En mitad de la marea de copos de nieve, Arlo observaba a través del oscuro yelmo a la suplicante muchacha. Realmente siempre le había parecido una crueldad innecesaria mantener a los cautivos dentro de jaulas tan pequeñas y en mitad de la nada, sin amparo bajo las inclemencias del tiempo. No obstante, estaba más que claro que poco o nada podía hacer para ayudarla, aunque realmente no podía llegar a considerar que un simple uso de humo la catalogara de una maga peligrosa -Lo siento- concluyó, apartándole la mirada para no sentir piedad por ella. Anduvo hacia su propia tienda hasta perderse de la vista de la chica cuando entró en ella
-Mierda- Nymeria, furiosa, golpeó la jaula. Tentó los barrotes y los cierres de la puerta con sumo interés, buscando algún tipo de debilidad. Maldijo enormemente en silencio por no tener una pócima abrasadora que pudiese fundir las juntas o la cerradura para poder huir. Geralt tenía razón en exceso, una vez más, cuando le dijo "Lleva siempre pócimas de todo tipo encima. Nunca lleves pocas. Una de cada tipo, salvará tu propio tipo". Lo echaba de menos en ese momento ¿Qué estaría haciendo?
-Cuánto tiempo llevamos ya caminando...- se quejó Ermes tras Geralt. La noche aún estaba blanca debido a la ventisca que no terminaba de amainar, aunque desde que la criatura se marchó, su inclemencia decreció de forma considerable. El brujo, mientras tanto, proseguía con su incesante búsqueda. Olfateaba la sangre y encontraba rastros aún en la penumbra fantasmagórica del bosque. Ermes le seguía con pereza, sabiendo que no había peligros cerca -¿Eres consciente de que podemos tirarnos días siguiendo este rastro? ¿Y si la sangre ha dejado de ser de la bestia y es de otra cosa?-
-Tiene el mismo olor ¿Quieres dejar de quejarte de una maldita vez, Ermes?- gruñó Geralt perdiendo visiblemente la paciencia con el príncipe. Llevaban horas y horas de incansable persecución del rastro y no llegaban a alcanzar conclusión particular
-Tendríamos que idear otro plan, o simplemente aceptar que la chica se ha perdido en el estómago de esa cosa- se encogió de hombros Ermes
-Si algo te digo, chico- el brujo se giró y lo agarró de la chaqueta, cansado de su verborrea incesante sobre dejar a Nym a su suerte -es que voy a encontrar a mi alumna. Voy a encontrarla, porque sé que está viva. Debe estarlo. Esa cosa no se la ha comido, aún. No hay pruebas de ello- lo zarandeó -Así que te recomiendo cerrar el hocico de una buena vez. Estoy cansándome de tus sandeces y si no haces el mísero favor, al menos, de mantener la boca cerrada y no tratar de mermar los ánimos, seré yo quien te abandone en esta mitad de la nada ¿¡Me estás oyendo bien!?- bramó finalmente, a pesar de que su propio grito le destrozó el oído y le provocó un gran dolor. Ermes le miraba, sin embargo, con total pasividad
-No me das ningún miedo ¿Lo sabes, no?- dijo sin más
-No es miedo lo que pretendo darte- lo soltó con un empujón -Trato de que aprendar algo de empatía. Por los dioses ¿Es que Anyel te ha tenido encerrado durante años en un sótano sin contacto humano? Dudo muchísimo que seas su hijo-
-No vas a poner en tela de juicio la educación de mi madre, brujo- advirtió Ermes señalándole con el dedo
-Pues me das razones. Parece que fue Garland el que te crió, antes de aprender a amar a tu madre- añadió el brujo dándose media vuelta para seguir caminando. Por la espalda, Ermes le agarró con ambos brazos del cuello, tratando de asfixiarlo
-Retira esas palabras, malnacido- gruñó el príncipe, cerrando la llave al rededor del gaznate del brujo, que forcejeaba para librarse
-Suéltame, Ermes. Último aviso-
-Retira esas palabras- reiteró el muchacho con severo dolor en la voz. Geralt comprendió que realmente, para él, era un tema delicado
-Suéltame. Está bien. Basta- terció diplomático y Ermes lo soltó. Ambos se miraron con tensión más que palpable -Tienes serios problemas y traumas con respecto a tu padre ¿No es así?-
-No le menciones. No ha estado. No es necesario. Y menos aún me compares con él otra vez ¿Está claro?- Geralt habría respondido de no ser por un olor familiar que inundó sus sentidos aumentados. Humo. Olía a madera quemada -¿Me estás oyendo, ojosdorados?- insistió Ermes
-Por aquí, rápido- indicó el brujo, corriendo a toda velocidad. Ermes le siguió.
Rato después, llegaron al destino. Lo vieron desde lo alto de un acantilado, donde encontraron tirada la espada que Geralt prestó a Ermes. Abajo, un pueblo o lo que quedaba de uno hecho cenizas. Descendieron a toda prisa hasta las ruinas del lugar sólo para encontrar maderas quemadas, nieve tintada de sangre y cadáveres mutilados por doquier. Sin embargo, entre el aroma del incendio recientemente apagado había otro tipo de fragancias que el brujo conocía demasiado bien. Ermes, mientras tanto, estudiaba los cadáveres -Aquí ha habido una buena fiesta...- agachado, estudiaba de cerca las vísceras de un tipo grande y gordo que estaba prácticamente cortado por la mitad. A su lado, había un tipo en armadura negra -Espera... No puede ser-
-¿Qué pasa?-
-Estos tipos- buscó a tientas en la nieve sangrienta el escudo de aquel caballero. Cuando lo desenterró de la nieve, supo que había más de lo que creían en un principio -Escudos Negros- miró al brujo
-¿Los conoces?- el brujo seguía olfateando el ambiente. Era Nymeria y las pócimas de balizamiento
-Mi madre me contó que son lo últimos resquicios de lo que antes eran los Espadas Blancas- Geralt entonces miró al príncipe
-¿Hablas en serio? ¿Aún quedan miserables de esos sueltos por el reino? Creí que Anyel los disolvió como nieve en fuego- se sorprendió
-Los bastardos se disgregaron. Se separaron los supervivientes y se desbandaron por todo Tremeren y pensamos que incluso más allá de las lindes del reino. Durante años se han dedicado al pillaje y a vender sus espadas a quienes necesitasen guerreros. Lo último que oí sobre ellos es que, de nuevo, se han organizado como un grupo ultra-religioso y anti-mágico. Se dedican a enjuiciar a los que practican magia, así como a las criaturas que son consideradas por ellos mágicas- explicó Ermes con seriedad
-Como esta bestia blanca...- reflexionó el brujo -¿Los atrajo?-
-No estoy seguro...- Ermes se puso en pie, aún con el escudo negro del caballero muerto. Observaba el símbolo que decoraba su centro: una espada blanca en contraste al negro del armazón atravesando una mano con afiladas garras. Simbolizaba las manos de la maldad, de los magos y criaturas o razas que lo practicaban
-Yo sí. Tengo el aroma de Nymeria y las pócimas que le enseñé. Y el rastro lleva en esa dirección- señaló el brujo -Sin embargo la nevada ha cubierto las huellas... ¿Será ella? Ha debido de hacerlo de forma deliberada-
-Sigamos el rastro entonces. No me resulta descabellado que si ha sobrevivido algún miembro de los Negros, se la hubieran llevado si le han encontrado las pócimas. Los brujos entrais en la categoría de herejes ante el poder de los Tres Divinos- inquirió Ermes -Para ellos sólo son buenos los campesinos devotos que hincan la rodilla ante su vanagloria y ego inflados-
-No perdamos pues más tiempo-
Amanecía y Nymeria apenas había pegado ojo debido al frío. Con la luz del día y con la nevada más calmada, de forma que la ventisca había dejado de castigar la tierra, pudo ver mejor el campamento. En distintos puntos había más jaulas, separadas las unas de las otras, claro. Y en su interior, a veces había bultos que se movían y otras no. Le llamó la atención que una de las presencias que se movían en la jaula, era una elfa. Estaba agarrada macilenta a los barrotes, mirando en todas direcciones. Un caballero negro pasó ante ella y la pudo oír suplicar -Por favor... agua...-
-Calla, elfa- dijo de mala gana el caballero. Era aquel capitán de avanzada edad -Sólo haces lo que debes hacer ¿Verdad? Suplicar a los altos caballeros de los dioses- se mofó
-Por favor... por favor...- sollozaba la elfa
-Lame los barrotes, si tanta sed tienes-
-Pero mi lengua...-
-Venga, lámelos. Demuéstrame tu sed y te daré agua-
-Pero...-
-Hazlo- ordenó, desenvainando la espada. Temerosa, la elfa obedeció. Lo hizo dudosa y despacio, rezando porque su lengua no se pegara a los hierros congelados. Todo intento fue en vano, porque se quedó pegada de forma inmediata y al tratar de separarse, se comenzó a herir. El caballero viejo se rio ante la escena que presenciaba, para irritación de Nymeria -¿Necesitas ayuda, guapa?- sin esperar respuesta, introdujo el filo de la espada y sesgó la lengua de la elfa. La mujer se retiró llorando a lágrima viva, sangriendo por la boca. La punta de la lengua de la elfa colgaba sanguinolienta del hierro. Sin más preocupaciones, el Escudo Negro se marchó de nuevo siguiendo su rumbo, en pos de la tienda de Arlo. Nymeria no daba crédito a la crueldad que acababa de presenciar ¿Qué eran esos malnacidos? ¿Quiénes se creían?
Un momento después, el caballero Arlo y el capitán salieron al exterior. Tras recibir las órdenes de su capitán para poder llevársela a la llamada Sede, se acercó a la jaula y empezó a preparar unas cadenas para atarla al carro -¿Vais a hacerme lo mismo, hijos de puta?- bramó Nymeria, perdiéndole la lengua
-Cállate- dijo el Escudo Negro no con demasiados aires de superioridad -Te lo recomiendo- añadió
-¿Esto es lo que hacéis? ¿Os creeis una suerte de ajusticiadores? No sois más que unos criminales- escupió con rabia la chica
-Te lo voy a dejar claro- el soldado se acuclilló ante la jaula -Cierra la boca. Mantente en silencio y obediente y eso que has visto- señaló a sus espaldas, la jaula de la elfa -No te pasará a ti ¿Está claro?-
-...Cristalino. Bastardo- concluyó y esperó, sin poder hacer otra cosa, a que fuese cargada en el carro donde sería transportada a la tan mencionada Sede.
Largo rato después y en tremendo silencio, el caballero se sentaba en un carro tirado por una preciosa montura tan negra como la noche sin estrellas. Los primeros rayos del sl despuntaban en las montañas del horizonte, regando con una suave y agradable calidez los campos helados del norte de Tremeren. Tanto Arlo como Nymeria agradecieron enormemente la luz del gran astro -Eh- llamó Nymeria -Oye, tú-
-Te dije que te callaras, mujer- suspiró el caballero
-Ya no está tu jefe el mozalbete para cortarme la lengua- dijo con sarcasmo -Para- ordenó
-¿De verdad?- el jinete echó la vista atrás a través del yelmo -¿En serio tú me estás dando una orden?-
-Necesito que pares-
-Y yo que te calles- dijo exasperado, perdiendo la paciencia
-...Tengo necesidades- y entonces, silencio
-...¿Qué necesidades?-
-Las que tiene todo ser humano. Necesito ir a los árboles-
-Lo siento. No voy a parar- declaró cabezota el caballero
-Que me estoy meando, joder- las costumbres más bajas de Nymeria afloraron conforme perdía la paciencia -¿Quieres que me lo haga encima y te deje un bonito aroma en el carro hasta que lleguemos a donde coño sea que me estás llevando? Por mí encantada- se agarró a los barrotes, lo más cerca posible del caballero -Me pasaré los minutos con el culo empapado bien pegada a ti, grandullón- amenazó con una sonrisa maliciosa. A Arlo, el caballero, se le unieron dos inconveniencias: el cargar con una prisionera con tufo a orines y tener el culo y por consiguiente, su entrepierna, pegada a la nuca. Aún a pesar del olor, decían los Oradores Negros que la tentación debía alejarse, pues reblandecía el alma. Nunca cerca el cuerpo de una mujer. Nunca cerca el cuerpo de otro hombre
-Está bien, por los Tres- y finalmente, el carro paró.
Tras bajar, abrir la jaula y maniatar a la chica con una soga para que no se escapara, la acompañó hasta un lado del bosque. Allí, como si estuviese llevando de paseo a un caballo, Arlo permaneció quieto ante la espesura -Procede- indicó señalando al bosque
-¿Vas a bajarme tú los pantalones?- la pregunta agitó de sobremanera al caballero
-Jamás cometería herejía, señorita. Haz el favor de satisfacer tus necesidades físicas y continuemos-
-Creo que no me entiendes bien, Don Herejías- suspiró Nymeria cansada -Que si estoy maniatada, no me puedo bajar los pantalones. Por lo tanto me mearé encima. Tendrás que soltarme un momento para que pueda mover los brazos-
-No lo haré- dijo dudoso
-Vamos a ver...- Nymeria se acercó al caballero, muy cerca, a sabiendas de que se pondría nervioso. Buscó sus ojos a través del yelmo cerrado -Ni tú ni yo queremos esto... ¿Verdad?- dijo con voz de niña buena e inocente -Yo no quiero entrar al bosque con un caballero gallardo y desconocido y que me baje los pantalones. Ni tú tampoco quieres... ¿O sí?- casi podía oír temblar la armadura de Arlo -Oh... ¿Quieres? ¿Estás reprimiendo el deseo acaso, caballero negro? ¿Tu fe te lo permite? ¿No es herejía ni tan siquiera considerarlo?-
-No dices más que estupideces- gruñó el caballero
-Es lo que me estás demostrando- la chica fingió temor
-Vale, suficiente. Venga- el caballero le soltó la soga a la joven -Cerca. Y habla, canta, silba. Algo que me haga saber que estás ahí. Si huyes, será peor para ti. Te atraparé, hagas lo que hagas- dijo, por alguna razón, descolgando el escudo de su espalda y engarzándoselo en el brazo. Nymeria asintió y se introdujo en los árboles, silbando. Realmente desahogó su vejiga mientras silbaba una vieja cancioncilla que había oído en alguna que otra taberna durante los años que había estado viviendo con Geralt. Arlo esperaba con los brazos cruzados, de manera que el escudo quedaba firme ante su pecho. Entonces dejó de escuchar los silbidos y unos pasos se acercaban -¿Ya está?- al girarse, no había nada ni nadie -¿Chica? ¿Estás ahí?- silencio absoluto -Maldita sea...- se introdujo en la arboleda pasando junto a un árbol mientras Nymeria pasaba a hurtadillas por el otro lado, rodeándolo. Entonces echó a correr hacia el carro. Estaba ahí, al alcance de su mano. Sólo faltaba echarle el guante al animal y huir cabalgando y sería libre. Para su sorpresa, no fue tan fácil engañar al caballero negro. De pronto sintió un poderoso golpe en la flexión de la rodilla derecha y cayó de bruces al suelo. La boca se le llenó de nieve. El caballero se acercó bufando con decepción -Sabía que no me podía fiar de ti-
Al cabo de unos minutos, Nymeria se encontraba atada al árbol con la soga y el caballero estaba ante ella mirándola fijamente -¿Cómo lo has hecho?- preguntó Nymeria con seriedad. Estaban lejos, era imposible que la hubiese atrapado tan rápido
-Te lancé mi escudo- confesó él
-¿Es que es un boomerang? Míralo. La forma que tiene no es en absoluto aerodinámica. No puede haber volado de forma tan precisa hacia mi pierna- gruñó la chica
-Sabes tan poco creyéndote tan inteligente. Es tu mayor error. Empiezo a pensar que eres una muchachita imprudente- regañó el caballero
-No necesito que el Hombre de Hierro me de sermones- se aireó la chica. Para su sorpresa, Arlo echó mano al yelmo y se lo quitó. Los cabellos del hombre cayeron sobre sus hombros. El rotro decorado con una barba recortada y una cicatriz le recorría la mejilla derecha casi hasta la oreja, fina y plateada. Para sorpresa de Nymeria, debía de ser unos 10 años mayor que ella o más. Más mayor que Ermes, más aparentemente joven que Geralt
-No soy ningún hombre de hierro. Tengo rostro, tengo voz. Y aunque no lo creas, si te regaño es por tu bien- dijo el hombre -Pero me has desobedecido, así que he de castigarte-
-¿Vas a pegarme?- Nymeria entornó la mirada -¿Una tortura? ¿O ahora sí me vas a cortar la lengua?-
-Hay otros métodos no tan violentos- había traido del carro un pequeño paquete envuelto. Al abrirlo, reveló un delicioso trozo de carne. No estaba ya caliente, pero el aroma a asado llenó los pulmones de Nymeria y le llenó la boca de saliva -¿Tienes hambre, mujercita?-
-Serás...- frunció los labios la aprendiz de brujo
-Disfruta del espectáculo- dijo mordiendo la carne con felicidad y rostro embriagado por el placer del sabor -Es lo que te mereces por traicionar mi buena voluntad- y se sentó frente a ella, a una distancia seguira para evitar patadas o escupitajos, comiendo despacio y saboreando la comida, sin dejar de mirarla.
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