Pasaban los días y se hacían los kilómetros. Aproximadamente la compaña llevaba ya una semana de viaje y el cambio de clima se empezaba a notar una vez pasada la frontera de Tremeren. Pasaban a esas alturas por las lindes de Orien y por fin comenzaban a ver arboledas verdes y preciosas, con olores a diversas plantas y flores, esencias pocas veces respiradas por el séquito de la reina que apenas dejaba Tremeren salvo por buenas razones. Nymeria sin embargo lo aspiró con total devoción, lo añoraba. Hacía mucho, mucho tiempo, que no veía bosques verdes. Ermes, por otro lado, estornudó. Tenía la nariz roja como un hierro candente y le picaban los ojos -Mira por dónde ahora resulta que el príncipe aventurero sufre de alergias- se mofó Nymeria
-Vete al cuerno- concluyó Ermes sin dejar de mirar al frente
-Ten, tómate esto- Geralt ofreció un brebaje al muchacho -Servirá para prevenir esos síntomas tan molestos- explicó
-Déjale que sufra. Debe saber cómo es el mundo. No es tan fácil salir a corretear por ahí como tanto quería hacer- añadió señorial Nymeria, sabiéndose más enriquecida que Ermes sobre el continente que el príncipe tanto ansiaba recorrer, aunque tampoco es que fuera una erudita
-Vamos, Nym... Llevamos ya una semana de viaje ¿No os cansáis de estar porfiando y picandoos mutuamente por cualquier metedura de pata o falta que el otro cometa?- suspiró Geralt
-Es lo más divertido que puede hacerse durante el viaje- se encogió de hombros Nymeria
-Buena fe doy de ello- corroboró Ermes. Geralt se llevó una mano al entrecejo y se masajeó tratando de colmarse de paciencia
-Malditos diablos en cuerpos de jóvenes...- masculló, agotado de la presencia de ambos.
Hicieron un alto en el camino a la altura del mediodía, con el sol brillando alto y calentando más a cada día que pasaban, conforme se acercaban a la frontera de Arabas. El bosque era espeso, denso y húmedo. El calor del sol hacía que dicha humedad se adhiriera a la piel y provocaba sudores en los viajeros. Anyel, en concreto, no dejaba de avanicarse dentro del carruaje con rostro apesadumbrado. La soldadesca y la guardia que acompañaba y protegía a la reina se deshacía de los yelmos durante los altos para poder respirar mejor. Maldecían sus armaduras con forraje de piel de huargo en aquellos instantes. La reina, amable como era, lo lamentaba mucho por sus hombres. Geralt era más práctico por otro lado y se quitó el jubón, vistiendo solamente una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta casi el codo. Ermes hizo lo propio, deshaciéndose de su larga chaqueta y quedándose igual que Geralt en una camisa bastante suelta de color negra. Nymeria se desprendió de su capa -Y esto no es nada. Calor primaveral, simplemente- comentó Geralt agradeciendo el calor en su piel -En Arabas, moriremos asados si nos retrasamos demasiado- explicó el brujo -No tanto porqe el calor sea insoportable, sino porque los soldados no tienen otras prendas que ponerse durante el camino. Tendremos que llenar varios odres de agua fresca- meditó -El río Sygrun no debe estar lejos- calculó
-Menos mal que te tenemos a ti, mi buen amigo- sonrió Anyel
-¿Cómo estás?- se preocupó Geralt por su salud
-Algo agobiada. No tanto por el calor, sino por la situación. Está empezando a volverme loca. Cada día me lo paso imaginando la reunión de los reyes. Hace años que no les veo. A saber qué clase de poder están ejerciendo en sus respectivos reinos...- se mesó las sienes
-No debes preocuparte Anyel. Hace mucho que no oigo noticias preocupantes sobre los reyes. Estoy seguro de que todo irá bien. Y colaborarán contra los nuevos Vientos-
-Ese es el mayor de los problemas Geralt: que deben colaborar. No sé si entre ellos las relaciones son amistosas o tienen tiranteces. Tremeren al norte siempre está alejada de mayores problemas porque poco o nada pueden venir a saquearnos. Arabas siempre ha sido muy belicioso y Orien y Loredren tienen muchos recursos interesantes...-
-Vamos, no temas- Geralt se permitió tomarle el rostro con cariño -Te prometo que todo va a salir bien- Anyel posó su mano sobre la del brujo
-Aún me miras con esos ojos de monstruito inocente, Geralt, pese a todos estos años- sonrió Anyel -Sabes cómo calmar a una chica- el brujo se sonrojó de forma inmediata, pero no se apartó
-Si es por calmarte a ti, no sabes cuánto me alegro de saber cómo hacerlo- dijo con voz cálida
-Gracias por todo, mi brujo. Por acompañarme, por ayudar a esta anciana que poco o nada vale ya- rió con una leve tos
-No digas eso, mi reina. Aún eres joven- asintió Geralt
-Joven...- se mofó Anyel -¡Ah, la juventud! Qué rápido pasa, qué rápido se marcha. Aún parece que fue ayer cuando vi a mi madre por primera vez en Lethüniel, cuando conocí a Arisen, a Ryder. Cuando te vi por primera vez. Cuando Thorren me puso la mano encima...- suspiró -Aún parece, Geralt, que voy a despertarme y Garland estará a mi lado como la primera vez que él y yo...-
-No me hagas sentir más viejo de lo que soy, Anyel- rió el brujo para quitar hierro a la situación -Pues mis recuerdos son mucho más lejanos que esos- aquellas palabras hicieron reir a Anyel otra vez
-Casi lo olvidaba. No has cambiado un ápice desde entonces pero me llevas una buena ventaja en la carrera de la vida- le palmeó la mano
-Y tanto que sí...- Geralt se acomodó en el asiento del carruaje frente a la reina y se hizo un pequeño silencio
-Geralt... Cuando yo me vaya...-
-No lo digas, Anyel- cortó el brujo. Aún así, Anyel le miró con severidad y Geralt tuvo que aceptar que hablaría
-Cuando yo me vaya, porque me iré, mi querido Geralt... ¿Cuidarás de Ermes?- dijo con un hilo de voz
-Cuidaré de todo cuanto signifique para ti Anyel. Pero puede que me vaya yo antes que tú- se encogió de hombros
-Ah, eso no sucederá. Basta con una mala vida, siempre en batallas, bebiendo, o fumando saben los dioses qué, para que se te haga eterno. Yo que he tratado de mantenerme siempre en el lado más justo aquí estoy, enferma- se rió de sí misma -Y mientras, otros, a saber-
-No dejas de pensar en Garland- inquirió Geralt -Hablas y le veo, le siento, en cada referencia que haces, si es que no le mencionas directamente- apretó los puños el brujo con disimulo
-Ojalá pudiera decir que le odio por haberse ido, brujo mío. Ojalá pudiera mandarlo a buscar y apresar por traición- suspiró -Pero, y aún con lo mucho que quiero a Danyel, mi marido... No sé cómo reaccionaría si vuelvo a verle. O cómo reaccionaría él- negó con la cabeza -Aún así, Geralt, esto no va de mí, ni de Garland. Hablo de mi hijo. Si algo me sucediera algún día, quisiera tener la certeza de que podrás alejarle de los malos hábitos-
-Poco hay que yo pueda hacer- confesó el brujo -Ermes no me conoce, no me respeta por tanto. Cree que soy una vieja gloria, sin más- sonrió -Pero tengo una nueva esperanza-
-¿La chica?- Anyel levantó ligeramente la barbilla -Te oigan los dioses, peliblanco. Pero a veces dudo de que mi hijo alguna vez pueda tener a alguien que le ame y menos cuando se llevan tan mal esos dos- Anyel miró por la ventana del carruaje y advirtió que Ermes y la chica no estaban
-Esa historia te debe resultar familiar a fin de cuentas- aquellas palabras hicieron que Anyel clavara los ojos en el brujo -¿O no?- la reina vaciló, pero sonrió enormemente. De forma brillante.
Ermes paseaba por el bosque de forma distraida hasta que llegó a sus oídos el rumor del río Sygrun del que hablaba Geralt. Agua. Hacía días que no oía el correr del agua. Lo adoraba. Siempre disfrutaba de su estancia en el puerto de Fuerte Albor, siempre creyendo oír cómo el mar le llamaba. En este caso no era un mar, pero bien lo valía. Se decidió a seguir el soniquete del agua cuando se percató de que ese constante fluir le estaba avivando las ganas de evacuar, de manera que se detuvo en un gran árbol y se bajó ligeramente los pantalones para orinar. Silbó alegrmente mientras se dedicaba a la tarea pero no por ello estaba desconcentrado de su alrededor. Había algo. Sí, el agua sonaba lejana pero no oía cantar de pájaros y el viento arrastraba un murmullo extraño. No pudo evitar mirar de forma distraida las copas de los árboles. Se había sentido observado por un instante pero... no había nada. Entonces, de pronto, oyó un crujido. Devolvió su intimidad a la seguridad de los pantalones tras haber acabado y se dispuso a seguir aquel sonido. Definitivamente alguien le estaba observando.
Siguió el cantar del agua persiguiendo la dirección del ruido que había estado oyendo y los crujidos de ramas en los árboles. El viento no era lo bastante fuerte como para provocarlo. Alguien o algo estaba encaramado a las copas y se movía con velocidad y precisión. En el río, seguramente, lo vería con claridad.
Alcanzó entonces el serpenteante curso del agua que descendía de las altas Montañas Centrales del continente cuando pudo observar movimiento. Por fin, lo había encontrado. Se acercó con sigilo entre arbustos y árboles y pudo encontrar al susodicho espía. O la susodicha. Al menos, no era lo que esperaba. Nymeria estaba ahí, desnuda toda ella, hasta la cintura metida en el agua. Se deshacía en gusto en el frescor del río, cuyo contenido perlaba su piel con miriadas de gotitas por todo su cuerpo. Desde esa perspectiva, Ermes podía ver la forma recortada de los pechos de la joven mientras ésta se lavaba el pelo y se lo acariciaba de forma distraida, pensativa. En la orilla había varios odres de agua. El príncipe dedujo que Geralt la había mandado a llenarnos y quizá había aprovechado para refrescarse del pegajoso ambiente del bosque. Ermes tragó saliva cuando quiso darse cuenta ¿Cuánto rato llevaba mirándola? Había perdido la noción del tiempo. Un nuevo crujido se dejó oír y varias hojas llovieron sobre Ermes. Nymeria lo oyó y una daga, rauda como centella, voló hacia los arbustos. Se oyó un grito de dolor.
Envuelta en su capa sin tiempo a vestirse, con una pócima en una mano y la otra daga en la otra, se acercó al lugar donde oyó la voz gritar y lo que encontró fue al príncipe con la daga clavada en el hombro, apostado contra un árbol -No me lo puedo creer- el rostro de la chica se fue encendiendo de rojo infierno de forma paulatina -Dime, principito, que no has estado espiándome. Dime por tu vida, por salvarla, más que nada, que no me has estado mirando desnuda en el río porque te aseguro, te juro por todos y cada uno de los dioses, que te despellejo y le regalo tu piel a tu madre como un puto obsequio- el hecho de que no gritara la hacía más intimidante
-Cállate- ordenó Ermes
-¡Ni se te ocurra encima querer quedar por encima, cabronazo, porque te deguello aquí mismo!- Ermes alzó una mano suplicante
-Shh...- se llevó una mano a los labios -Escucha- Nymeria estuvo por apuñalarle de verdad, perdiendo los nervios, pero entonces oyó que el príncipe tenía razón. Movimiento en los árboles. Mucho movimiento. Todo ello se dirigía hacia la compañía, hacia el carruaje
-Hay algo más en este lugar- dijo Ermes sacándose con dolor la daga del hombro -Agh...-
-Como sea un truco, pervertido asqueroso...- Nymeria no atendía a razones ¿¡Cómo podía haberla sorprendido desnuda!? ¿De verdad la había estado espiando?
-Si he llegado aquí es por seguir ese movimiento. Van hacia los demás. Debemos advertirles- Ermes fue a ponerse en pie apoyado contra el árbol cuando una especie de puñal, pequeño y negro, voló hacia ellos desde la retaguardia de Nymeria -¡Cuidado!- Ermes se echó sobre ella. La llenó de sangre a ella y a su capa, chorreante de la herida del hombro. Ambos cayeron al suelo uno junto al otro. El puñal se clavó en el árbol con fuerza
-No puede ser...- terció Nymeria al ver el puñal, obviando por un instante que Ermes casi cae sobre ella estando desnuda
-¿Sabes quienes son?- preguntó el príncipe alarmado
-Un serio peligro- afirmó ella
-Ve entonces. Yo me ocupo- dijo desenfundando su espada del cinturón, agazapado entre los arbustos en los que habían caido
-Estás loco. No tienes ni idea de a quién te enfrentas- escupió Nymeria
-Lo que sé es que estoy herido. Me duele como para correr y moverme a mucha velocidad. Aquí puedo distraer a lo que sea que nos ataca. Usa tus medicinas esas de bruja y corre todo lo que puedas para prevenirles- de los árboles descendió una figura ataviada de verde, perfectamente camuflado en la naturaleza. Llevaba medio rostro cubierto por un pañuelo. Los estaba buscando
-Te van a matar, idiota- inquirió la aprendiz de Geralt
-Pero que no toquen a mi madre- sentenció, mirándola con súplica -Envuélvete en tu capa y ve... ¡Ve!- la miró con intensidad -¡Por favor!- Nymeria miró al atacante que se acercaba de forma amenazante desenvainando un par de espadas cortas de su espalda y después al príncipe
-Que me lleven los diablos...- Nymeria se mordió el labio inferior, se acuclilló y huyó entre los árboles y arbustos lo más rápido que pudo, envuelta en su capa. Tenía que avisar a Geralt lo más rápido posible. Prevenir a todos los soldados y a la reina. Los Nashai estaban a punto de atacar y si les cogían desprevenidos, ni siquiera sentirían la llegada de la muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario