jueves, 5 de julio de 2018

El hombre despertó con la cabeza pesada, la boca seca y la lengua ligeramente hinchada. Nymeria no lo sentía por él, pero conocía de sobras los efectos de aquella pócima como para entender la situación que empezaba a sufrir el chico conforme despertaba.

Primero, levantó la cabeza tras tenerla colgando de forma incómoda en su posición. Después, abrió los ojos y los movió de forma frenética para, posteriormente, pestañear con empeño. Por último, compuso un gesto amargo y perdido, sintiendo unas terribles nauseas sacudirle el estómago. -En diez minutos dejarás de sentirlo- informó la chica. El hombre hizo un esfuerzo para identificar aquella voz, encontrando a la muchacha sentada frente a él sobre una piedra de tamaño considerable, la cual estaba parcialmente cubierta de nieve. 
-¿Qué...?- el joven trató de moverse, mas se encontró sumamente inmóvil. Con tan solo echar un vistazo, pudo comprobar que estaba sentado sobre una espesa capa de nieve y atado al tronco de un abeto por las muñecas -¿Pero qué..?-
-Bueno ¿Tienes ganas de hablar?- preguntó la chica poniéndose en pie y acercándose al hombre, como si fuese un cazador a punto de recoger y despedazar a su presa.
-¿Quien eres tú?-
-Eso mismo estaba pensando preguntarte- sonrió -Soy quien te ha atrapado. No creo que necesites saber más que eso... Así que ¿Quien eres y que has hecho para que la guardia real te esté buscando este pueblo tan destartalado?-
-¿Qué te importa?-
-Robar unas vacas, haber bebido más de lo que pudieses pagar en una taberna, violar a la hija de un pastor...- enumeró la chica, haciendo uso de conocimientos sobre los tipos de delitos que los aldeanos solían cometer en los Cuatro Reinos.
-Quizá debas añadir a la lista algo como... Acabar con la vida de una joven de baja estatura y engreída. Puede que me estén buscando en unas horas por ello- amenazó. Lejos de asustarse, Nymeria soltó una pequeña risa.
-Eh, eh, eh. Mas despacio, grandullón- dijo mientras se ponía de cuclillas frente al hombre. Era alto, moreno y de ojos claros. Su cuerpo era ancho y por encima de sus ropajes podía adivinar una serie de músculos tonificados que sin duda podrían acabar con la vida de cualquiera. Pero no con ella. -No creo que estés en posición de amenazarme a mi- expresó con énfasis -Tú estas atado y yo... bueno, tengo tu futuro sobre mis manos-
-¿Eres una oráculo?- preguntó con sorna
-Bueno... No hubiese sido un mal oficio, pero no. No lo soy. Sólo estoy buscando dinero-
-Como todos-
-Puede que como todos, o puede que yo aspire a más-
-Vaya, una ambiciosa callejera- dijo el hombre mientras le sostenía la mirada
-¿A caso es mi culpa que las riquezas estén mal repartidas en este país? ¿O que te hayas cruzado en mi camino?- preguntó -Tú has cometido un delito, de momento no quiero saber cual. Es tu culpa encontrarte atado a la intemperie y... queda a tu elección la forma en la que quieras salir de ésta-
-¿A qué te refieres?-
-Bueno... La guardia real me promete una suma por tu entrega. Pongamos... doce mil denas- aquella cantidad hizo que el hombre riese, pero la chica decidió no preguntar el por qué -Pero puede que tú, en tu alcoba, cuentes con catorce mil denas. De ser eso cierto, prefiero liberarte a cambio de tus ahorros- 
-Así que prefieres lucrarte en vez de aliviar al pueblo de la carga de un ladrón o asesino-
-No soy de Tremeren. Me da igual lo que aquí ocurra-
-Que estés viva y con alimentos que llevarte a la boca es gracias a gente que vivió en Tremeren- Nymeria frunció el ceño ante aquella afirmación. Debía estar refiriéndose a Anyel y Danyel Tremere, los reyes del reino. Geralt le había contado historias sobre las grandes hazañas que ellos y su grupo de rebeldes consiguieron realizar en los cuatro puntos cardinales del mapa. Hazañas de las que Geralt se vanagloriaba de haber participado. A Nymeria siempre le había sonado a cuentos y leyendas, pero sabía que para mucha gente, ya anciana, la Guerra de los Cuatro Reinos fue un acontecimiento de lo más importante en sus vidas.
-Si, bueno. Lo que tu digas- bufó -En cualquier caso, las leyendas del pasado poco importan en el presente. Sobretodo cuando muchas cosas siguen igual que antes- alegó -¿Quieres que hagamos un trato o no?-
-Yo no trato con sabandijas-
-Entonces te entregaré-
-¿Quien te dice que para cuando vuelvas con la guardia, yo seguiré aquí?-
-¿Y a ti quien te ha dicho que yo trabajo sola?- Nymeria echó el guante a su bolsa de pociones, la cual empezaba a quedarse vacía poco a poco. Había un pequeño frasco de color rosa, el cual era el más repetido de entre todos los demás. La chica lo arrojó al suelo y lo rompió con la suela de su bota, provocando que de entre los pedazos de cristal emergiese una fina nube de humo rosado, que ascendía de forma lenta y leve, discreta. Geralt y Nymeria la usaban a modo de baliza para encontrarse el uno al otro en mitad de los bosques o ventiscas complicadas. El brujo siempre le había dicho que había creado esa poción especialmente para aquellos casos, mientras que la chica, estaba segura de que se trataba de una poción fallida cuyo resultado había resultado serle útil.
-Eres una alquimista- pronunció el hombre con cierta disconformidad en la voz.
-Soy una bruja- aclaró la chica.

Las horas pasaron. El forajido seguía atado en el árbol mientras que la chica empezaba a perder los nervios. ¡¿Donde demonios estaba su maestro?! Se negaba a mirar a la cara al chico al que tenía apresado, puesto que sabía que se estaba humillando demasiado en aquella situación. No estaba preocupada por el brujo. Era imposible que algo le ocurriese a un hombre tan habilidoso. Definitivamente, la estaba ignorando o quizás se había vuelto a olvidar de ella. Otra vez. 
-¿De verdad que no trabajas sola?- preguntó burlón el hombre.
-Cállate-
-Te han dejado abandonada-
-¿Te quieres callar?-
-¿Vas a capturar a tu compañía de la misma forma que me has capturado a mi?-
-¡Silencio!- esta vez sí, la chica le encaró. Estaba furiosa, estaba quedando mal delante de aquel hombre. Sin quererlo, empezaba a sentirse pequeña y mediocre. Podría volver a dormir al chico si le quedase otra poción de Adormilamiento más, pero aquel no era el caso. Otra opción pasaba por desatarlo e inmovilizarle hasta dar con algún soldado, pero temía que el hombre huyese nada más intentarlo. Necesitaba a Geralt fuera como fuese.
-Me estás empezando a dar pena-
-Y tú dolor de cabeza-
-Tómate un brebaje de esos, seguro que te lo alivia-
-No soy curandera-
-¿Estás segura? Empiezo a dudar de lo de la brujería. Pensaba que los brujos se valían por si solos- Nymeria puso los ojos en blanco. Mentalmente, hizo recuento de las pocimas que le quedaban. ¿Que podía darle a aquel hombre para que se callase y humillase, pero sin llegar a morir? Por desgracia no contaba con pociones que provocasen daños físicos como sarpullidos, dolores o una enorme diarrea. Realmente, no contaba con nada demasiado útil. A menos que dejarle calvo se pudiese considerar útil. -¿Vamos a estar así mucho más?-
-¿Tienes prisa?-
-¿Y tú hambre?- A Nymeria le habían sonado las tripas un par de veces. Había confiado en que el hombre no lo hubiese oído, pero ya veía que sus esperanzas habían caído en saco roto. Se sonrojó de furia, de manera que le dio la espalda para que no la mirase. -Vaya día perdido...-
-Definitivamente no sabes estar callado ¿Verd...?- el sonido de una rama crujir y la nieve moverse hizo que Nymeria volviese la cabeza hacia si derecha rápidamente.
-¿Que pasa aquí?-
-¡Por fin!- La chica se puso en pie de forma drástica, acercándose al brujo que amarraba las riendas de su caballo al saliente del tronco de un abeto con total tranquilidad. -¿Por qué has tardado tanto?-
-Te dije que iba a buscar recursos-
-Y yo hice la señal para que vinieses- gruñó -Da igual. Ya tengo el dinero-
-¿Quien es él?- señaló Geralt al hombre
-Nuestro dinero- El brujo arqueó una ceja, pidiendo explicaciones -Es un ladrón. O un asesino. O un violador. Realmente no lo se. La guardia real le está buscando y yo lo he atrapado. Nos darán una recompensa al entregarlo-
-¿De cuanto es la recompensa?-
-Esto... No lo sé-
-¿Has atrapado a un hombre de cuya captura no sabes el valor? ¿Y si solo ha robado una gallina? A los ladrones de gallinas no se les pone un precio- Una vez más, otra humillación. Nymeria guardó silencio. Replicar era absurdo, sobretodo cuando sentía la mirada bromista del hombre clavada en su nuca. -Tú. ¿Quien eres y qué has hecho?- preguntó Geralt, encarándose frente al hombre atado. Éste, compuso una gesto asqueado para después poner los ojos en blanco, aburrido. No respondió. Sin embargo, Geralt frunció el ceño.
-¿Qué ocurre?...- El brujo clavó una rodilla en la nieve para estar a la altura del muchacho. Si bien quiso evitarle la mirada, Geralt acabó tomándole de la barbilla para hacer que le mirase a los ojos. Cuando encontró en esos ojos lo que buscaba, suspiró.
-Nym, sueltale-
-¡¿Qué?! ¿Por qué?-
-Suéltale. Haz lo que te digo- Gruñona, la chica le dio la vuelta al abeto y con una de sus dagas, cortó las cuerdas que retenían las muñecas del hombre.
-Digno hijo de Garland...-

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