El aliento de aquella bestia, en contraposición a su naturaleza puramente helada, era cálido hasta rozar la molestia. Nymeria no se atrevía a moverse. Sentía que, si forcejeaba, la criatura cerraría por completo sus fauces sobre ella, clavando sus dientes hasta atravesarla de lado a lado, cosa que aun, no había hecho. No pretendía alimentarse de ella. No pretendía hacerle daño, aun. La estaba transportando, sin lugar a dudas, con intenciones premeditadas. La chica suspiró y maldijo para sus adentros, mientras se dejaba llevar, por tamaño infortunio.
La bestia correteó por los bosques, arrojando árboles al suelo al tomar impulso sobre sus patas traseras. De vez en cuando volaba, haciendo que la chica cerrase los ojos al sentir el vértigo recorrer su estómago y garganta. Por suerte, no era algo que hiciese demasiado a pesar de contar con seis alas. Parecía una criatura demasiado lista, capaz de saber qué era lo que debía hacer y no, presumiblemente, para sobrevivir.
El recorrido se demoró kilómetros, los cuales transcurrieron de forma muy deprisa. El frío se intensificó conforme animal y humana se acercaban a una cordillera de montañas nevadas y picudas, cubiertas por una espesa niebla que hacía imposible contemplar la cima de la mayoría. Debía estar, de nuevo, demasiado al norte de Tremeren. La criatura frenó la carrera y flexionó todas sus alas, para con un salto, planear en dirección a las montañas. Nymeria tuvo que cerrar los ojos, sintiendo que se estrellaban contra la pared de duras rocas y piedras. Sin embargo, nada de lo esperado ocurrió. Cuando la mujer abrió los ojos, pudo contemplar como la bestia se deslizaba por el aire con tranquilidad y pura agilidad, ladeando su cuerpo para poder entrar por una fina fisura ubicada entre dos enormes pendientes, hasta finalmente llegar a una oscura y profunda cueva.
El animal abrió sus fauces, haciendo que la aprendiz cayese y rodase por el suelo hasta detenerse. Entumecida por la postura, pero con determinación, se puso en pie, echando mano a la única daga que le quedaba. -¡Atrás!- gritó, colocando el arma a la altura del pecho y flexionando una pierna hacia atrás. La criatura gruñó de forma aguda, alzando ligeramente su cuerpo. Nymeria no apartó sus ojos de los de la bestia. No quería ceder, no quería que la viese indefensa o insegura. No sabía con qué criatura estaba tratando, de manera que era mejor no dejarse llevar por el malestar y el cansancio y mantenerse alerta. La bestia volvió a gruñir, esta vez sin que la chica hiciera nada. Pateó con una de sus patas y dirigió la mirada a la misma. Tenía una enorme herida abierta, la cual no dejaba de supurar sangre. La espada ya no estaba clavada en la misma, lo que sin duda alguna había aumentado la hemorragia. Nymeria dio un paso atrás, y la criatura, uno hacia delante. ¡Debía pensar! ¿Qué podía hacer? El animal abrió sus fauces para gruñir levemente mientras seguía acorralándola. En algún tramo, no demasiado lejano, la cueva acabaría y no tendría escapatoria. Tragó saliva y agarró la daga con tanta decisión que los nudillos se tornaron blancos. Pelear o morir. Estuvo a punto de atacar, lanzarse contra un punto concreto pero al alcance, pero un par de pequeños y leves maullidos a sus espaldas la distrajeron. Cuando Nymeria se giró para saber de qué se trataba, se encontró con una camada de animales, parecidos a gatos, con pequeñas alas y los bultos de lo que en algún futuro serían cuernos, adornar sus pequeñas cabezas. No eran demasiado grandes. Similares a una cría de oso. -Así que está es tu intención- murmuró. Antes de que la chica pudiese volver a encarar al animal, se vio alzada por los aires. La criatura la había tomado del bajo de su capa, de la que ahora colgaba, para posteriormente arrojarla sobre las crías. Por un momento, la chica sintió el miedo recorrer todo su cuerpo, mas tuvo que relajarse al comprobar que los cachorros no despertaron, sino que se acomodaron aun más en el enorme nido de hojarasca que de seguro, su madre había construido con esmero. La enorme bestia no emitió ruido alguno. Contemplando como la chica ya estaba a disposición de sus crías, se acomodó sobre sus patas y reposó la cabeza sobre el suelo. Solo entonces, Nymeria se permitió respirar con normalidad.
El enorme animal se mantuvo despierto en todo momento. Al menos, hasta que el atardecer llegó. La mujer había tenido que hacer acopio de voluntad para no moverse, ni respirar de forma brusca y sobretodo, intentar que la barriga no rugiese y despertase a los cachorros a los que aun les costaba abrir los ojos. De manera que, cuando la madre cerró los ojos, la muchacha se puso en pie. Con total cautela, se quitó las botas para poder caminar sobre el suelo rocoso con la planta de los pies, aunque este estaba francamente congelado. Muy lentamente, salio de la cueva, de manera que, una vez estuvo fuera y pudo volver a calzarse, sintió que todo había sido demasiado fácil.
Nymeria caminó con decisión, cruzando la fisura hasta llegar a los pies de la ladera. El frío arreciaba como nunca, sobretodo dada la caída del sol. No había rastro de su maestro, por supuesto. La criatura debía haberla trasladado a demasiados kilómetros alejada de él como para que hubiese podido acercarse en cuestión de horas. Abrió su bolsa y rebuscó entre las pociones. No le quedaba nada para hacer una señal o para dejar una huella que Geralt fuese capaz de reconocer. Pero, tampoco podía esperarle allí a la intemperie o se congelaría. Abrigándose bajo su capa, comenzó a caminar en pos de algún lugar cercano en el que poder refugiarse. Por suerte, las tenues luces de una pequeña población bajo la cordillera no tardaron en poderse vislumbrar.
Cuando la chica llegó al poblado, contempló que era pequeño y destartalado, además de pobre. Las pocas casas que lo componían estaban fabricadas de pura madera y eran más bien modestas. Había pocos aldeanos paseando o atendiendo a sus quehaceres, y los que había, presentaban un físico bastante peculiar. Sus rostros eran más bien apagados y descuidados, y sus formas de hablar, hasta donde Nymeria pudo oír, bastante pobres. En el centro del poblado, pudo encontrar una taberna cuyas lámparas interiores aun emitían luminosidad. Abrió la puerta de la misma y cruzó el umbral, encontrándose con que acaparó todas las miradas de los hombres y mujeres que se hallaban en el interior de la misma. Nymeria decidió no devolverles la mirada. Se echó hacia atrás la capucha, haciendo que los restos de nieve cayesen al suelo. Seguidamente, tomó asiento frente a la barra. Lo cierto es que no tenía dinero para pagar nada, pero ya se las arreglaría. -¿Podrías servirme una cerveza caliente con miel?- preguntó al hombre que atendía, quien le lanzó una mirada de arriba abajo de lo más escalofriante. -Por favor- añadió.
-Tu no eres de por aquí- aseguró un joven que tomó asiento junto a ella. Tenía el pelo enmarañado y mal recortado, además de unos dientes amarillentos y podridos. Nymeria puso los ojos en blanco.
-No, no. Estoy de paso-
-¿De paso a donde?- La chica alzó una de sus cejas
-¿A ti que te importa?-
-Es que las mozas no deberían ir solas por ahí- explicó -Les pasan cosas-
-No me digas...-
-Que bien hablas... Tú eres muy lista ¿No? ¿Sabes leer?- la chica bufó. Genial. El típico pueblo destartalado lleno de paletos.
-Y dar palizas también-
-¿A quien?-
-A quien me molesta ¿Me puedes dejar en paz?- preguntó con rabia.
-Entonces tienes que tener buenos músculos- murmuró el chico, llevando su mano al brazo de la chica y acariciándolo con interés. Nymeria apartó el brazo rápidamente, para darle una patada al banco de madera sobre el que el chico estaba sentando, consiguiendo hacer que se tambalease y cayese.
-Oye, oye. Aquí no queremos maleantes- advirtió el encargado, colocando la cerveza caliente frente a la chica, quien fue a cogerla, pero se vio nuevamente detenida -Tu capa... está llena de pelos de animal. Blancos y azulados.- expresó con frialdad -¿Has estado con el Guardían, guapita?- Nymeria no respondió. Oyó como se hizo el silencio en el lugar. Sintió como, poco a poco, la rodeaban. Se llevó una mano a la frente, cansada. ¿Por qué todo le salía tan mal?
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