A aquellas alturas, pensaba Geralt, Nymeria podría estar en un peligro sin precedentes y era precisamente esa idea la que tenía al brujo enormemente enervado. Si lo que decía Ermes sobre esos Escudos Negros era cierto, la chica tenía absolutamente todas las de perder. Avanzaron siguiendo el rastro durante todo el camino sin descanso hasta que, por fin, alcanzaron un campamento que pudieron divisar en la lejanía. Agazapados como fieras que acechaban a sus presas, observaron entre arbustos y matorrales el movimiento que allí se vivía. Soldadesca de negra armadura deambulaban de un sitio a otro, dando vueltas, arrastrando a gente recién apresada. La mayoría eran elfos de distintos géneros y edades -¿Son ellos?- preguntó Geralt con el ceño fruncido
-Sí, sin duda- Ermes sentía un ardor en la garganta de pura rabia -Míralos, a eso se dedican. Apresan a gente mágica y los llevan a lo que he oido que llaman Juicio. Por lo general, no se vuelve a saber nunca más de dichos enjuiciados- bufó
-Eres alentador- gruñó Geralt
-Lo que soy es sincero. Si quieres salvar a tu amiguita será mejor que tengas muy presente los peligros en los que está metida- negó con la cabeza el príncipe -Por los dioses...- suspiró -Debí quedarme en casa-
-Sí, debiste quedarte en casa- sermoneó Geralt -Todo esto no habría sucedido si...-
-Eh, ni se te ocurra culparme por lo sucedido. Si Nymeria no hubiese sido una cagaprisas y me hubiese apresado sin saber el precio de mi cabeza ni el por qué de dicho precio, no habría sucedido. Y si tú, Don Brujo, no te hubieses querido disfrazar moralmente de una cuidadora no estariamos tampoco en esta situación- dijo con rintintín
-Pero lo de Nymeria y mi decisión no se habrían llevado a cabo si tú, Príncipe en Pañales, no hubieses pegado la gran fuga y hubieses preocupado a tu madre al nivel de mandar a la guardia a buscarte- se esforzó muchísimo por no gritar -Mira, será mejor que te calles, antes de que nos oigan...-
-¿Y vosotros quienes sois?- una voz habló tras ellos y lentamente, giraron el rostro. Un hombre mayor sin armadura, de escasos cabellos rubios y ojos azules los miraba guardándose el pene tras haber orinado en las espesuras
-Saqueadores, pillastres. Unos simples cuatreros- mintió Ermes
-¿Y pensabais atacar nuestro campamento?- el anciano miró al príncipe
-Ibamos, ibamos. Hasta que vimos las armaduras. Nada que podamos hacer contra vosotros, buen hombre- Ermes se puso en pie y se sacudió las rodillas -A más ver ¿eh? Buen día os den los Tres Divinos- Geralt siguió a Ermes y empezaron a caminar con despreocupación
-Alto ahí- el anciano dio un paso hacia ellos -Tú, el de los cabellos del color de la plata- Geralt compuso un gesto de rabia -Déjame ver esos tus ojos, otra vez. Me ha parecido ver algo curioso- Ermes supo al instante que los habían pillado
-Tiene conjuntivitis- mintió el príncipe encogiendo los ojos
-Muéstramelo, diantre- el anciano le tomó de los hombros al brujo y lo volteó. Los ojos dorados y de pupilas felinas del brujo se clavaron en los celestes del anciano -Ya decía yo... Un hijo de los dragones. Un heraldo de la magia. Un hereje, insulto a la naturaleza- sonrió el anciano
-No es la magia, sino la fe desmedida y fanática, el verdadero insulto a la naturaleza. La magia es parte de este mundo. Es parte de lo que consideras un Dios- contestó Geralt con displicencia
-Aaah...- sonrió el anciano -Eres del tipo que da gusto verdadero enjuiciar... ¡A mí, soldados! ¡Tenemos unos herejes!- bramó el anciano. En un abrir y cerrar de ojos, se vieron rodeados por los 5 guardias que quedaban en el campamento -Rendid cuentas a los Tres Grandes Divinos, diablos... y será rápido-
-Eres muy valiente o muy estúpido para encarar al aquí mi compañero- sonrió malicioso Geralt
-Calla, viejo- susurró Ermes, espalda con espalda contra el brujo
-¿Ah, sí? ¿Cuan poderoso ha de ser entonces tu amigo?- se cruzó de brazos el anciano con superioridad
-Es el Príncipe de Tremeren. Si le tocáis un pelo, todo el poder del reino caerá sobre vosotros- los ojos del brujo brillaban con astucia. Tenía el poder de la influencia... y el poder de la equivocación
-Calla, coño- Ermes le dio un codazo
-¿Príncipe? ¿Ese?- señaló el anciano -¿Ese joven es el hijo de Anyel Tremere, la reina en Risco Azul?- Geralt no contestó. Supuso que había metido la pata. Como hacía más de 30 años, compartir días con jóvenes despreocupados y bocazas le influía y le volvía algo parecido -Creo que hoy nos sonríen los dioses... ¡Nos sonríen los dioses!- se abrió de brazos el anciano, riendo y con los soldados clamando al cielo
-Yo no estaría tan seguro- declaró el brujo, tomando su espada como una centella y dando un paso rápido hacia el frente, dirección al capitán de los Escudos Negros. Desde arriba al desenvainar su espada de la espalda, descargó un tajo transversal sobre el anciano. Le cortó desde el rostro hasta el torso y cayó de espaldas supurando sangre casi como una fuente -¡Vamos!- bramó -¡¿Dónde está Nymeria!?-
-Joder...- Ermes desenvainó la espada también -No tienes ni puta idea de lo que estás haciendo ¿Verdad, brujo?-
-Los someto a juicio, como tanto se supone que les gusta a ellos- siseó amenazante
-¡Somos 5 contra 2, vais a caer!- anunció uno de los soldados con fuerte armadura
-Eso lo veremos...- el peliblanco frunció el ceño y se preparó para el ataque.
A paso lento avanzaba de nuevo el carro tirando de Nymeria, que se aburría enormemente y se dolía de la espalda y el traseo en aquella jaula tan pequeña. Jugueteaba con los barrotes dando golpecitos con los dedos -Oye Nymeria ¿Te importaría parar de dar golpecitos? Me enerva-
-Vale- concedió ella, sin dejar de golpecitos
-¿Pero vas a parar?-
-¿Eh? Ah, no, no- dijo sin más
-Qué viaje más largo...- suspiró Arlo
-¿Y cómo te llamabas tú, me dijiste?- preguntó Nym de pronto -Quisiste saber el mío pero tú te callaste el tuyo como una mala puta-
-¿Te importaría no blasfemar?- terció Arlo mirándola sobre el hombro -Me llamo Arlo, Arlo Dissak-
-Vaya, con apellido y todo- Nym hablaba tan aburrida que era enervante -Me acordaré de no recordarlo-
-Me has preguntado tú- se encogió de hombros Arlo
-Si, ya, seguro. No me cuentes tu vida-
-Oye, si vas a ponerte así de crecidita, será mejor que te calles la boca- gruñó el caballero mirándola seriamente. Nymeria se limitó a formar una boca con la mano y moverla constantemente imitando de forma jocosa al caballero -Ya es suficiente- el Escudo Negro detuvo el paso del carro y se bajó. Nymeria sonrió triunfante de forma imperceptible. El hombre encaró a la aprendiz de bruja desde fuera de la jaula -¿Se puede saber qué demonios tratas de conseguir?-
-¿A ti qué te parece, guaperas?- se encogió de hombros -No morir de aburrimiento. Aunque quizá ese es el plan de los de vuestra calaña. Oh, sí. Ya lo pillo. Ese es el truco ¿No? Tenéis a los cautivos dando vueltas sin hacer nada en una jaula más pequeña que vuestras pollitas para que se mueran de hastío- se mofó
-¡Que no blasfemes!-
-Oblígame, musculitos- Nymeria entornó la mirada y sonrió de manera desafiante
-Serás...- desenvainó la espada -Por un momento, antes, me pareciste más educada. Una chica más tratable. Empezaba a tener dudas de si merecías un castigo pero empiezo a ver claro que sí-
-¿Y vas a azotarme tú o se encargarán los viejos pervertidos de esa vuestra Sede que saben los dioses dónde coño estará y si existe?- Nymeria se aferró a la jaula, aún con esa mirada felina y penetrante
-Si vuelves a insultar a mi Orden, mujer...- Arlo torció ligeramente el rostro controlando un impulso agresivo
-¿Qué? ¿Qué me vas a hacer tú a mí, grandullón? ¿Vas a enseñarme a comportarme como una dama por las malas?- Nymeria le estaba pillando el truco. Ese hombre no era malo, definitivamente. Sólo era inseguro respecto a sus creencias y a lo que estaba realizando. Y era increiblemente débil a la tan llamada blasfemia o herejía. Sólo debía provocarle con dobles sentidos pecaminosos, vease sexuales... y quizá lo tendría en la palma de la mano.
-Tal vez sea esa la única solución- contra toda la esperanza de Nymeria, enfundó la espada y procedió a abrir la jaula ¿Qué iba a hacer? ¿Es que acaso había vuelto a errar en sus presunciones? Empezó a sudar con sólo imaginar lo que pretendería hacerle.
Ermes y Geralt se habían librado sin demasiado sudor de los 5 guardias. Ninguno estaba muerto, sin embargo. Ni siquiera el anciano, que se dolía en el suelo. Éste sí había perdido un ojo y la cicatriz le quedaría en la cara desfigurada de por vida. Apenas si podía articular palabra -Eres verdaderamente hábil con la espada- dijo Geralt limpiando la hoja de la suya y envainándola
-Te lo dije. Es, de todas las disciplinas de la corte, la que mejor manejo. Por lo general, ni siquiera Danyel puede vencerme. En el tiro con arco sólo me supera mi madre- Geralt sonrió de forma tierna al oír eso. Recordó las manos de Anyel y deseó con fuerza volver a verla, pero primero debía encontrar a Nymeria. Ambos acudieron al campamento una vez acabaron con los guardias y comenzaron a liberar a los prisioneros, a buscar en las tiendas cualquier tipo de información, lo que fuese. Ninguno sabía nada de Nymeria y en los papeles que encontraban y cartas poco había que los pudiera conducir a ella. Sólo eran órdenes y rezos sin sentido
-Nada. No hay nada- bramó Geralt, meciéndose la barba, pensativo
-Quizá no ha estado aquí-
-Sí, estuvo. Huele, pero el aroma se desvanece lentamente. Si supieramos la dirección...-
-¿A quién buscáis?- preguntó la última elfa liberada, con sangre seca en la boca. Le costaba hablar
-Una joven, humana. De cabello castaño oscuro, hasta esta altura. No muy alta...- explicó Geralt
-Y con cara de pocos amigos- agregó Ermes
-Se la llevaron- habló despacio, soportando dolor en la boca. Le habían cortado la punta de la lengua y mediante magia se estaba tratando de curar, pero era complicado -En esa dirección. Un hombre, un carro con una jaula. No puedo decir más, lo siento- al dejar de hablar, comenzó a escupir sangre y sollozar. Le dolía como mil demonios
-Espera. Toma esto- Geralt le dio una pócima -No podrás hablar durante un día pero acelerará el proceso de sanación pese a la humedad de la boca- la elfa asintió agradecida
-¿Entonces vamos a por ella de una buena vez?- Ermes se rascó la nuca
-Sí...- Geralt dio un sorbo a otra pócima de enaltecimiento de los sentidos -Vamos- sus pupilas se volvieron mucho más afiladas, animales -Esta vez para encontrarla- robaron unos caballos a los soldados y emprendieron el viaje al galope.
-Tres Divinos, Tres Grandes, por favor, oid mi plegaria- rezó Arlo -Khairn, todopoderoso. Sabia Aderea. Bravo Krein, bendecid a este vuestro humilde siervo y limpiad todo pecado e impureza, toda maldad que haya en mi camino o que alguna vez haya de cometer- los dedos desenguantados del caballero se enredaron en los cabellos de la chica. Sintió el tacto, la suavidad, la densidad. Le miraba los ojos vidriosos, suplicantes de que no hiciera algo de lo que se podría arrepentir
-¿Es de verdad lo que quieres hacer, caballero negro?- preguntó Nymeria en un hito -¿De verdad crees que servirá de algo someterme de esta sucia manera?-
-No te sometes ante mí sino ante los dioses. Y ante su mirada y su juicio, nada es sucio- dijo con voz cálida, susurrante. Nymeria cerró los ojos, pues no le quedaba más remedio, sabía, que dejarse hacer y que todo acabase rápido. De manera que respiró hondo y dejó que las fuertes manos de Arlo tomaran completa posesión de su cuerpo y... le hundieran la cabeza en pleno río -¡Que vuestra agua limpie su impía labia, Grandes Divinos- la sacó del agua y Nymeria tosió
-¡Está helada, cabronazo!- insultó, tratando de respirar. El frío le había cortado la respiración
-Aún necesita más. Oh, Dioses. bendecidla como hicisteis conmigo- rezó y volvió a introducirle la cabeza en el agua, en lo que los Escudos Negros llamaban el Rito del Renacer. Nymeria forcejeaba tratando de apartarle las manos de la cabeza, pero era imposible. Las manos de Arlo eran grandes, endurecidas como rocas y poderosas. Finalmente, el hombre extrajo la cabeza de la chica de las gélidas aguas -¿Y ahora, Nymeria?- sonrió triunfante
-Ah... Yo...- suspiró la chica, tratando de respirar -Dame un minuto, por favor...- jadeó
-¿Sí? ¿Y bien?- impaciente, Arlo esperaba la actuación de los dioses
-S-siento algo... Oh, cielos...- se llevó una mano al pecho
-¿Qué sientes, buena mujer? ¿Ves ahora la verdad? ¿Ves el camino?- Arlo se agachó hasta su altura, sonriente -¿Ves por qué no debes insultar al reino de los Divinos?- decía con calidez
-Lo veo...- Nymeria le sonrió -Veo...-
-¿Qué ves?- Arlo le tomó del rostro con ambas manos. La suavidad de la piel de la chica le hechizó por un momento y Nymeria lo vio. Dejó de mirarla como un hombre de fe. Simplemente en sus ojos brilló la impresión de un hombre, sin más añadidos
-Veo... a un hombre...- susurró
-¿Y qué más?- respiró Arlo
-Un hombre... de fe- sonrió ella, como si estuviese drogada -Un hombre con una fe tan grande que podría llenar los cielos mismos-
-Benditos sean los Tres- sonrió Arlo con calidez
-Lástima que esa fe no abrigue del frío ¿verdad?- dijo de pronto Nymeria, sorprendiendo a Arlo
-¿Qué?- sin esperarlo, la chica aprovechó su cercanía y predisposición a la purificación, así como sus manos ocupadas, para picarle ambos ojos con la mano empapada de agua helada con ambos pulgares. Arlo se retiró entre alaridos de escozor y dolor y la chica se vio libre, resuelta
-Uf, has sido un verdadero plomo que soportar, Arlo Dissak- pronunció con rintintín
-Maldita... ¡Agh! ¡Bruja! ¡Dioses, ayudadme!-
-Sí, sí, dioses ayudadle...- bufó aburrida, saliendo del río. Alcanzó a tomar el escudo del hombre, que había dejado en la orilla. Lo examinó con interés mientras Arlo daba vueltas en círculos, cegado en el río -¿Cuánto vale tu escudo?-
-¡Jamás te lo comprarán, bellaca! ¡La Orden perseguirá a aquel que lo porte y no sea meritorio de la protección de los dioses!- Nym lo miró con desinterés y se encogió de hombros
-Pues que te aproveche- y se lo arrojó como si fuese un disco. El escudo dio unos veloces giros pese a su forma poco aerodinámica. Cruzó el aire en perfecta rectitud como una cuchilla y azotó, sin querer, a Arlo en plena cabeza. El caballero cayó desplomado a las aguas y se vio lentamente arrastrado por la corriente, semi hundido por el peso de la armadura. Nymeria se llevó una mano a la boca, pues no había sido su intención... ¿Pero y qué? Seguramente la llevaba a una muerte segura. No era un mal hombre, no se merecía un mal destino... pero si realmente era devoto de los dioses, si tan buenos y justos eran, algo harían para salvarle el húmedo y frío culo.
La chica subió hacia el camino y saludó al caballo, negro y precioso. El animal relinchó feliz ante las caricias mientras ella observaba las pertenencias del caballero caído. Encontró primero la comida y, vaya si existían los dioses, que se puso a devorarla como un animal. En la distancia en el camino veía dos figuras acercándose a galope. Caballos negros como el que tiraba del carro. Por un momento frunció el ceño, pues parecían refuerzos para el caballero del río, pero aquellos cabellos de plata al viento, la espada asomando por la espalda... y las pintas de pirata venido a menos de su acompañante... Nymeria se asomó al camino, sonriente y masticando un bocado con sumo deleite -Llegáis bastante tarde- alzó la voz a los jinetes en la distancia, brindándoles el sabroso trozo de carne como si fuese una copa de vino.
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