martes, 10 de julio de 2018

A lomos de un corcel de pelaje oscuro y brillante, la chica contó los árboles que rodeaban el camino de graba cubierta por nieve que, tanto ella como su captor, cruzaban en pos de un lugar aún desconocido. Compartían la misma montura, de forma que la chica se sentía en parte incómoda, en parte maniatada. Durante el camino nocturno, tuvo tiempo de pensar las posibilidades, de barajar estrategias con las que escapar de aquel extraño soldado. Sin embargo, sin pócimas ni armas, las probabilidades de escape se reducían a cero. Mientras el hombre estaba cubierto por una gruesa armadura que le protegía la totalidad de su cuerpo, portador de una espada larga y afilada, ella no tenía absolutamente nada con lo que defenderse. Decidió guardar silencio y esperar, hasta que, tras largos minutos de viaje, llegaron a un campamento.

Las tiendas se hallaban apostadas de forma simétrica, casi perfecta, al rededor de una gran fogata. Las lonas que cubrían las estructuras de las mismas parecía de buena calidad, nada que ver con las del brujo y su aprendiz. Cada una de ellas emitía desde su interior una tenue luz cálida, de lámparas y velas, avivadas por todos los hombres que caminaban de aquí para allá a pesar de las altas horas de la noche. Todos estaban ataviados con aquellas armaduras negras y brillantes. Algunos vestían casco y otros no. Pero todos eran hombres, jóvenes y no tan jóvenes, presentando un tipo de formación que la chica aún desconocía. 

Tras frenar el camino junto a una tienda, el hombre que la escoltaba bajó de la montura, para seguidamente colocarse junto a la chica y extender los brazos. Nymeria no se percató de este gesto, de manera que bajó del animal por sí misma, sin necesitar ayuda. -¿Donde estoy?-
-En el lugar en el que se decidirá tu futuro- explicó. -Sígueme- sin previo aviso, el soldado tomó a la mujer de la muñeca, para así tirar de ella hasta el centro del campamento, donde el resto de soldados se detenía a mirar la escena, o simplemente, saludaba con un gesto en el que se llevaban la palma de la mano al pecho. ¿Quien diantres era esa gente? No eran soldados reales, de eso estaba la chica segura. Se vio arrastrada hasta el interior de una de las tiendas más grandes, la cual lucía una bandera roja con un escudo negro en su centro. Una vez dentro, su captor la soltó, propiciándole un leve empuje en la espalda que consiguió que la chica diese un par de pasos hacia delante, acercándose a un hombre que se hallaba de espaldas, cuya armadura presentaba ciertos motivos rojizos que la distinguían de las demás. -Señor, una sospechosa- Al anunciar aquello, el hombre, que hasta entonces había estado limpiando el filo de una espada, se giró. Nymeria frunció el ceño al verle, pues en su rostro no había ápice de amabilidad. Era arrugado, salpicado por un sin fin de marcas de expresión y manchas de edad. Sus ojos celestes, en contraste con la piel tostada, mostraban una expresión de infinita frialdad y superioridad.
-Arrodíllate-
-¿Qué?- 
-Haz lo que te dice- ordenó el soldado que la había custodiado, dándole un leve golpe en la zona trasera de la rodilla con la funda de su espada. La chica se dobló, hincando las rodillas en el suelo. Aquello no le estaba gustando nada.
-¿Y quien es esta mujer?- preguntó el hombre anciano, acercándose a la chica mientras la estudiaba y rodeaba.
-El poblado de Crabin, a los pies de las cordilleras del Oeste, ha sido masacrado por una bestia furiosa mientras yo y mi escuadrón vigilábamos los al rededores. Ésta chica ha salido ilesa de dicha masacre, y además, consiguió crear de la nada el suficiente humo como para que la bestia acabase marchándose del lugar en el que estaba, señor- 
-Humo ¿Eh...?- repitió el hombre. Sin permisos, tomó a la chica del mentón para obligar a mirarle, lo que hizo que Nymeria se sintiese furiosa y cohibida. -¿Qué eres? ¿Una hechicera? ¿Una bruja? ¿Como has conseguido hacer eso?-
-Soy una mujer- gruñó la chica, apartando con violencia su rostro del agarre de aquel hombre -¿Y vosotros quienes sois? Me habéis apartado del pueblo y arrastrado hacia aquí sin derecho alguno-
-En eso te equivocas, mujer- explicó el anciano con rintintín -Tenemos todo el derecho del mundo-
-No parecéis un grupo que actúe con legalidad. No veo soldados de Tremeren entre vosotros- aquello hizo que ambos hombres riesen.
-¿Que derecho más legítimo existe que el de Los Tres? Tampoco necesitamos soldados de la reina con nosotros. Los Espadas Blancas siempre actuaron por encima de ellos- Nymeria no supo como interpretar aquella afirmación.
-¿Los Espadas Blancas? Esa milicia eclesiástica desapareció antes de que yo naciera- gruñó.
-Vuelves a equivocarte. Los Espadas Blancas jamás desaparecieron del todo. Ahora, los Escudos Negros hemos tomado el relevo de su tarea, para juzgar en los Cuatro Reinos a las aberraciones que los malditos nuevos reyes dejan campar a sus anchas sin restricción alguna- sentenció con rabia. La mujer no supo que decir. Definitivamente, su suerte iba de mal en peor. -Arlo, enciérrala. Habla demasiado. Esta claro que es una hereje. Mañana por la mañana, la llevarás tu mismo a la sede y allí será juzgada. Que Los Tres se apiaden su alma... si es que me equivoco con ella- terminó por decir. El soldado a las espaldas de la chica, la tomó por debajo de los brazos, haciendo que se pusiese en pie.
-¡Eh! ¡No me toques!-
-Tienes permiso para darle una lección si no sabe guardar silencio- añadió el anciano, volviendo a colocarse de espaldas para proseguir con la limpieza de su espada. -Maldita brujería...-

Una vez más, Nymeria fue arrastrada en contra de su voluntad. Esta vez, el soldado la llevó hasta una especie de celda cuadrada y de baja altura, ideal para encerrar a animales salvajes. Solo que el animal, en aquel caso, era ella. Una vez la arrojó al interior, el soldado cerró la puerta con candado. -¡Eh, eh! ¡Espera!- gritó la chica, agarrándose a las rejas. -Arlo ¿No es así?- preguntó, haciendo que el soldado la mirase.
-¿Qué quieres?-
-¿Vas a dejarme aquí? ¿A la intemperie?- la celda estaba en mitad del campamento, ubicada entre dos tiendas -Está nevando- explicó. Tenía que ganar tiempo. Si se la llevaban a la mañana siguiente... cada vez estaría mas lejos de Geralt. -Por favor... ¿No puedo dormir en una tienda?-
-No. Y menos aun una mujer. No queremos tentaciones- respondió el hombre. Nymeria arqueó una ceja, sabedora de un punto débil recién rebelado.
-Pero... tengo frío, señor- alegó con voz baja y débil -Yo debería estar con mi familia... Mi padre me estará buscando- inventó -Yo no quería estar aquí-
-Te lo has buscado, por hereje. La magia es la forma en la que los enemigos de Los Tres se rebelan-
-Pero yo solo... hice un simple truco que me enseñó un hombre una vez cuando era pequeña. Con pólvora- tragó saliva -Usted parece un buen hombre, señor. ¿De verdad... no me puedes ayudar?- 

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