Los pasos firmes de Nymeria se hundían ligeramente sobre la hierba húmeda mientras corría en dirección al asentamiento. Agarrándose con descuido la capa al rededor del cuerpo, intentaba que al menos sus más secretas intimidades no fuesen descubiertas por el camino, lo que fue una tarea extremadamente difícil. Podría haber corrido más deprisa, e incluso haberse vuelto así misma invisible, de no ser porque había dejado todas sus pociones resguardadas en el interior de su bolso, el cual se había quedado oculto bajo sus ropajes en las orillas del río. Se maldecía así misma por haberse dado de bruces con aquella situación, a la par que se lamentó por haber bajado la guardia de forma tan inconsciente. Conforme más pensaba en la situación, más se arrepentía de haber dejado a Ermes solo. No es que el príncipe le profesase las mejores sensaciones del mundo, pero de alguna forma, no deseaba que le ocurriese nada. No tenía tan mal corazón como para sentirse indiferente ante los daños que una persona cercana pudiese sufrir, por mucho que esa persona cercana fuese de alta cuna.
-¡Geralt!- gritó cuando estuvo cerca. Sabía que podía alertar a los nashai que estuviesen cerca, e incluso hacerles atacar antes de tiempo. Pero confiaba en que su aviso fuese suficiente como para hacerles dudar y que el brujo reaccionase -¡Geralt!- ante el segundo aviso, el hombre salió del coche, interrumpiendo su conversación con la reina. La chica aún no había llegado al lugar, pero sus sentidos hicieron que la oyese aun cuando estaba lejos.
-¿Qué ocurre?- preguntó Anyel, extrañada.
-Nymeria... algo le ha ocurrido- murmuró frunciendo el ceño. Observó en la dirección de la voz de la chica su aparición de entre los arbustos. Al verla de aquella guisa, envuelta en su capa y nada más, temió lo peor. Llevó la mano a su espalda para tomar su espada.
-¡Nymeria! ¡¿Que ocurre?! ¡¿Que te ha pasado?!- preguntó el brujo, haciendo que Anyel saliese también del carruaje para comprender que ocurría. Inevitablemente, los ojos de la reina se movieron frenéticos en búsqueda de su hijo.
-Ermes...-
-¡Los nashai!- alertó la chica -¡Hay nashai!- Geralt la miró de arriba a abajo, sin llegar a comprender la relación entre su aspecto y aquella agrupación de mercenarios capaces de mimetizarse con la sombras -¡Nos han rodeado!- al decir aquello, el brujo dirigió la vista a su al rededor con concentración. Al ver la escena, el resto de soldados se pusieron alerta, armas en mano.
-¿Donde está Ermes?- preguntó Anyel preocupada
-Está... está en el río- confesó la chica, de forma que la reina dio un paso adelante, dispuesta a ir por él. Raudo, casi imperceptible, Geralt la tomó del brazo.
-Anyel, quieta-
-¡Ermes está solo!-
-Ya es bastante mayorcito. Y le he visto manejarse con la espada. Ha tenido buena instrucción- sonrió sin dejar de agudizar sus sentidos. -¡Todos alerta!-
De repente, se hizo el silencio. Y tras el silencio, las copas de los árboles comenzaron a agitarse. La sensación de no ver nada y sentir como docenas de miradas se clavaban sobre la nuca, era algo que a Nymeria la ponía muy nerviosa, sobretodo cuando no tenía nada con lo que protegerse. Al instante, un considerable grupo de figuras encapuchadas descendieron de los árboles. La chica recordó a las arañas deslizarse hacia abajo colgando de su propia tela, pues el ágil y sencillo movimiento que los nashai hicieron para descender era idéntico. De un salto aterrizaron sobre el suelo, blandiendo sus espadas cortas de forma amenazante. En apenas segundos, formaron un círculo al rededor de la compañía, el cual fueron cerrando poco a poco con intención de apresarles. Los soldados de Tremeren empezaron a atacar, y con ellos, el propio Geralt.
En cuestión de momentos se instauró una rápida lucha en aquel claro de bosque en las que los soldados afines a la corona tenían todas las de perder. Sus armaduras pesadas y calurosas, así como sus largas y bastas espadas, nada tenían que hacer contra los rápidos y casi imperceptibles movimientos de los nashai, quienes atacaban con sus cortas y afiladas armas sin miramientos. Sólo el brujo conseguía hacerles frente con el uso de sus pociones, a las cuales algunos enemigos ya se adelantaban. -¿Qué demonios...?- gruñó Anyel, quien se había quedado apegada al carruaje junto a Nymeria, cuyos cabellos húmedos aún se hallaban pegados a su piel. -¿Por qué nos atacan?-
-¿No lo sabéis vos?- preguntó Nymeria extrañada. -¿No son enemigos a la corona?-
-Ellos ni si quiera deberían saber que estoy aquí- murmuró -Diantres- añadió, para tomar aire y soltarlo todo de golpe. Con paso decidido comenzó a caminar hacia el tumulto de hombres luchando.
-Geralt ha dicho que os quedéis aquí- recordó la chica, que se vio ignorada cuando la reina ni tan siquiera la miró. Nymeria no pudo hacer otra cosa que observarla moverse y... lo siguiente que contempló no pudo creerlo.
Anyel se colocó frente a los nashai que guerreaban y extendió los brazos para abrir las palmas de las manos. -¡¿Qué queréis de Tremeren?!- preguntó -¡¿Qué buscáis?!- preguntó por última vez, y de nuevo, se hizo el silencio. Las nubes comenzaron a moverse de forma rápida, encapotando el cielo y haciendo desaparecer la claridad que el sol brindaba. La oscuridad se cernió sobre todos los presentes, dotando al lugar de una siniestralidad considerable cuando las sombras lo rodearon todos. -¿Cómo os atrevéis a desafiar así a la corona y mi apellido?- la magnificencia de Anyel se acrecentó cuando los árboles empezaron a crujir movidos por un violentísimo vendaval que hizo que Nymeria tuviese que agarrarse bien la única prenda que la vestía. Por último, comenzó a llover de una forma desmedida, como si un temporal sin precedentes se hubiese colocado sobre las cabezas de todos. tal era la magnitud de la precipitación, que casi era imposible distinguir aquello que tenían a pocos metros de sus narices. La lluvia sobre la hierba comenzó a condensarse, a unirse, a movilizarse. La aprendiz, conocedora de la magia, incluso se sorprendió al contemplar una manipulación tan natural. El arrullo del agua se oyó cercana., y cuando todos miraron a su al rededor, pudieron comprobar como el agua de la humedad del lugar, de la lluvia y del río los rodeaban de forma amenazante. Nymeria se aferró al carro, a sabiendas de que si todo ese agua caía sobre ellos, acabaría despedida en algún lugar del bosque demasiado lejano. Cerró incluso los ojos para prepararse, pero entonces, uno de los nashai levantó dos dedos, alertando a todos los demás. En cuestión de segundos, el grupo se separó y desapareció. Anyel suspiró aliviada, y con el aliento que salió de entre sus labios, todo el agua acumulada volvió a su lugar original, así como las nubes negras desaparecieron, volviendo a dar paso a un brillante sol. Cayó de rodillas, desbastada.
Sin mediar preguntas, el brujo tomó a su reina en brazos y la condujo de vuelta al interior del carro bajo la atónita mirada de todos los presentes, incluida la de Nymeria -¿Qué ha sido eso?- quiso saber.
-Eso, mi aprendiz, es la magia de los elfos-
-¿Los elfos...?-
-Te lo explicaré más tarde. Ve a por tus cosas y vuelve enseguida. Nos vamos- ordenó el brujo con una mirada inquebrantable y seria. En sus ojos se denotaba la preocupación y el malestar mientras que Anyel tosía y tosía de forma descomunal. La chica prefirió no intervenir ante una situación tan incómoda como aquella, de manera que se ajustó la húmeda capa al rededor del cuerpo y procedió a volver al lago. Ahora estaba más húmeda, debido a la lluvia y todo el agua acumulada, lo que hizo que volviese a pensar en Ermes, quien aún no había aparecido. Antes de empezar a preocuparse, lo vio aparecer tras los arbustos, igualmente mojado y con todo el hombro lleno de sangre. Pasaron el uno junto al otro, con rostro serio. -Ella... está en el carruaje- se limitó a decir la chica, haciendo que el muchacho acelerase su paso.
Nymeria volvió a vestirse tras conseguir secarse. Tomó sus pertenencias y volvió al lugar en el que la compañía la esperaba para partir. Había prisa, mucha más que antes. Ante un peligro tan inexplicable como el de los nashai, parar demasiadas veces en el camino podría suponer un riesgo enorme, y dada la expresión sombría de Geralt, la chica entendió que Anyel no debía haber acabado demasiado bien aquel día. -Ella... Esta enferma ¿Verdad?- preguntó la chica en voz baja, acercándose con su montura hasta la de su maestro. El brujo solo asintió.
-¿Como yo?-
-No... No, no como tú- se limitó a decir. Nymeria bajó el rostro. No quería seguir preguntando nada más.
Sólo cuando la luna se encontraba en lo más alto del cielo y las estrellas podían contarse en millones, Anyel dio la orden de que hicieran un alto. Los soldados bajaron de sus caballos cansados. Muchos estaban heridos por el combate de aquella mañana, de manera que descansar unas cuantas horas era lo mínimo que podían hacer. Nymeria estiró las piernas con gusto. Sentir el trasero despegado del asiento era un placer casi erótico. Sin embargo, sus agradables sensaciones se vieron borradas cuando reparó en Ermes. Se sujetaba el hombro con cierto dolor mientras preguntaba algo a los soldados que no alcanzaba a oír. -Dormiremos al raso- explicó Geralt a sus espaldas -La temperatura es agradable y no quiero lonas que intercedan entre mi visión y la reina. Esta noche haré guardia ¿De acuerdo?- preguntó, pero no obtuvo respuesta -¿Nym?- volvió a preguntar, consiguiendo que la chica saliese de su ensimismamiento.
-Sí. Como quieras-
-Entonces, prepárate para descansar. Quiero que cuando amanezca cuentes con todos tus sentidos renovados- añadió.
-Dame un momento-
Nymeria siguió a Ermes con la vista, quien, tras conseguir algo de un soldado, se encaminó hacia los pies de un árbol sobre el que se sentó, apoyando la espalda en su tronco firme. Tras aquello, se aprovechó de la anchura de su camisa para sacar su hombro herido a relucir. La herida de la daga era profunda, de manera que la sangre aún brotaba de forma lenta. Algunas gotas de sudor perlaban la frente del hombre mientras éste, tomaba unas gasas limpias y se las colocaba con dolor sobre la zona. -¿Por qué no me has pedido ayuda?- preguntó la chica, sorprendiéndole.
-¿Qué quieres?-
-Si sabes que Geralt y yo tenemos pociones ¿Por qué no has recurrido a nosotros? ¿Tan orgulloso eres que no quieres dejarte ayudar?- preguntó de nuevo al chica, pero esta vez, sin ningún tono ofendido o demasiado borde.
-¿Y que vuelvan a apresarte por bruja unos inquisidores?- preguntó Ermes con sorna -No, gracias. No volvería a por ti-
-Muy amable por tu parte- Nymeria se arrodilló junto al hombre, contemplando la fisura -¿Que le has pedido a los soldados?-
-Unas gasas, para taponar e impedir que entre suciedad- explicó
-La verdad es que tiene mala pinta ¿Tanto te clavé la daga?- ésta vez, fue la chica quien bromeaba.
-Maldita...-
-Eso te pasa por espiarme-
-No te estaba espiando, ya te lo dije-
-Pues estabas escondido cuando te lancé el arma. Tiene toda la pinta de que eres un mirón. Muy apropiado, mi príncipe. ¿Que habrán perdido tus ojos en mi, cuando podrías observar a cuantas mujeres deseases?- preguntó con cierto tono dramático en la voz. Ermes alzó la vista y la miró con seriedad.
-¿Eso crees?-
-Eso eres- respondió contundente. -Mi parecer no va a cambiar con respecto a los nobles. Todo lo que sé es cuanto vuestros actos han enseñado a lo largo de los años que he vivido- añadió -Pero gracias- el joven abrió los ojos con incredulidad. -Por haber venido a por mi cuando los Escudos Negros me llevaron. Podrías haberte marchado. Y sí, se que realmente me escapé yo de ellos- sonrió -Pero ahora que lo recuerdas... es verdad. Fuiste a buscar a una cualquiera que nada te debía- terminó por decir. Llevó la mano a su bolso, del cual extraño un pequeño saco. En su interior, había hilo y aguja. -Déjame a mi-
-¿Sabes coser heridas?-
-Es lo primero que Geralt me enseñó a hacer. ¿Le has visto los brazos? Un tercio de las cicatrices fueron cosidas por mí- explicó, comenzando a suturar la herida. Ermes permaneció inquebrantable, inmóvil, aguantando cualquier tipo de dolor. De manera que entre ambos, se instauró un silencio largo y ligeramente incómodo. El joven miraba a la chica coser su piel, mientras que ésta mantenía toda la concentración en su labor hasta que, finalmente, terminó. Acercó su boca al hilo y lo cortó con los dientes. -No te prometo que no vaya a quedar marca- suspiró -Toma esto- rebuscando de nuevo en su bolso, sacó una pócima pequeña de color verde -Tómala entera. Alivia el dolor-
-¿Vas a envenenarme?-
-Más quisiera...- bromeó la chica mientras se ponía en pie. Tras dedicarle una sonrisa, se marchó. No puedo evitar preguntarse cuanta porción de su desnudez habían contemplado los ojos del príncipe. Un remolino de vergüenza y dudas se sembró en su vientre. Maldito Ermes. Como lo odiaba.