nuevamente, en contra de su voluntad, retenida en el interior de cuatro paredes que apestaban a lujo y superioridad.

Mientras tanto, Ermes volvía a encontrarse nuevamente en el interior de su habitación, para su descontento. Rodeado de libros, manuscritos y leyendas escritas sobre papiros, observaba el sol descender tras las colinas que se oteaban desde su ventana, anhelando una libertad que le había sido arrebatada demasiado pronto. La puerta de su dormitorio resonó tras dos leves golpes. El chico suspiró y se encaminó hacia la misma para abrirla. De entre todos quienes podían estar tras aquella, a quien menos esperaba ver era a Anyel. -Madre, pensé que ibas a descansar. Danyel me ha dicho que hoy no te encontrabas muy bien-
-¿Como va a encontrarse una madre bien cuando su hijo desaparece durante semanas?- preguntó, adentrándose en la habitación y cerrando la puerta tras su espalda. A la reina a veces le costaba mostrar superioridad ante su hijo, sobretodo porque su estatura ya era demasiado baja en comparación con la de él, lo que la hacía sentirse vieja y muda, como en aquel instante. -No he querido reprenderte más frente a Geralt porque no quiero que piense que tengo un hijo que se me va de las manos a la primera de cambio- añadió.
-Sin embargo me has abofeteado- recordó Ermes, acariciándose la mejilla.
-¿Crees que el dolor que he sentido al ver tu cama vacía es comparable al simple dolor de un bofetón?-
-Madre, lo siento... Yo no...-
-¿Lo sientes? Si verdaderamente lo sientes, empieza por decirme por qué diantres desapareciste- Anyel encaró a su hijo. Las arrugas de su piel dibujaron surcos bajo sus ojos, que aunque brillantes, denotaban un cansancio terrible. 
-Yo solo quería... unos días de libertad-
-¿Libertad? ¿A caso no tienes suficiente con lo que procuro para ti? ¿No es suficiente todo lo que este palacio puede darte?- preguntó dolida.
-No... Es sólo que... Quería probar cosas, probarme a mi. Comprobar que se siente cuando no te vigilan- 
-¿Quien te vigila? ¿Quien te pone cadenas en los pies?- 
-No me pones cadenas, pero... A veces me siento demasiado retenido por ti, madre. Te preocupas demasiado. Soy demasiado mayor ya como para que...-
-Eres demasiado mayor como para escaparte, incumpliendo tus obligaciones como heredero- Anyel le señaló con el dedo -He hecho todo lo que me has pedido. Te he apartado de la linea sucesoria, aun cuando los tres reyes de los restantes reinos han puesto la crítica sobre mis hombros por enaltecer la rebeldía de sus propios hijos. Te he apartado de las celebraciones políticas que tanto odias. ¡Te regalé un barco en tu último cumpleaños para que recorrieses la bahía! ¡¿Qué mas quieres?!- tras gritar, Anyel comenzó a toser de forma violenta. Se dobló sobre si misma, acabando sentada sobre el camastro de su hijo. Cuando el ataque de tos cesó, encontró pequeñas gotas de sangre en la palma de su mano, que anteriormente había colocado en su boca. Apartó la mano rápidamente y la escondió sobre el regazo. Sin embargo, Ermes pudo ver lo que su madre ocultaba antes de que ésta pudiese evitarlo.
-Lo siento, madre... Se que no soy como mis hermanos. Te estoy dando demasiados problemas-
-No quiero que te compares con tus hermanos. Sois distintos los tres. Mis tres soles. Me deprimiría si os enfrentaseis por envidia o celos. No os he criado para que os comparéis. Os quiero tal y como sois. Te quiero tal y como eres, Ermes- Anyel extendió su mano limpia hasta tomar la de su hijo, obligándole a sentarse a su lado. -Pero por favor... no me tortures más- la reina no pudo evitar que sus ojos se humedecieran, y que de los mismos brotasen lágrimas. Ermes sintió sobre él la pesada carga de la culpa.
-Madre-
-Escúchame- Anyel sollozó -No quiero morirme pensando que mi hijo no es responsable, capaz de dejar sólo a su padre y sus hermanos cuando éstos le necesiten- explicó, tomándole el rostro con ambas manos -No quiero pensar que te vas a marchar... No quiero-
-No digas esas cosas. No te vas a morir-
-Lo haré algún día, antes que tú- respondió de forma cortante -Y necesito irme con la conciencia tranquila, sabiendo que mis hijos sabrán gobernar, cada uno bajo su propio criterio, las tierras por las que tantas personas antes se han sacrificado. ¿Es necesario que vuelva a contarte la historia? ¿Quieres que vuelva a hablarte de Arisen y de Ryder? ¿De Bryenna y Kessel? ¿Vuelvo a hablarte de tu abuelo Harrim o tu abuelo Ermes? ¿Quieres que te repita la historia de Thorren, quien asesinó a centenas de personas durante años?-
-No, madre...-
-Sé que sabes esas historias. Incluso Geralt estuvo en ellas. Así que honra la tierra que pisas, Ermes. Luché para que tu hoy camines tranquilo... No me falles. No me falles tu también- aquella última palabra hizo que el chico sintiese un profundo pellizco en el corazón. Sin embargo, no se atrevió a hablar. No había lugar para las quejas ni para los reproches. Su madre tenía toda la razón. Por ello, Anyel le abrazó y besó la frente, sin apartarse de él un instante. -Ojalá volvieses a ser pequeño... Me encantaba tenerte entre mis brazos mientras dormías- el tono de voz de la reina cambió completamente.
-No empieces-
-Eras tan llorón... pero tan guapo-
-Madre...-
-Por cierto ¿Por qué te llevas tan mal con esa chica? Nymeria-
-Que no empieces...-


Mientras madre e hijo hablaban, brujo y aprendiz calentaban sus extremidades frente a la chimenea de un enorme salón. Geralt había tomado un baño caliente tras tantos días sin hacerlo. Había comido y había descansado. Nymeria, por su parte, no aceptó ningún servicio de todos cuanto Danyel y Anyel dispusieron para ella. Por ello, mostraba un rostro serio y cansado, aun cuando no dejaba de pensar en que la comodidad de palacio era demasiado buena. -¿Has cambiado de idea?- preguntó el brujo.
-En absoluto-
-Tendrás que admitir que no es cuanto imaginabas-
-Es cuanto imaginaba- refunfuñó la chica
-Eres demasiado mentirosa, Nym- sonrió el brujo -En cualquier caso, tendrás más tiempo para conocerla durante el viaje- añadió.
-¿A donde vamos?-
-Anyel me ha explicado antes de marcharse, que el Consejo se reúne respetando un orden de turnos, para no perjudicar en cuanto a traslados se refiere a los soberanos más envejecidos. Esta vez deben reunirse en Arabas. Partiremos en dos días.-
-¿Arabas? ¿Vamos a ir otra vez a Arabas?-
-Así es- asintió
-Voy a ponerme enferma con tantos cambios de temperatura... ¿Es realmente necesario que vayamos con ella?-
-La reina quiere que explique lo que he oído y sentido al resto de soberanos. Debo respetar su decisión, sobretodo cuando sólo yo podré solventar las cuestiones que suscite la reunión. Además, en cualquier caso, necesitamos movernos. Tu entrenamiento aún no ha concluido, jovencita-
-¿Tan terrible es?- preguntó Nymeria sin rodeos -¿Es peligroso eso que has sentido?-
-Demasiado...- los ojos de Geralt parecieron perderse en las llamas de la chimenea -Viento de Dragones...-
-¿Y como lo has sentido?-
-Es un simple susurro, una advertencia. Cuando tus sentidos esten alerta, cuando consigas percibir todo cuanto te rodea, lo entenderás- explicó -Sin embargo, aunque aun no seas capaz, no deberías de bajar la guardia. Si lo que siento es real, el problema es terrible. Imagina los pueblos, las ciudades... asediadas por docenas y docenas de criaturas que escupen fuego, que asesinan, que destruyen todo a su paso... durante todo un Invierno Negro- Nymeria mantuvo silencio mientras le oía hablar -Los pequeños wyverns a veces parecían inofensivos- recordó -A veces aparecían otros más grandes- añadió -Pero el temor, el peligro, el horror... no sabría explicarte con palabras lo que se sentía. Menos aún cuando la inquietud de que aparezca algo más grande siempre acecha-
-¿Algo más grande? ¿Te refieres a un dragón de verdad?- preguntó la chica. El brujo simplemente la miró, acomodándose en el sillón sobre el que ambos se sentaban -Pero... los dragones no...- antes de que la chica pudiese acabar la frase, un sirviente de palacio apareció en la sala para informar de que la cena sería servida en breve, la cual sería compartida con la familia real. Geralt se puso en pie al instante, dejando a la chica con la pregunta en los labios y un sin fin de dudas sobre la cabeza.

Anyel no apareció en la cena. Según el rey, se encontraba algo indispuesta, y en pos de mantener un viaje próximo hacia Arabas de lo más llevadero y tranquilo, había decidido empezar a descansar. A Nymeria no le importó, pues estaba demasiado centrada en contemplar la cantidad ingente de comida que había sobre la gran mesa del comedor. Pollo asado, pescado salado, pudin, enormes hogazas de pan, vino oloroso, sopa de marisco y postre. Mentiría si dijese que la boca no se le hizo agua cuando tomó asiento y los distintos olores inundaron sus sentidos. Sin embargo, maldecía todo cuanto contemplaba. Había tantas personas pasando hambre en los Cuatro Reinos... Ella misma fue pobre una vez, de forma que le parecía hipócrita y déspota que solo los nobles degustasen un banquete así.
-¿Nymeria?- preguntó Geralt.
-¿Se encuentra bien tu aprendiz?- Danyel, en un intento de que todos disfrutasen, no podía evitar observar el rostro de los invitados.
-Perfectamente- gruñó la chica.
-Es su cara por defecto, Danyel- explicó Ermes, quien se había sentado frente a ella. -No es agradable-
-¡Ermes!-
-Disculpala, Danyel- murmuró Geralt, reclinándose hasta estar más cerca del rey -Tu chico y ella no se llevan bien. Y he de decir que ella no se queja querer, además de que guarda sus... pequeños pensamientos para con la corona- confesó.
-Oh, no hay problema en ello. Anyel y yo damos audiencia semanalmente a un sin fin de personas en desacuerdo con nosotros. Intentamos siempre procurar la mayor armonía posible, pero no somos perfectos. Sabemos que aun quedan demasiados problemas por resolver, tanto en Tremeren como en los otros reinos. Treinta años no ha sido tiempo suficiente como para enmendar cada error... y me culpo por no ser lo suficientemente competente para la labor que me ocupa- explicó en voz elevada, para que Nymeria le escuchase. Sin embargo, éste no le dirigió la mirada un solo instante.
-Mejor déjala... De verdad que es una mujer difícil- explicó de nuevo Geralt.
-No se a quien me recuerda- Danyel miró de reojo a su hijastro.

Justo antes de que comenzasen a cenar, los pasos acelerados y livianos que se dirigían a toda prisa hacia el comedor distrajeron a todos los presentes. Un chico joven, de cabello corto y flequillo arremolinado sobre la frentre, se aferró al marco de la puerta para poder tomar algo de aire -Siento muchísimo llegar tarde, padre. De veras que lo siento. El caballo se encabritó y... ¡Ermes!- cuando el chico contempló al heredero sentado frente a la mesa, compuso un rostro alegre y juvenil. Su cara clara y tersa, lampiña, le hacía ver mucho más joven de lo que realmente parecía que era. -Ermes ¿Donde estabas? He estado preocupado- añadió.
-Deckard, cuida tus modales. Hay invitados- dijo el rey con tono serio. Al decir aquello, el chico se irguió como un resorte, apurado por faltar el respeto o parecer corto de educación.
-Mis mas sinceras disculpas- dijo, para después inclinarse. Geralt se puso en pie de inmediato. -Bienvenidos seáis todos a mi casa. Madre me ha dicho que sois buenos amigos de ella. Todo cuanto necesitéis, está a vuestra entera disposición- concluyó, haciendo un alarde de oratoria impecable.
-Un placer, Deckard- Geralt inclinó la cabeza -Me alegro muchísimo de conoceros-
-No tenéis que guardarme cortesía, por favor. No soy ningún rey-
-Aún- añadió Danyel. Nymeria alzó una ceja. ¿A caso ese muchacho tan educado y Ermes eran hermanos? No lo parecía.
-En cualquier caso, os pido que me tratéis como un igual- repitió. Después, reparó en la chica. La mujer y el príncipe se miraron durante un segundo. La conexión visual se vio interrumpida cuando el joven se acercó a ella. Nymeria se puso en pie, casi por inercia. Y el chico, por su parte, terminó por tomarle la mano con suma delicadeza. Por alguna razón, la aprendiz se sintió intimidada por el chico. Las mejillas le ardían, sintiendo una irrefrenable vergüenza -Es todo un honor, señorita- murmuró el príncipe, para quitarle el guante que la chica siempre vestía con la intención de darle un beso sobre el dorso de la mano. Sin embargo, no llegó a realizar tal acción, pues se detuvo a contemplar como a la chica le faltaban dos dedos de la mano izquierda. Nymeria, por su parte, se tensó al comprobar que no pudo detenerle. Apartó la mano y le arrebató el guante al príncipe con suma violencia.
-Idiota- llegó a pronunciar con rabia y vergüenza, justo antes de marcharse del comedor. Deckard la contempló marchar, atónito.
-¿He hecho algo mal?- preguntó al resto. Geralt sonrió con ternura.
-De tal palo...- pronunció el brujo mirando a su rey. Aquella iba a ser una cena de lo más peculiar.

El ambiente de la sala se había llenado repentinamente de una esencia de pura felicidad y afecto. Tanto era así que Ermes y Nymeria se miraron un instante, incómodos, para luego volver la cara hacia otro lado para evitar el contacto visual, más incómodo aún que la sensación anterior. Danyel, pese a ser el rey y esposo de Anyel, no hacía más que sonreir al ver la actitud tan afectiva que compartía su bien amada reina con el brujo, que admiraba con toda claridad la belleza de la señora de Tremeren y Fuerte Albor. El dulce silencio se prolongó entre ambos, así como la mirada cálida y resplandeciente, el continuo movimiento de ojos de ambos conocidos que se recorrían con impaciencia, tras 10 largos años sin verse. Tanto le debía la reina a ese brujo y tanto quería ese brujo a la reina, desde antes de que fuese coronada, que la espera se hizo eternidad -¿Vamos a estar mucho tiempo así, en silencio, comiéndonos con la mirada?- preguntó por fin Ermes, impaciente. Atrayendo las miradas de los presentes. Anyel sonrió a su hijo con toda la ternura que una madre puede profesar
-Ay, Geralt. Permíteme un instante- suspiró Anyel
-Por supuesto, mi señora- Geralt inclinó ligeramente la cabeza mientras Anyel, en su brillante majestuosidad, se acercaba a Ermes. Nymeria la contemplaba sin poder combatir del todo la maravilla que le causaba aquella reina. Ermes bajaba la mirada un tanto avergonzado al ver cómo su madre se acercaba con los brazos abiertos
-Mi hijo...- dijo finalmente, abrazándolo un instante y tomándole la cara con ambas manos -Me tenías tan preocupada ¿Dónde estabas?-
-De paseo- dijo Ermes tratando de no mirarla a los ojos. Sabía lo que pasaba con el contacto visual. Su madre tenía un poder especial y no precisamente mágico; entablar contacto visual conseguía mermarle todas las defensas. Era su madre, pero también era una reina. Una buena reina. Horadaba hasta el corazón más duro con su benevolencia y Ermes no era menos
-Mírame, hijo- decía ella con voz dulce -Mira a tu madre- Ermes obedeció arregañadientes. Una vez que sus ojos claros se encontraron con los prístinos ojos de su madre, el bofetón estalló como una catapulta contra los muros del castillo. Geralt no pudo evitar echarse a reir mientras Danyel se llevaba una mano a la boca tratando de no hacer lo mismo. Nymeria se quedó pasmada mientras Ermes miraba a al aprediz de brujo no porque quisiera, sino porque el golpe le había doblado la cara con tanta fuerza que se había quedado pasmado, con la mirada clavada en esa dirección -Idiota, insolente, mocoso malcriado ¿Quién te crees que eres para asustarme de esa manera?- el brillo de Anyel se había convertido de pronto en una tormenta irrefrenable
-Pero...- Ermes se fue a llevar una mano al rostro, pero otro bofetón le llovió en el mismo punto acrecentando el dolor y la comezón en la piel
-No hay peros que valgan, Ermes Tremere- bramó Anyel con el ceño fruncido -No estamos hablando de que has ido a corretear por el pueblo, ni que has cogido un barco para dar unas vueltas por la bahía. Te has fugado, literalmente. No has dicho nada a nadie. Desapareciste con toda la bajeza que puede tener un ladrón y tú, hijo mío, no eres un ladrón- gruñía, especialmente ofendida. Ermes la había hecho enfadar varias veces a lo largo de su vida pero, esa vez, el príncipe atisbaba algo especial. Un dolor muy, muy especial.
-Creo que será mejor que los dejemos solos- terció Danyel con una sonrisa paternal
-No- concluyó Anyel, recuperando el semblante de reina tras un fuerte bufido -No es necesario. Creo que la lección está clara- penetró a Ermes con una mirada furiosa y el príncipe bajó la cabeza -Puedes irte, Ermes. Ya hablaremos más tarde-
-Mi reina- inquirió Geralt mientras Ermes se daba media vuelta -Creo que es menester que el príncipe aventurero permanezca en la sala para oír cuanto tengo que contar. Mucho me temo que, a poder ser, debería estar todo el castillo. Aunque me temo que eso no es posible- ante aquellas palabras, rey y reina se miraron con preocupación
-¿Tan negras son las palabras que te traen a mi lado, Geralt?- Anyel entornó la mirada
-Como las alas de un viejo conocido- asintió Geralt y a Anyel se le aguaron los ojos con prontitud.

Momentos después, todos los presentes se hallaron sentados en la gran mesa central. Anyel no hizo gala del trono majestuoso que presediría la reunión, pues decía estar, moralmente, en igualdad de condiciones con los recién llegados. A Nymeria le sorprendió enormemente aquella actitud de la reina y más aún que el rey obedeciera todo cuanto ella decía. Sabía que en otros lugares las cosas eran realmente distintas, tanto en el matrimonio real como a la hora de tratar a los plebeyos, pues eso era claramente ella, una simple plebeya que perseguía y escuchaba los desvaríos de un tipo de sabían los dioses cuantos años tenía -Bien, querido amigo- dijo Anyel con cierto temor en la voz -¿Puedes empezar?-
-Puedo- asintió el brujo
-Un momento- Ermes interrumió reclinándose sobre la mesa -¿De verdad esta petarda tiene que estar presente?- señaló a Nymeria -Esto es un consejo real- aclaró
-No recuerdo que esos sean los modales que te he inculcado desde que eras apenas un bebé, Ermes- rumió Anyel sin perder la paciencia -Además, esta señorita- señaló a Nymeria -Es la aprendiz de mi buen amigo y consejero. Sabes bien lo que ha hecho Geralt por este reino y por mí. De no ser por él, ahora mismo pendería colgada hecha huesos de los muros de este castillo picoteada por mil cuervos-
-Anyel...- Danyel le tomó la mano -No digas tales cosas- suplicó en baja voz
-Tales cosas ciertas son- afirmó sin temor a equivocarse -Y mi hijo ya es mayor, muy mayor, para saber con quienes se encuentra en la misma habitación. Ya basta de bravatas pues, Ermes. Si ella es su aprendiz, es tan vital en este consejo como tú, que eres mi hijo. Considérate, Nymeria, en igualdad de condiciones que este ingrato- dijo finalmente Anyel, sonriéndole a la chica. Nymeria se sintió inquieta ante esa sonrisa ¿Por qué se ruborizó ligeramente? Se enfadó consigo misma, y con Anyel, y con Ermes. Diablos, incluso con Geralt. Sintió enormes deseos de salir de ese lugar. Era todo una mentira, una ilusión: los reyes no eran amables. Los nobles nunca eran buenos.
-Sí, madre...- concedió Ermes, cerrando los ojos con paciencia. Geralt percibió la mirada de preocupación que Nymeria estaba echando sobre Ermes
-Geralt, por favor- Anyel le brindó la palabra con un gesto de manos
-Bien, pues...- miró a los presentes para comprobar que no habría nuevas interrupciones -Desde hace días, realmente unas semanas, percibo susurros en el viento. Susurros, voces crueles y viscerales que brindan ceniza y discordia- los dorados ojos del brujo se clavaron en los claros ojos de la reina
-Habla claro, por favor- suplicó la reina
-He oído el rumor de batir de alas, Anyel. Lo percibo, lo siento, me quita el sueño- Nymeria miraba a su maestro también con fijación -Los Vientos... están regresando-
-No debes hablar de esas cosas en vano, Geralt- terció Danyel, preocupado -Por favor, no nos asustes. Nos alegramos mucho de verte, no lo ensucies con bromas pesadas-
-Danyel...- Nymeria alzó la mano para pedirle silencio -Si él lo dice, debe ser cierto- un nudo se le cerró en la garganta a la reina
-¡Pero es una locura!- el rey se puso en pie -¡Es imposible!-
-Danyel, cálmate, querido. Por favor- Anyel le miró suplicante
-¿Se puede saber qué pasa? Si nos queréis aquí, no seais tan crípticos- se quejó Ermes, poniéndose igualmente en pie
-Dragones- dijo Anyel finalmente. Y esa palabra hizo que tanto Ermes como Danyel tomaran asiento con suma lentitud y sorpresa en los rostros. Geralt asintió ante la afirmación de la reina -Lo que ocurre, hijo mío... es que aquí, Geralt, siente que están regresando- se llevó una mano a la frente, preocupada
-Pero no puede ser ¿no? Los desterrasteis. Quiero decir... tú, madre, los apaciguaste tras la guerra y...-
-No fui yo, hijo- suspiró la reina
-Claro que sí. Es lo que dicen las historias, lo que todo el mundo cuenta ¿Por qué temer? Si realmente vuelven, si aparecen, volverás a utilizar tu magia y los echarás hacia las sombras. Eres la reina Anyel de Tremeren, la heroina de la Gran Guerra- sonrió Ermes con amor
-No fui yo- declaró de nuevo la mujer, esta vez, cerrando los puños y mirándole con ojos brillantes
-Estamos en graves problemas si es cierto lo que me cuentan los vientos, Ermes- Geralt hablaba con una sabiduría, con una forma de mirar que ni siquiera Nymeria había visto en 10 años de compañía con el brujo. De hecho ¿desde cuando Geralt oía las palabras del viento? ¿Es que eso se podía hacer siquiera? -Tu madre es la heroina de la Gran Guerra, sí, pero apaciguar a los dragones no es algo que una heroina pueda hacer, no sin ayuda. Sólo un líder puede apaciguar a un séquito- ante aquellas palabras, Danyel suspiró
-Hace mucho, mucho tiempo que se fue, Geralt- y con esas palabras, Anyel bajó la cabeza -Hace demasiados años que no sabemos nada de él. Nunca hemos oído noticias siquiera de sus saqueos, si es que los ha practicado. Supongo que sí, porque era un pirata. Y es lo que ha sido siempre- tamborileó nervioso con los dedos sobre la mesa
-¿Nadie ha visto jamás al Matadragones?- preguntó el brujo interesado. Anyel negó con la cabeza -Sin él no podremos hacerlos marchar. Y una confrontación... es impensable-
-Habláis de él de verdad ¿eh?- preguntó Ermes entonces, sombrío -¿De verdad es tan necesario?-
-Oh, Ermes...- susurró Anyel
-¿De verdad es Garland Drake tan necesario? ¿¡De verdad todo lo hizo él!?- golpeó la mesa -¡Si él fue quien desterró a los dragones entonces no debe ser tan difícil!-
-Cálmate, chico- pidió Geralt -Tú no lo comprendes-
-¿¡Qué hay que comprender!? ¡Un pirata, traidor y capaz de abandonar a una mujer que le amaba no es digno de ser necesitado!- volvió a azotar la mesa -¡Me niego a creer que necesitamos a ese canalla para evitar una crisis a gran escala! ¡Mi madre es Anyel Tremere y está aquí presente!- Geralt empezaba a comprender cuánto idolatraba Ermes a su madre, pese a que buscase libertad de vez en cuando. Se apenó por el muchacho y se le notaba en la cara -Madre... dilo, sé que puedes. Di que puedes hacerlo-
-Nunca pude...- sonrió triste, destrozada, con la voz quebradiza -No sin él, Ermes- Danyel le tomó las manos con cariño y Anyel apoyó la cabeza en el hombro del rey
-Entonces encontraremos la forma- Ermes se puso en pie y se encaminó fuera de la sala
-Hijo...- Geralt alzó la mano para que Anyel no siguiese hablando
-Déjale ir- asintió el brujo -El odio hacia su padre, el rencor, está demasiado arraigado en su corazón. Está frío, helado. Ni siquiera el calor del amor de una madre puede derretir el témpano que ocupa ese agujero en su alma-
-¿Qué podemos hacer entonces?- tras un breve momento para respirar con calma, la reina se serenó. Volvía a ser la dirigente del reino y no una madre preocupada enormemente por su hijo. Nymeria casi percibió esa dualidad
-Sugiero que no nos preocupemos en demasía hasta tener confirmación. No me han llegado noticias ni tengo pruebas de que hayan regresado aún. Sólo deberíamos preparar un plan de contingencia. Unirnos, antes de que suceda- ofreció Geralt
-Me parece una sabia decisión- afirmó Danyel
-Lo haremos entonces. Prepararé unos cordis para sus majestades de los otros reinos. Buscaremos un concilio real y uniremos fuerzas para detener a los dragones en caso de que vuelvan. Tremeren no podrá defenderse solo una vez más de esas criaturas- suspiró
-Algo me dice, Anyel, que esta vez no es sólo Tremeren quien sufrirá su ira- el brujo apretó los puños -Su furia es incontrolable...- miró a su alumna -Creo que si no ponemos fin a este problema antes de que llegue a empezar, todos perderemos cuanto nos importa. De este y el resto de los reinos...- la chica miraba de vuelta a su maestro ¿De verdad... era tan grande el problema?

Lejos, muy lejos de Fuerte Albor, unos pasos pesados y lentos llenaban con ecos un largo corredor apenas iluminado por una antorcha. La llama danzaba por la corriente de viento que recorría el lugar y dibujaba sombras obscenas y maliciosas en las paredes, decoradas con un sin fin de runas y dibujos de criaturas aladas, algunas más pequeñas y otras terriblemente enormes. Narraban historias y viejos rituales, enormes sacrificios y sacrilegios en nombre de los que, al menos los escritos, llamaban simplemente "Grandes Señores". La mano enguantada de quien portaba la antorcha acarició la pared produciendo un extraño sonido metálico al pasar los dedos por las runas y los dibujos. Siguió la corriente de aire a lo largo de la galería hasta hallar una especie de hendidura que, hace muchísimos años, debía ser una puerta que ahora estaba casi derruida. Pasó con dificultad, con su capa y capucha enredándose entre los picos de las piedras, pero de forma exitosa. Un grandísimo abismo oscuro inabarcable a la vista se abría ante él, a sus pies. Arrojó la antorcha y no encontró apenas fondo, ni iluminó nada que sus ojos pudieran ver. La figura del hombre suspiró apesadumbrado, bajand los hombros por tener que actuar. Pronunció unas ancestrales palabras en una lengua antigua y, posteriormente, sopló con suavidad. De su aliento brotó una esfera de luz de fuego, apenas una chispa, que se elevó hacia lo más alto de aquella cueva en la que se encontraba, con el techo agujereado por la erosión y el tiempo. Chasqueó unos dedos que eran garras de acero y la chispa estalló en algo similar a un pequeño sol, iluminando la inmensa cavidad, que visible por fin, se asemejaba al gigantesco crater de un volcán. El hombre retrocedió un paso apretando la mandíbula cuando creyó ver que sobre él se cernía el gigantesco craneo de un dragón, puro hueso todo él. Muerto desde, seguramente, antes del nacimiento de los reinos... y por fortuna, pues sólo el tamaño de su craneo era más grande que un castillo -¿Por qué he venido aquí...?- se preguntó para sí en un hilo de voz, tratando de calcular el tamaño de aquella criatura en total -¿Por qué me has traido aquí, Garth...?- especuló entonces, oyendo el lejano rugido de una bestia alada y señorial sobrevolando la gigantesca cueva en la que yacían los huesos de esa calamidad. Aquello era, sentía él, el peor de los presagios. El viento arrastraba siseos siniestros y oscuros desde aquel lugar, que pronto alcanzaría a los reinos de los hombres.

jueves, 12 de julio de 2018

Las herraduras de los caballos se hundían conforme pisaban la fina capa de nieve que decoraba los terrenos del centro de Tremeren. Debido a los inconvenientes y tropiezos sufridos por el camino, el grupo tuvo que volver a retomar el rumbo hacia Fuerte Albor, una vez más, desde el norte. La estimación de cuatro días de viaje se desvaneció, sustituyéndose por poco más de una semana, que brujo y aprendiz tuvieron que acostumbrar, muy a pesar de ésta última.

Las primeras granjas de Fuerte Albor bordeaban los caminos por los que los caballos caminaban. Granjas llenas de animales, trabajo y responsabilidades. -Antes Fuerte Albor era una ciudad pobre. No había forma de ganarse el pan- explicó Geralt, oculto bajo su capa blanca. Desde el amanecer, se había mostrado serio y silencioso. Algo de lo que Nymeria había podido ya cerciorarse. Si bien el brujo era un hombre que se mostraba siempre seguro, decidido y confiado con sus acciones, aquel día parecía a ojos de la chica un simple humano lleno de dudas e inquietudes. Sólo de imaginar que alguien con tanto poder como él pudiese estar nervioso, hacía que los vellos se le erizasen. -Mirad- dijo, para señalar con el dedo hacia el frente.

El camino que recorrían terminaba para dar paso a una enorme pendiente hacia la que el grupo se acercó. Dicho acantilado bordeaba de forma semicircular la mitad de la capital, dotando al lugar que pisaban de unas vistas impresionantes -Esto es Fuerte Albor, Nymeria- presentó el brujo. Los tejados de las casas presentaban todos una forma cuadriculada casi perfecta. De los mismos, las chimeneas expulsaban un humo denso y oscuro que se alzaba hasta mezclarse con las nubes que amenazaban con una nueva ventisca. Si agudizaba su visión, la aprendíz podía contemplar a los habitantes andar de un lado para otro por todas partes, haciendo que la capital pareciese más bien un hormiguero. Lo cierto, es que era una ciudad gigante. -Y allí está Risco Azul- Geralt extendió nuevamente su dedo índice, señalando a un enorme risco, el cual se adentraba en el mar y que se unía a la ciudad con solo un puente, largo y grisáceo. Sobre el mismo, quedaba un enorme palacio de tejados puntiagudos y cristaleras que brillaban aún con la falta de sol. Las banderas de la familia Tremere ondeaban dispares a lo largo de toda la estructura. La visión era, a todas luces, majestuosa.
-¿Qué hemos venido a hacer aquí?- preguntó la chica mientras su maestro bajaba del caballo, dispuesto a continuar con el resto del camino a pie. -¿Sólo hemos venido a dejar a este hombre de nuevo en brazos de su madre?- 
-No- respondió el brujo únicamente 
-Vosotros no habéis venido a dejar a nadie. Maldita sea- añadió Ermes, bajando también del caballo.
-¿Pues entonces qué hacemos aquí? No me gusta este sitio, ni sus gentes, ni su corona- gruñó. -Es la cuna de la hipocresía-
-La gente de Fuerte Albor no estaría de acuerdo en eso- volvió a decir Ermes -Aquí todos alaban a la familia real-
-Eso lo dices por ser quien eres, pero seguro que te equivocas. Si caminases por las calles con mas asiduidad, si prestases atención a lo que la gente de esta ciudad verdaderamente necesitase, estoy segura de que aprenderías que aún te queda mucho camino por recorrer para ser alguien querido. Tú y tu estúpida madre- 
-Mucho cuidado con lo que dices, mocosa- Ermes se acercó a la chica con rabia en los ojos -Pisas mis tierras. Aquí todos me conoces. Si te oyen vomitar así las palabras sobre mi o mi madre te apresarán. Más aún, vuelve a decir algo sobre ella y yo mismo te encerraré en los calabozos de palacio-
-Tú a mi no me das ordenes. Ni tú ni nadie que porte tu apellido-
-¡Ya está bien!- gurñó Geralt. Nymeria sonrió con satisfacción -A estas alturas me da igual lo que pienses, Nym. Pero vamos a ir a Risco Azul, así que quiero que guardes para ti tus pensamientos más republicanos y te calles tus comentarios soeces y ordinarios. Y mis órdenes si que las vas a acatar- La sonrisa de la chica desapareció para dar paso a un gesto de desaprobación con la mirada. No quería hablar, no quería añadir más. No después de que la reprendiese así. -Paremos un momento. Quiero descansar antes de seguir-

Nymeria se alejó de ambos hombres mientras estos descansaban charlando entre ellos. Acariciaba al caballo mientras oteaba el horizonte que se abría paso frente a ella, asqueada y disgustada. Quizá por ello, se sorprendió levemente cuando sintió al brujo a sus espaldas. -¿Qué quieres?- preguntó la chica de mala gana.
-Quiero saber si estás en condiciones de seguir- Nymeria se volteó hasta contemplar a su maestro.
-¿Cuando no he estado preparada para algo?-
-Aún no lo estás para ser una bruja- aquel comentario ofendió de sobremanera a la chica, quien frunció el ceño y estuvo a punto de ignorar al hombre -No te lo tomes a mal. Sólo entiéndeme. Necesito ir a palacio y que te comportes-
-¿Pero para qué quieres ir? ¿Qué necesitas de esos miserables? Pensaba que el motivo de este viaje era mi aprendizaje-
-Eres muy egoísta si piensas que todo gira en torno a ti- reprendió el brujo, una vez más, dejando a la chica sin palabras. -No te pido que lo entiendas ahora...- suspiró -Quiero que conozcas a Anyel-
-¡¿Qué?! Ni hablar. Suficiente tengo con tus batallitas-
-Apenas te he contado nada de ella- sonrió el brujo.
-Y ha sido suficiente. No pienso codearme con los nobles-
-No te pido que te codees. Solo quiero que la conozcas y que prestes atención a lo que allí hablaremos ella y yo- Nymeria arqueó una ceja.
-¿Y ella te va a atender?-
-Sabes que mientras porte este colgante, siempre tendré las puertas abiertas- Geralt dejó ver levemente el emblema bajo sus ropajes, para posteriormente volverlo a esconder -Además, Anyel no tiene nada que ver con su hijo. Si no fuera por sus ojos y porque le contemplé entre sus brazos cuando nació... diría que no es de ella- explicó, mirando por encima del hombro a Ermes, quien disfrutaba de las vistas en soledad.
-Demonios...- bufó la mujer -Casi preferiría haber seguido encerrada en el carro de aquel inquisidor. Su compañía me resultaba a veces mucho más entretenida que la vuestra-
-Tú eliges. No voy a obligarte a entrar si no lo deseas, pero entiendo que es beneficioso para ti hacerlo. Queda en tus manos elegir... y ya estamos cerca-


[TheFellowshipoftheRingST-17-The Breaking of the Fellowship]


Caminar por las estrechas calles de Fuerte Albor era, cuanto menos, complicado. La agitación tomaba las calles. Los habitantes, ávidos de acción, caminaban de un lado para otro comerciando, charlando, y los más pequeños, jugando. Era imposible tomar un paso estable sin antes tropezarse una o dos veces con descuidados ciudadanos. La ciudad brillaba por sí sola, como si de una estrella se tratase en la más oscura de las noches. Los ojos de Nymeria se movían con recelo, deseosos de encontrar algo que desencajase, algo, entre la muchedumbre, que la hiciese tener razón en todo cuanto anteriormente había mencionado. Mordiéndose la lengua, guardó silencio durante todo el paso. Se preguntaba, como una ciudad tan oscura, siempre opacada bajo las grisáceas nubes invernables... podía llegar a ser tan primaveral.

Geralt sonreía con nostalgia, aun con el rostro oculto bajo la capa. Recordaba cada calle, cada rincón, cada árbol y cada piedra de Fuerte Albor. Si echaba la vista atrás, le parecía que fue hace pocos días cuando la ciudad se sumió en llamas y horror. Cuando los wyverns asediaban en cada esquina y Thorren gobernaba con mano dura y violenta. Todo quedo tan destrozado hace treinta y seis años... que le parecía increíble la manera en la que todo había vuelto a reconstruirse, a mejorarse... a renacer. Con orgullo y emoción, deseaba volver a ver alguna vez, antes de morir, un pueblo tan unido como una vez lo estuvo aquel que pisaba. -Maestro- pronunció la voz de la chica a sus espaldas -¿Estás bien?- El brujo la observó sin saber qué decir. Devolvió la vista al frente, alzando el rostro para contemplar cuan alto y maravilloso se presenciaba el palacio de Risco Azul, cada vez más cerca de ellos.

El grupo de tres cruzó el puente de piedra a paso lento. Ermes se mostraba aburrido, y Nymeria, refunfuñona. Sin embargo el brujo tenía un rebujo de emociones en el estómago que le impedían poner un rostro alegre o maravillado. Con una expresión seria en la cara, haciéndose un sin fin de preguntas que empezaron a agolparse en su mente, llegó hasta la primera guardia, que custodiaba las puertas de entrada con tranquilidad. -¿Quien se presenta?- preguntó uno de los soldados.  Seguidamente, el compañero soldado de su derecha alzó la mano para señalar al grupo –Es el príncipe- advirtió –Voy a avisar a su Majestad- terminó por decir, para abrir las puertas que custodiaba y desaparecer tras el umbral de las mismas. Ermes soltó un bufido de lo más pesado y prolongado, captando la atención del brujo.
-¿Temeroso de la reacción de tu madre?-
-Más bien frustrado por estar de vuelta. Esto no entraba en mis planes…-

Mientras la pareja hablaba, el soldado que se había quedado custodiando la entrada se acercó. Las palmas de las manos le temblaban de puro nerviosismo, de manera que la enorme lanza que portaba se tambaleaba de un lado a otro de forma graciosa. –Mi señor, por favor, entrad cuanto antes. Vuestros padres estaban enormemente preocupados por vuestra marcha repentina- Ante aquellas palabras, Nymeria no pudo evitar poner los ojos en blanco. -¿Quiénes le acompañan? ¿Venís por la recompensa?- -Oh, en absoluto, amigo mío- contestó Geralt, quien descubrió su rostro por fin y procedió a descolgarse el emblema del cuello, para mostrárselo al soldado, quien lo reconoció en apenas una milésima de segundo –Solicito que la Reina Anyel atienda a El Concilio-

El frescor de los anchos pasillos de palacio era casi una tortura. Nymeria imaginaba que el interior de un hogar tan privilegiado como aquel debía ser tan cálido como acogedor. Sin embargo, se había dado de bruces con el recuerdo de una casa encantada, mezclada con un gusto por el arte sumamente horrible, a su parecer. -¿Arrepentida?- preguntó el brujo, sacándola de su ensimismamiento. Ambos estaban siendo escoltados por el propio Ermes hasta el salón de audiencias. El soldado que había dado la noticia había recibido una afirmación absoluta por parte de sus majestades, pero fue el príncipe quien se prestó a acompañar a los visitantes hacia donde se encontraba su madre. Todo un alarde de superioridad para la muchacha. –Si sigo viendo cuadros como estos… voy a salir corriendo- la chica señaló a todos aquellos junto a los que caminaban por aquel pasillo que parecía no tener fin. La mayoría mostraba un patrón similar, de colores oscuros y patrón irregular. Se trataba de pinturas abstractas bastante lúgubres, que más bien profesaban un sentimiento de tristeza y desasosiego.
-Los encargó mi madre hace poco-
-Tu madre tiene un gusto horrible… Definitivamente, debería haber optado por no entrar-

Las puertas de la sala de audiencias se abrieron, dejando ver una larga y estrecha alfombra con motivos florales que conducía hasta una enorme mesa repletas de sillas a su al rededor, y a su vez, presidida por un enorme trono de plata y azul. -Esto... esto ha cambiado muchísimo- murmuró el brujo.
-¡Geralt!- una voz masculina y madura hizo que los tres mirasen hacia los ventanales que decoraban la pared derecha de la sala. Un hombre de cabellos castaños y escasa barba perfilada, ataviado con un jubón de color verde y una rabilletes dorados, se acercó con los brazos abiertos -¡Por los Tres si no llevo esperando tu aparición desde... desde...-
-Desde hace demasiado- terminó el brujo la frase. El hombre que se acercó tomó al brujo de los brazos. Le estudió con detenimiento y frunció el ceño -Ahora yo soy más mayor-
-Para mi sigues siendo el mismo joven lampiño e inquieto que pedía consejos noche tras noche en una taberna oscura y recóndita cercana a este palacio-
-Amigo mío...- El hombre no pudo evitar abrazar al brujo con efusividad tras aquellas palabras, lo que tomó por sorpresa a los jóvenes que observaban la escena ligeramente alejados.
-Danyel…- Pronunció Ermes, quien pocas veces había podido observar a su padrastro mostrando un gesto tan cercano y cariñoso con alguien hasta ese momento. Nymeria, por su parte, empezaba a cerciorarse de que todas aquellas historias que su maestro le había contado eran ciertas. Si bien había podido llegar a pensar que las supuestas relaciones con la corona no eran más que un invento del brujo para afianzar un alarde de superioridad, el abrazo entre el que, a todas luces, era el rey de Tremeren y su propio maestro, se estrechaban, confirmaba toda duda.
-Ermes- gruñó el rey tras separarse de Geralt –Tú y yo hablaremos más tarde-
-Ha sido un encuentro de lo más casual, Danyel. En un principio no pude reconocerle- explicó Geralt
-Doy gracias a Los Tres de que hayas sido tú quien ha dado con él-
-Dale las gracias a mi aprendiz- señaló a la chica, quien pegó un pequeño sobresalto en el sitio –Fue ella quien le capturó, adormiló y ató a un árbol contra su voluntad- Aquella retahíla de confesiones hicieron que Nymeria se pusiese enormemente tensa. Ahora qué ¿La ahorcarían? ¿La decapitarían? ¿La asesinarían allí mismo por alta traición a la corona? Para su sorpresa, el rey compuso un gesto de lo más aliviado. Sonrió e hizo una pequeña inclinación con la cabeza. La chica no supo qué hacer. En principio intentó arrodillarse, pero haciendo acopio de sus ideales, decidió imitar la inclinación que con los nervios y la indecisión, acabó resultando un gesto de lo más extraño.
-Hay veces en las que deseo que le castiguen de otra manera, para ver si así aprende modales y adquiere responsabilidad- el rey miró de reojo a su hijo, pero sin embargo, no se apreciaba un ápice de ira en él –En cualquier caso, encantado de conocerte…-
-Nymeria-
-Nymeria- repitió –No sabía que acogías a aprendices. De haberlo sabido, es posible que te hubiese pedido el favor hace ya mucho tiempo- bromeó.
-¿Y renunciar a todo esto? Anyel te necesita-
-Ahí te equivocas. Anyel ha sido y es perfectamente capaz de hacer todo lo que se propone ella sola. Yo solo soy un complemento- sonrió, haciendo que el brujo también lo hiciese.
-Por cierto, ¿Dónde está Anyel?- ante aquella pregunta, el rostro de Danyel se esombreció.
-Anyel estaba indispuesta… Dadle un momento-



 [The Return of the King Soundtrack-08-Twilight and Shadow]


Tras largos minutos, las puertas traseras de la sala de audiencias volvieron a abrirse de la mano de un par de soldados que las custodiaban desde el otro lado. Una mujer vestida con largos ropajes azulados y una cabeza gacha cruzó el umbral de la puerta. Fue un momento extraño, pues todos los presentes, excepto Nymeria, parecieron detener la respiración. La chica la observó, y seguidamente, ladeó un tanto la cabeza cuando la mujer alzó el rostro, dejando ver sus clarísimos ojos celestes, escondidos tras un tumulto de arrugas y líneas de expresión. Aquella mujer brillaba aunque su piel gritase en silencio su edad. Aquella mujer era bella, aunque su pelo, antaño negro como el carbón, ahora lucía grisáceo y apagado. El corazón de Nymeria se sobrecogió de pura envidia, pues aquel era el sentimiento que aquella mujer le profesaba. La muchacha se sintió pequeña, apartada e invisible en una esquina de la sala, mientras todo el mundo parecía girar alrededor de, quien a todas luces, era Anyel.

Geralt dio un paso adelante, guardando silencio. Anyel no llegó ni tan siquiera a dar unos pasos más cuando el brujo se interpuso en su camino. Clavó una rodilla en el suelo frente a ella, agachó la cabeza y puso su puño sobre el corazón. –Mi reina- pronunció –He venido en nombre de El Concilio, para solicitar audiencia con vos y pedir vuestro consejo- la forma en la que repentinamente el brujo comenzó a hablar, sobrecogió a su aprendiz, quien jamás le había visto guardar tanto respeto a nadie. Anyel sonrió y la sala, en su totalidad, brilló. Era como un sol atrapado dentro de una habitación. Como una estrella guardada en el interior de una urna de cristal. Con dificultad, la reina se puso de rodillas hasta quedar a la altura del hombre. Con sus manos arrugadas tomó la cara del brujo y la contempló, con un mimo maternal, sobrehumano… mágico.
-No has cambiado nada, mi querido brujo- sonrió la mujer –Te he echado tanto de menos, Geralt…- añadió –Mi querido y bien amado Geralt-