Nymeria tragó saliva. Si bien era cierto que estaba hambrienta, y esto era algo que el rugido de su estómago se afanaba por comunicar en mitad de una mañana tan silenciosa como aquella, se sentía afortunada por el tipo de castigo que aquel hombre le estaba imponiendo. Podría haberla asesinado, golpeado e incluso violado. Y sin embargo, había decidido comerse un trozo de carne frente a sus narices. Sonreía ampliamente mientras lo hacía, consiguiendo que en las comisuras de sus labios se formasen unas leves arrugas que no terminaban de afear su aspecto. -¿Se supone que debo llorar?-
-Sólo entretenerte con la visión-
-¿Quien te ha dicho que tu puedas llegar a entretenerme?- preguntó, alzando una ceja -No voy a morirme de hambre por esto- añadió, sintiendo un vacío considerable en el interior de su estómago.
-Ya no eres tan buena ¿Verdad?- quiso saber -En el campamento parecías una buena chiquilla y ahora te ves como una mujer ordinaria y deslenguada-
-Y tú parecías tener seriedad, hasta que te has quitado el casco y has empezado a comer- Nymeria sabía que se la jugaba. Unas palabras en falso y podría acabar muy mal parada. Pero algo le decía que, de aquel soldado, poco tenía que temer. Quizá era su rostro afable o su forma de hablar calmada. No lo sabía. Pero lo que sí sabía es que los hombres despreciables mostraban otro carácter con el que las intenciones se revelaban sin necesidad de hablar. De esos, ya había conocido a muchos. -¿Está muy lejos esa sede?-
-Nos tomará todo el día de hoy- La chica bufó -¿Tienes prisa por ser juzgada?-
-Tengo prisa por volver a casa- mintió.
-Así que confías en que saldrás absuelta... Habría jurado que no, dado tu intento de escapar-
-¿Juras? ¿Por Los Tres?- La mujer arqueó una ceja, consiguiendo que el hombre guardase silencio.
-Cállate- volvió a decir, terminándose el trozo de carne.
Una vez el desayuno terminó, el soldado se puso en pie y desató a la chica de su agarre en el árbol. La bruja no había podido apartar la idea de que los cielos debían haberla castigado por atar a un príncipe a un árbol hacía cuestión de días. Ahora ella se veía en la misma situación... Así que al menos agradecía que Ermes no estuviese allí para verla. De hecho, suponía que no debía estar ni si quiera con Geralt, que habría tomado su propio rumbo de nuevo... estuviese donde estuviese éste último.
Agarrándola por la muñeca, el soldado dirigió de nuevo a la chica hasta el interior de la celda. La empujó con suavidad y cerró la puerta con candado, asegurándose dos veces de que todo estaba en condiciones para que no escapase de ninguna forma. Mientras lo hacía, la mujer se fijaba en el escudo del hombre, el cual había vuelto a colocar en la espalda. Aun no entendía como podía haberla capturado. Frunció el ceño y entornó los ojos. Algo se le estaba escapando.
-¿Como te llamas?- preguntó de repente el hombre. Ella suspiró. Definitivamente no era un mal hombre, a pesar de pertenecer a una orden tan horrible.
-...Nymeria-
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