jueves, 12 de julio de 2018

Las herraduras de los caballos se hundían conforme pisaban la fina capa de nieve que decoraba los terrenos del centro de Tremeren. Debido a los inconvenientes y tropiezos sufridos por el camino, el grupo tuvo que volver a retomar el rumbo hacia Fuerte Albor, una vez más, desde el norte. La estimación de cuatro días de viaje se desvaneció, sustituyéndose por poco más de una semana, que brujo y aprendiz tuvieron que acostumbrar, muy a pesar de ésta última.

Las primeras granjas de Fuerte Albor bordeaban los caminos por los que los caballos caminaban. Granjas llenas de animales, trabajo y responsabilidades. -Antes Fuerte Albor era una ciudad pobre. No había forma de ganarse el pan- explicó Geralt, oculto bajo su capa blanca. Desde el amanecer, se había mostrado serio y silencioso. Algo de lo que Nymeria había podido ya cerciorarse. Si bien el brujo era un hombre que se mostraba siempre seguro, decidido y confiado con sus acciones, aquel día parecía a ojos de la chica un simple humano lleno de dudas e inquietudes. Sólo de imaginar que alguien con tanto poder como él pudiese estar nervioso, hacía que los vellos se le erizasen. -Mirad- dijo, para señalar con el dedo hacia el frente.

El camino que recorrían terminaba para dar paso a una enorme pendiente hacia la que el grupo se acercó. Dicho acantilado bordeaba de forma semicircular la mitad de la capital, dotando al lugar que pisaban de unas vistas impresionantes -Esto es Fuerte Albor, Nymeria- presentó el brujo. Los tejados de las casas presentaban todos una forma cuadriculada casi perfecta. De los mismos, las chimeneas expulsaban un humo denso y oscuro que se alzaba hasta mezclarse con las nubes que amenazaban con una nueva ventisca. Si agudizaba su visión, la aprendíz podía contemplar a los habitantes andar de un lado para otro por todas partes, haciendo que la capital pareciese más bien un hormiguero. Lo cierto, es que era una ciudad gigante. -Y allí está Risco Azul- Geralt extendió nuevamente su dedo índice, señalando a un enorme risco, el cual se adentraba en el mar y que se unía a la ciudad con solo un puente, largo y grisáceo. Sobre el mismo, quedaba un enorme palacio de tejados puntiagudos y cristaleras que brillaban aún con la falta de sol. Las banderas de la familia Tremere ondeaban dispares a lo largo de toda la estructura. La visión era, a todas luces, majestuosa.
-¿Qué hemos venido a hacer aquí?- preguntó la chica mientras su maestro bajaba del caballo, dispuesto a continuar con el resto del camino a pie. -¿Sólo hemos venido a dejar a este hombre de nuevo en brazos de su madre?- 
-No- respondió el brujo únicamente 
-Vosotros no habéis venido a dejar a nadie. Maldita sea- añadió Ermes, bajando también del caballo.
-¿Pues entonces qué hacemos aquí? No me gusta este sitio, ni sus gentes, ni su corona- gruñó. -Es la cuna de la hipocresía-
-La gente de Fuerte Albor no estaría de acuerdo en eso- volvió a decir Ermes -Aquí todos alaban a la familia real-
-Eso lo dices por ser quien eres, pero seguro que te equivocas. Si caminases por las calles con mas asiduidad, si prestases atención a lo que la gente de esta ciudad verdaderamente necesitase, estoy segura de que aprenderías que aún te queda mucho camino por recorrer para ser alguien querido. Tú y tu estúpida madre- 
-Mucho cuidado con lo que dices, mocosa- Ermes se acercó a la chica con rabia en los ojos -Pisas mis tierras. Aquí todos me conoces. Si te oyen vomitar así las palabras sobre mi o mi madre te apresarán. Más aún, vuelve a decir algo sobre ella y yo mismo te encerraré en los calabozos de palacio-
-Tú a mi no me das ordenes. Ni tú ni nadie que porte tu apellido-
-¡Ya está bien!- gurñó Geralt. Nymeria sonrió con satisfacción -A estas alturas me da igual lo que pienses, Nym. Pero vamos a ir a Risco Azul, así que quiero que guardes para ti tus pensamientos más republicanos y te calles tus comentarios soeces y ordinarios. Y mis órdenes si que las vas a acatar- La sonrisa de la chica desapareció para dar paso a un gesto de desaprobación con la mirada. No quería hablar, no quería añadir más. No después de que la reprendiese así. -Paremos un momento. Quiero descansar antes de seguir-

Nymeria se alejó de ambos hombres mientras estos descansaban charlando entre ellos. Acariciaba al caballo mientras oteaba el horizonte que se abría paso frente a ella, asqueada y disgustada. Quizá por ello, se sorprendió levemente cuando sintió al brujo a sus espaldas. -¿Qué quieres?- preguntó la chica de mala gana.
-Quiero saber si estás en condiciones de seguir- Nymeria se volteó hasta contemplar a su maestro.
-¿Cuando no he estado preparada para algo?-
-Aún no lo estás para ser una bruja- aquel comentario ofendió de sobremanera a la chica, quien frunció el ceño y estuvo a punto de ignorar al hombre -No te lo tomes a mal. Sólo entiéndeme. Necesito ir a palacio y que te comportes-
-¿Pero para qué quieres ir? ¿Qué necesitas de esos miserables? Pensaba que el motivo de este viaje era mi aprendizaje-
-Eres muy egoísta si piensas que todo gira en torno a ti- reprendió el brujo, una vez más, dejando a la chica sin palabras. -No te pido que lo entiendas ahora...- suspiró -Quiero que conozcas a Anyel-
-¡¿Qué?! Ni hablar. Suficiente tengo con tus batallitas-
-Apenas te he contado nada de ella- sonrió el brujo.
-Y ha sido suficiente. No pienso codearme con los nobles-
-No te pido que te codees. Solo quiero que la conozcas y que prestes atención a lo que allí hablaremos ella y yo- Nymeria arqueó una ceja.
-¿Y ella te va a atender?-
-Sabes que mientras porte este colgante, siempre tendré las puertas abiertas- Geralt dejó ver levemente el emblema bajo sus ropajes, para posteriormente volverlo a esconder -Además, Anyel no tiene nada que ver con su hijo. Si no fuera por sus ojos y porque le contemplé entre sus brazos cuando nació... diría que no es de ella- explicó, mirando por encima del hombro a Ermes, quien disfrutaba de las vistas en soledad.
-Demonios...- bufó la mujer -Casi preferiría haber seguido encerrada en el carro de aquel inquisidor. Su compañía me resultaba a veces mucho más entretenida que la vuestra-
-Tú eliges. No voy a obligarte a entrar si no lo deseas, pero entiendo que es beneficioso para ti hacerlo. Queda en tus manos elegir... y ya estamos cerca-


[TheFellowshipoftheRingST-17-The Breaking of the Fellowship]


Caminar por las estrechas calles de Fuerte Albor era, cuanto menos, complicado. La agitación tomaba las calles. Los habitantes, ávidos de acción, caminaban de un lado para otro comerciando, charlando, y los más pequeños, jugando. Era imposible tomar un paso estable sin antes tropezarse una o dos veces con descuidados ciudadanos. La ciudad brillaba por sí sola, como si de una estrella se tratase en la más oscura de las noches. Los ojos de Nymeria se movían con recelo, deseosos de encontrar algo que desencajase, algo, entre la muchedumbre, que la hiciese tener razón en todo cuanto anteriormente había mencionado. Mordiéndose la lengua, guardó silencio durante todo el paso. Se preguntaba, como una ciudad tan oscura, siempre opacada bajo las grisáceas nubes invernables... podía llegar a ser tan primaveral.

Geralt sonreía con nostalgia, aun con el rostro oculto bajo la capa. Recordaba cada calle, cada rincón, cada árbol y cada piedra de Fuerte Albor. Si echaba la vista atrás, le parecía que fue hace pocos días cuando la ciudad se sumió en llamas y horror. Cuando los wyverns asediaban en cada esquina y Thorren gobernaba con mano dura y violenta. Todo quedo tan destrozado hace treinta y seis años... que le parecía increíble la manera en la que todo había vuelto a reconstruirse, a mejorarse... a renacer. Con orgullo y emoción, deseaba volver a ver alguna vez, antes de morir, un pueblo tan unido como una vez lo estuvo aquel que pisaba. -Maestro- pronunció la voz de la chica a sus espaldas -¿Estás bien?- El brujo la observó sin saber qué decir. Devolvió la vista al frente, alzando el rostro para contemplar cuan alto y maravilloso se presenciaba el palacio de Risco Azul, cada vez más cerca de ellos.

El grupo de tres cruzó el puente de piedra a paso lento. Ermes se mostraba aburrido, y Nymeria, refunfuñona. Sin embargo el brujo tenía un rebujo de emociones en el estómago que le impedían poner un rostro alegre o maravillado. Con una expresión seria en la cara, haciéndose un sin fin de preguntas que empezaron a agolparse en su mente, llegó hasta la primera guardia, que custodiaba las puertas de entrada con tranquilidad. -¿Quien se presenta?- preguntó uno de los soldados.  Seguidamente, el compañero soldado de su derecha alzó la mano para señalar al grupo –Es el príncipe- advirtió –Voy a avisar a su Majestad- terminó por decir, para abrir las puertas que custodiaba y desaparecer tras el umbral de las mismas. Ermes soltó un bufido de lo más pesado y prolongado, captando la atención del brujo.
-¿Temeroso de la reacción de tu madre?-
-Más bien frustrado por estar de vuelta. Esto no entraba en mis planes…-

Mientras la pareja hablaba, el soldado que se había quedado custodiando la entrada se acercó. Las palmas de las manos le temblaban de puro nerviosismo, de manera que la enorme lanza que portaba se tambaleaba de un lado a otro de forma graciosa. –Mi señor, por favor, entrad cuanto antes. Vuestros padres estaban enormemente preocupados por vuestra marcha repentina- Ante aquellas palabras, Nymeria no pudo evitar poner los ojos en blanco. -¿Quiénes le acompañan? ¿Venís por la recompensa?- -Oh, en absoluto, amigo mío- contestó Geralt, quien descubrió su rostro por fin y procedió a descolgarse el emblema del cuello, para mostrárselo al soldado, quien lo reconoció en apenas una milésima de segundo –Solicito que la Reina Anyel atienda a El Concilio-

El frescor de los anchos pasillos de palacio era casi una tortura. Nymeria imaginaba que el interior de un hogar tan privilegiado como aquel debía ser tan cálido como acogedor. Sin embargo, se había dado de bruces con el recuerdo de una casa encantada, mezclada con un gusto por el arte sumamente horrible, a su parecer. -¿Arrepentida?- preguntó el brujo, sacándola de su ensimismamiento. Ambos estaban siendo escoltados por el propio Ermes hasta el salón de audiencias. El soldado que había dado la noticia había recibido una afirmación absoluta por parte de sus majestades, pero fue el príncipe quien se prestó a acompañar a los visitantes hacia donde se encontraba su madre. Todo un alarde de superioridad para la muchacha. –Si sigo viendo cuadros como estos… voy a salir corriendo- la chica señaló a todos aquellos junto a los que caminaban por aquel pasillo que parecía no tener fin. La mayoría mostraba un patrón similar, de colores oscuros y patrón irregular. Se trataba de pinturas abstractas bastante lúgubres, que más bien profesaban un sentimiento de tristeza y desasosiego.
-Los encargó mi madre hace poco-
-Tu madre tiene un gusto horrible… Definitivamente, debería haber optado por no entrar-

Las puertas de la sala de audiencias se abrieron, dejando ver una larga y estrecha alfombra con motivos florales que conducía hasta una enorme mesa repletas de sillas a su al rededor, y a su vez, presidida por un enorme trono de plata y azul. -Esto... esto ha cambiado muchísimo- murmuró el brujo.
-¡Geralt!- una voz masculina y madura hizo que los tres mirasen hacia los ventanales que decoraban la pared derecha de la sala. Un hombre de cabellos castaños y escasa barba perfilada, ataviado con un jubón de color verde y una rabilletes dorados, se acercó con los brazos abiertos -¡Por los Tres si no llevo esperando tu aparición desde... desde...-
-Desde hace demasiado- terminó el brujo la frase. El hombre que se acercó tomó al brujo de los brazos. Le estudió con detenimiento y frunció el ceño -Ahora yo soy más mayor-
-Para mi sigues siendo el mismo joven lampiño e inquieto que pedía consejos noche tras noche en una taberna oscura y recóndita cercana a este palacio-
-Amigo mío...- El hombre no pudo evitar abrazar al brujo con efusividad tras aquellas palabras, lo que tomó por sorpresa a los jóvenes que observaban la escena ligeramente alejados.
-Danyel…- Pronunció Ermes, quien pocas veces había podido observar a su padrastro mostrando un gesto tan cercano y cariñoso con alguien hasta ese momento. Nymeria, por su parte, empezaba a cerciorarse de que todas aquellas historias que su maestro le había contado eran ciertas. Si bien había podido llegar a pensar que las supuestas relaciones con la corona no eran más que un invento del brujo para afianzar un alarde de superioridad, el abrazo entre el que, a todas luces, era el rey de Tremeren y su propio maestro, se estrechaban, confirmaba toda duda.
-Ermes- gruñó el rey tras separarse de Geralt –Tú y yo hablaremos más tarde-
-Ha sido un encuentro de lo más casual, Danyel. En un principio no pude reconocerle- explicó Geralt
-Doy gracias a Los Tres de que hayas sido tú quien ha dado con él-
-Dale las gracias a mi aprendiz- señaló a la chica, quien pegó un pequeño sobresalto en el sitio –Fue ella quien le capturó, adormiló y ató a un árbol contra su voluntad- Aquella retahíla de confesiones hicieron que Nymeria se pusiese enormemente tensa. Ahora qué ¿La ahorcarían? ¿La decapitarían? ¿La asesinarían allí mismo por alta traición a la corona? Para su sorpresa, el rey compuso un gesto de lo más aliviado. Sonrió e hizo una pequeña inclinación con la cabeza. La chica no supo qué hacer. En principio intentó arrodillarse, pero haciendo acopio de sus ideales, decidió imitar la inclinación que con los nervios y la indecisión, acabó resultando un gesto de lo más extraño.
-Hay veces en las que deseo que le castiguen de otra manera, para ver si así aprende modales y adquiere responsabilidad- el rey miró de reojo a su hijo, pero sin embargo, no se apreciaba un ápice de ira en él –En cualquier caso, encantado de conocerte…-
-Nymeria-
-Nymeria- repitió –No sabía que acogías a aprendices. De haberlo sabido, es posible que te hubiese pedido el favor hace ya mucho tiempo- bromeó.
-¿Y renunciar a todo esto? Anyel te necesita-
-Ahí te equivocas. Anyel ha sido y es perfectamente capaz de hacer todo lo que se propone ella sola. Yo solo soy un complemento- sonrió, haciendo que el brujo también lo hiciese.
-Por cierto, ¿Dónde está Anyel?- ante aquella pregunta, el rostro de Danyel se esombreció.
-Anyel estaba indispuesta… Dadle un momento-



 [The Return of the King Soundtrack-08-Twilight and Shadow]


Tras largos minutos, las puertas traseras de la sala de audiencias volvieron a abrirse de la mano de un par de soldados que las custodiaban desde el otro lado. Una mujer vestida con largos ropajes azulados y una cabeza gacha cruzó el umbral de la puerta. Fue un momento extraño, pues todos los presentes, excepto Nymeria, parecieron detener la respiración. La chica la observó, y seguidamente, ladeó un tanto la cabeza cuando la mujer alzó el rostro, dejando ver sus clarísimos ojos celestes, escondidos tras un tumulto de arrugas y líneas de expresión. Aquella mujer brillaba aunque su piel gritase en silencio su edad. Aquella mujer era bella, aunque su pelo, antaño negro como el carbón, ahora lucía grisáceo y apagado. El corazón de Nymeria se sobrecogió de pura envidia, pues aquel era el sentimiento que aquella mujer le profesaba. La muchacha se sintió pequeña, apartada e invisible en una esquina de la sala, mientras todo el mundo parecía girar alrededor de, quien a todas luces, era Anyel.

Geralt dio un paso adelante, guardando silencio. Anyel no llegó ni tan siquiera a dar unos pasos más cuando el brujo se interpuso en su camino. Clavó una rodilla en el suelo frente a ella, agachó la cabeza y puso su puño sobre el corazón. –Mi reina- pronunció –He venido en nombre de El Concilio, para solicitar audiencia con vos y pedir vuestro consejo- la forma en la que repentinamente el brujo comenzó a hablar, sobrecogió a su aprendiz, quien jamás le había visto guardar tanto respeto a nadie. Anyel sonrió y la sala, en su totalidad, brilló. Era como un sol atrapado dentro de una habitación. Como una estrella guardada en el interior de una urna de cristal. Con dificultad, la reina se puso de rodillas hasta quedar a la altura del hombre. Con sus manos arrugadas tomó la cara del brujo y la contempló, con un mimo maternal, sobrehumano… mágico.
-No has cambiado nada, mi querido brujo- sonrió la mujer –Te he echado tanto de menos, Geralt…- añadió –Mi querido y bien amado Geralt-

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