El ambiente de la sala se había llenado repentinamente de una esencia de pura felicidad y afecto. Tanto era así que Ermes y Nymeria se miraron un instante, incómodos, para luego volver la cara hacia otro lado para evitar el contacto visual, más incómodo aún que la sensación anterior. Danyel, pese a ser el rey y esposo de Anyel, no hacía más que sonreir al ver la actitud tan afectiva que compartía su bien amada reina con el brujo, que admiraba con toda claridad la belleza de la señora de Tremeren y Fuerte Albor. El dulce silencio se prolongó entre ambos, así como la mirada cálida y resplandeciente, el continuo movimiento de ojos de ambos conocidos que se recorrían con impaciencia, tras 10 largos años sin verse. Tanto le debía la reina a ese brujo y tanto quería ese brujo a la reina, desde antes de que fuese coronada, que la espera se hizo eternidad -¿Vamos a estar mucho tiempo así, en silencio, comiéndonos con la mirada?- preguntó por fin Ermes, impaciente. Atrayendo las miradas de los presentes. Anyel sonrió a su hijo con toda la ternura que una madre puede profesar
-Ay, Geralt. Permíteme un instante- suspiró Anyel
-Por supuesto, mi señora- Geralt inclinó ligeramente la cabeza mientras Anyel, en su brillante majestuosidad, se acercaba a Ermes. Nymeria la contemplaba sin poder combatir del todo la maravilla que le causaba aquella reina. Ermes bajaba la mirada un tanto avergonzado al ver cómo su madre se acercaba con los brazos abiertos
-Mi hijo...- dijo finalmente, abrazándolo un instante y tomándole la cara con ambas manos -Me tenías tan preocupada ¿Dónde estabas?-
-De paseo- dijo Ermes tratando de no mirarla a los ojos. Sabía lo que pasaba con el contacto visual. Su madre tenía un poder especial y no precisamente mágico; entablar contacto visual conseguía mermarle todas las defensas. Era su madre, pero también era una reina. Una buena reina. Horadaba hasta el corazón más duro con su benevolencia y Ermes no era menos
-Mírame, hijo- decía ella con voz dulce -Mira a tu madre- Ermes obedeció arregañadientes. Una vez que sus ojos claros se encontraron con los prístinos ojos de su madre, el bofetón estalló como una catapulta contra los muros del castillo. Geralt no pudo evitar echarse a reir mientras Danyel se llevaba una mano a la boca tratando de no hacer lo mismo. Nymeria se quedó pasmada mientras Ermes miraba a al aprediz de brujo no porque quisiera, sino porque el golpe le había doblado la cara con tanta fuerza que se había quedado pasmado, con la mirada clavada en esa dirección -Idiota, insolente, mocoso malcriado ¿Quién te crees que eres para asustarme de esa manera?- el brillo de Anyel se había convertido de pronto en una tormenta irrefrenable
-Pero...- Ermes se fue a llevar una mano al rostro, pero otro bofetón le llovió en el mismo punto acrecentando el dolor y la comezón en la piel
-No hay peros que valgan, Ermes Tremere- bramó Anyel con el ceño fruncido -No estamos hablando de que has ido a corretear por el pueblo, ni que has cogido un barco para dar unas vueltas por la bahía. Te has fugado, literalmente. No has dicho nada a nadie. Desapareciste con toda la bajeza que puede tener un ladrón y tú, hijo mío, no eres un ladrón- gruñía, especialmente ofendida. Ermes la había hecho enfadar varias veces a lo largo de su vida pero, esa vez, el príncipe atisbaba algo especial. Un dolor muy, muy especial.
-Creo que será mejor que los dejemos solos- terció Danyel con una sonrisa paternal
-No- concluyó Anyel, recuperando el semblante de reina tras un fuerte bufido -No es necesario. Creo que la lección está clara- penetró a Ermes con una mirada furiosa y el príncipe bajó la cabeza -Puedes irte, Ermes. Ya hablaremos más tarde-
-Mi reina- inquirió Geralt mientras Ermes se daba media vuelta -Creo que es menester que el príncipe aventurero permanezca en la sala para oír cuanto tengo que contar. Mucho me temo que, a poder ser, debería estar todo el castillo. Aunque me temo que eso no es posible- ante aquellas palabras, rey y reina se miraron con preocupación
-¿Tan negras son las palabras que te traen a mi lado, Geralt?- Anyel entornó la mirada
-Como las alas de un viejo conocido- asintió Geralt y a Anyel se le aguaron los ojos con prontitud.
Momentos después, todos los presentes se hallaron sentados en la gran mesa central. Anyel no hizo gala del trono majestuoso que presediría la reunión, pues decía estar, moralmente, en igualdad de condiciones con los recién llegados. A Nymeria le sorprendió enormemente aquella actitud de la reina y más aún que el rey obedeciera todo cuanto ella decía. Sabía que en otros lugares las cosas eran realmente distintas, tanto en el matrimonio real como a la hora de tratar a los plebeyos, pues eso era claramente ella, una simple plebeya que perseguía y escuchaba los desvaríos de un tipo de sabían los dioses cuantos años tenía -Bien, querido amigo- dijo Anyel con cierto temor en la voz -¿Puedes empezar?-
-Puedo- asintió el brujo
-Un momento- Ermes interrumió reclinándose sobre la mesa -¿De verdad esta petarda tiene que estar presente?- señaló a Nymeria -Esto es un consejo real- aclaró
-No recuerdo que esos sean los modales que te he inculcado desde que eras apenas un bebé, Ermes- rumió Anyel sin perder la paciencia -Además, esta señorita- señaló a Nymeria -Es la aprendiz de mi buen amigo y consejero. Sabes bien lo que ha hecho Geralt por este reino y por mí. De no ser por él, ahora mismo pendería colgada hecha huesos de los muros de este castillo picoteada por mil cuervos-
-Anyel...- Danyel le tomó la mano -No digas tales cosas- suplicó en baja voz
-Tales cosas ciertas son- afirmó sin temor a equivocarse -Y mi hijo ya es mayor, muy mayor, para saber con quienes se encuentra en la misma habitación. Ya basta de bravatas pues, Ermes. Si ella es su aprendiz, es tan vital en este consejo como tú, que eres mi hijo. Considérate, Nymeria, en igualdad de condiciones que este ingrato- dijo finalmente Anyel, sonriéndole a la chica. Nymeria se sintió inquieta ante esa sonrisa ¿Por qué se ruborizó ligeramente? Se enfadó consigo misma, y con Anyel, y con Ermes. Diablos, incluso con Geralt. Sintió enormes deseos de salir de ese lugar. Era todo una mentira, una ilusión: los reyes no eran amables. Los nobles nunca eran buenos.
-Sí, madre...- concedió Ermes, cerrando los ojos con paciencia. Geralt percibió la mirada de preocupación que Nymeria estaba echando sobre Ermes
-Geralt, por favor- Anyel le brindó la palabra con un gesto de manos
-Bien, pues...- miró a los presentes para comprobar que no habría nuevas interrupciones -Desde hace días, realmente unas semanas, percibo susurros en el viento. Susurros, voces crueles y viscerales que brindan ceniza y discordia- los dorados ojos del brujo se clavaron en los claros ojos de la reina
-Habla claro, por favor- suplicó la reina
-He oído el rumor de batir de alas, Anyel. Lo percibo, lo siento, me quita el sueño- Nymeria miraba a su maestro también con fijación -Los Vientos... están regresando-
-No debes hablar de esas cosas en vano, Geralt- terció Danyel, preocupado -Por favor, no nos asustes. Nos alegramos mucho de verte, no lo ensucies con bromas pesadas-
-Danyel...- Nymeria alzó la mano para pedirle silencio -Si él lo dice, debe ser cierto- un nudo se le cerró en la garganta a la reina
-¡Pero es una locura!- el rey se puso en pie -¡Es imposible!-
-Danyel, cálmate, querido. Por favor- Anyel le miró suplicante
-¿Se puede saber qué pasa? Si nos queréis aquí, no seais tan crípticos- se quejó Ermes, poniéndose igualmente en pie
-Dragones- dijo Anyel finalmente. Y esa palabra hizo que tanto Ermes como Danyel tomaran asiento con suma lentitud y sorpresa en los rostros. Geralt asintió ante la afirmación de la reina -Lo que ocurre, hijo mío... es que aquí, Geralt, siente que están regresando- se llevó una mano a la frente, preocupada
-Pero no puede ser ¿no? Los desterrasteis. Quiero decir... tú, madre, los apaciguaste tras la guerra y...-
-No fui yo, hijo- suspiró la reina
-Claro que sí. Es lo que dicen las historias, lo que todo el mundo cuenta ¿Por qué temer? Si realmente vuelven, si aparecen, volverás a utilizar tu magia y los echarás hacia las sombras. Eres la reina Anyel de Tremeren, la heroina de la Gran Guerra- sonrió Ermes con amor
-No fui yo- declaró de nuevo la mujer, esta vez, cerrando los puños y mirándole con ojos brillantes
-Estamos en graves problemas si es cierto lo que me cuentan los vientos, Ermes- Geralt hablaba con una sabiduría, con una forma de mirar que ni siquiera Nymeria había visto en 10 años de compañía con el brujo. De hecho ¿desde cuando Geralt oía las palabras del viento? ¿Es que eso se podía hacer siquiera? -Tu madre es la heroina de la Gran Guerra, sí, pero apaciguar a los dragones no es algo que una heroina pueda hacer, no sin ayuda. Sólo un líder puede apaciguar a un séquito- ante aquellas palabras, Danyel suspiró
-Hace mucho, mucho tiempo que se fue, Geralt- y con esas palabras, Anyel bajó la cabeza -Hace demasiados años que no sabemos nada de él. Nunca hemos oído noticias siquiera de sus saqueos, si es que los ha practicado. Supongo que sí, porque era un pirata. Y es lo que ha sido siempre- tamborileó nervioso con los dedos sobre la mesa
-¿Nadie ha visto jamás al Matadragones?- preguntó el brujo interesado. Anyel negó con la cabeza -Sin él no podremos hacerlos marchar. Y una confrontación... es impensable-
-Habláis de él de verdad ¿eh?- preguntó Ermes entonces, sombrío -¿De verdad es tan necesario?-
-Oh, Ermes...- susurró Anyel
-¿De verdad es Garland Drake tan necesario? ¿¡De verdad todo lo hizo él!?- golpeó la mesa -¡Si él fue quien desterró a los dragones entonces no debe ser tan difícil!-
-Cálmate, chico- pidió Geralt -Tú no lo comprendes-
-¿¡Qué hay que comprender!? ¡Un pirata, traidor y capaz de abandonar a una mujer que le amaba no es digno de ser necesitado!- volvió a azotar la mesa -¡Me niego a creer que necesitamos a ese canalla para evitar una crisis a gran escala! ¡Mi madre es Anyel Tremere y está aquí presente!- Geralt empezaba a comprender cuánto idolatraba Ermes a su madre, pese a que buscase libertad de vez en cuando. Se apenó por el muchacho y se le notaba en la cara -Madre... dilo, sé que puedes. Di que puedes hacerlo-
-Nunca pude...- sonrió triste, destrozada, con la voz quebradiza -No sin él, Ermes- Danyel le tomó las manos con cariño y Anyel apoyó la cabeza en el hombro del rey
-Entonces encontraremos la forma- Ermes se puso en pie y se encaminó fuera de la sala
-Hijo...- Geralt alzó la mano para que Anyel no siguiese hablando
-Déjale ir- asintió el brujo -El odio hacia su padre, el rencor, está demasiado arraigado en su corazón. Está frío, helado. Ni siquiera el calor del amor de una madre puede derretir el témpano que ocupa ese agujero en su alma-
-¿Qué podemos hacer entonces?- tras un breve momento para respirar con calma, la reina se serenó. Volvía a ser la dirigente del reino y no una madre preocupada enormemente por su hijo. Nymeria casi percibió esa dualidad
-Sugiero que no nos preocupemos en demasía hasta tener confirmación. No me han llegado noticias ni tengo pruebas de que hayan regresado aún. Sólo deberíamos preparar un plan de contingencia. Unirnos, antes de que suceda- ofreció Geralt
-Me parece una sabia decisión- afirmó Danyel
-Lo haremos entonces. Prepararé unos cordis para sus majestades de los otros reinos. Buscaremos un concilio real y uniremos fuerzas para detener a los dragones en caso de que vuelvan. Tremeren no podrá defenderse solo una vez más de esas criaturas- suspiró
-Algo me dice, Anyel, que esta vez no es sólo Tremeren quien sufrirá su ira- el brujo apretó los puños -Su furia es incontrolable...- miró a su alumna -Creo que si no ponemos fin a este problema antes de que llegue a empezar, todos perderemos cuanto nos importa. De este y el resto de los reinos...- la chica miraba de vuelta a su maestro ¿De verdad... era tan grande el problema?
Lejos, muy lejos de Fuerte Albor, unos pasos pesados y lentos llenaban con ecos un largo corredor apenas iluminado por una antorcha. La llama danzaba por la corriente de viento que recorría el lugar y dibujaba sombras obscenas y maliciosas en las paredes, decoradas con un sin fin de runas y dibujos de criaturas aladas, algunas más pequeñas y otras terriblemente enormes. Narraban historias y viejos rituales, enormes sacrificios y sacrilegios en nombre de los que, al menos los escritos, llamaban simplemente "Grandes Señores". La mano enguantada de quien portaba la antorcha acarició la pared produciendo un extraño sonido metálico al pasar los dedos por las runas y los dibujos. Siguió la corriente de aire a lo largo de la galería hasta hallar una especie de hendidura que, hace muchísimos años, debía ser una puerta que ahora estaba casi derruida. Pasó con dificultad, con su capa y capucha enredándose entre los picos de las piedras, pero de forma exitosa. Un grandísimo abismo oscuro inabarcable a la vista se abría ante él, a sus pies. Arrojó la antorcha y no encontró apenas fondo, ni iluminó nada que sus ojos pudieran ver. La figura del hombre suspiró apesadumbrado, bajand los hombros por tener que actuar. Pronunció unas ancestrales palabras en una lengua antigua y, posteriormente, sopló con suavidad. De su aliento brotó una esfera de luz de fuego, apenas una chispa, que se elevó hacia lo más alto de aquella cueva en la que se encontraba, con el techo agujereado por la erosión y el tiempo. Chasqueó unos dedos que eran garras de acero y la chispa estalló en algo similar a un pequeño sol, iluminando la inmensa cavidad, que visible por fin, se asemejaba al gigantesco crater de un volcán. El hombre retrocedió un paso apretando la mandíbula cuando creyó ver que sobre él se cernía el gigantesco craneo de un dragón, puro hueso todo él. Muerto desde, seguramente, antes del nacimiento de los reinos... y por fortuna, pues sólo el tamaño de su craneo era más grande que un castillo -¿Por qué he venido aquí...?- se preguntó para sí en un hilo de voz, tratando de calcular el tamaño de aquella criatura en total -¿Por qué me has traido aquí, Garth...?- especuló entonces, oyendo el lejano rugido de una bestia alada y señorial sobrevolando la gigantesca cueva en la que yacían los huesos de esa calamidad. Aquello era, sentía él, el peor de los presagios. El viento arrastraba siseos siniestros y oscuros desde aquel lugar, que pronto alcanzaría a los reinos de los hombres.
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